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El prolongado calvario que vivió Milvana en el pozo del horror

Milvana Salomone no quiso volver a reconocer el exiguo cubículo donde estuvo cautiva durante un mes. La médica fue invitada a recorrer la casa de la calle Watt, en el barrio Peñarol, pero respondió que no quería regresar allí.

La casa, donde monta guardia un móvil policial las 24 horas del día, está ubicada a 50 metros de Camino Casavalle. Detrás de la vivienda, sombreada por un inmenso gomero, hay una habitación independiente, debajo de la cual está el pozo de 2 x 2 metros, y 1,70 de altura, construido con bloques y con una escalera de comunicación.

En el patio entre las dos construcciones -la principal y el cuarto trasero- el desorden campea. Lo primero que asoma es un balde plástico de pintura con la tapa de un inodoro encima. Hay restos de bloques, maderas, bolsas de plástico con desechos, hierros para construcción, restos de portland y ramas de árboles. Dentro de la habitación, una ventana oscurece el interior con nylon negro que cubre la luz del sol.

Los captores prepararon el pozo, revocaron algo las paredes y bajaron la cama de madera que habría de servir para retener a la rehén durante un tiempo indeterminado.

Antes del secuestro, la vivienda estuvo ocupada por uno de los integrantes de la banda, que está prófugo. Antes aun, la ocupó el hijo, que fue asesinado en 2013.

Los vecinos dijeron que nunca habían advertido nada raro en el lugar.

El pozo donde Milvana estuvo cautiva fue exhibido ayer de tarde a la prensa, que pudo ingresar por primera vez. Ni siquiera los policías que montan guardia ante la puerta habían entrado al lugar.

El interior estaba iluminado por una precaria instalación eléctrica que se preparó para darle luz a la secuestrada. Desde arriba le prendían y apagaban la bombita de 60 watts cuando los captores querían. Esa fue la luz con que la doctora vivió casi un mes.

Viendo el lugar, ahora abierto a la luz con una boca mayor, es fácil entender el sufrimiento con que debió convivir la cautiva durante esas semanas.

A MEDIDA.

La médica describió su vida en ese cubículo ante la titular del juzgado penal 10°, Dolores Sánchez.
“Tenía 7 bloques de largo y 5 bloques de ancho”, relató ante la magistrada.

La profundidad del pozo parecía construida a medida por sus captores, ya que esa era la altura de la médica con los zapatos de plataforma que calzaba cuando fue secuestrada.

Le acondicionaron un camastro precario, con una parrilla de madera y un colchón.

Lo peor era que el pozo drenaba agua y cada cierto tiempo debía evacuarla con un balde que le alcanzaban desde la planta superior. Luego, cerraban el pozo con una tapa de hormigón de 60 cms. por 60 cms., del tipo de las que se usan en la construcción.

Recibía un balde para drenar el agua, un balde para bajarle los alimentos, un balde con agua caliente para el baño y el aseo personal.
Nunca supo si era el mismo.

Casa donde estuvo recluida la doctora Milvana Salomone Foto: Marcelo Bonjur
Casa donde estuvo recluida la doctora Milvana Salomone Foto: Marcelo Bonjur

En el juzgado, Milvana habló bien de la comida y el trato general que recibió. Incluso, describrió a la jueza que la comida “era gustosa”.

Tras la primera noche de cautiverio, pidió elementos de aseo: jabón, desodorante, crema de manos y shampoo.

Fue provista de ropa de cama, revistas, diarios, libros y constantemente la radio se encontraba prendida a todo volumen en la planta superior. En otras oportunidades, escuchaba la televisión. Este último detalle tenía un doble objetivo: distraer a la cautiva y tapar posibles gritos de auxilio.

Milvana nunca vio cara a cara a sus captores. Cuando alguno bajaba al pozo, la obligaban a taparse los ojos con una venda.

Bolsas y diarios

Casa donde estuvo recluida la doctora Milvana Salomone Foto: Marcelo Bonjur
Casa donde estuvo recluida la doctora Milvana Salomone Foto: Marcelo Bonjur

Ayer, en el lugar, permanecían los restos de bolsas de plástico en el interior del pozo y algunos diarios y publicaciones que la médica leyó en los últimos días de su cautiverio. Entre ellos, se apreciaba un ejemplar de El Observador del día después del partido clásico y otro del Libro de los Clasificados, donde la familia publicó un aviso encriptado afirmando su intención de pagar los US$ 300.000 que exigían para liberarla.
Aunque algo húmedo por la filtración de agua y pisoteado, se podía ver que el suplemento estaba abierto aún en la página donde se ofertaba esa cantidad de dinero por la compra de una chacra.

El domingo, la feria de Peñarol volverá a pasar por la calle Watt sin que nadie note nada, como en el último mes.

Una boleta de barraca reveló el piso tapiado

Una de las incógnitas recurrentes es: ¿cómo fue descubierto el pozo que había sido tapiado por los secuestradores? Luego de la liberación de la médica Milvana Salomone, la policía llegó hasta esa casa en el barrio Peñarol.

Los efectivos abrieron un cuarto trasero y el piso mostraba un sector con cemento todavía fresco. Afuera de la pieza, un agente vio tirada en el suelo la boleta de compra de materiales en una barraca de la zona, y descubrió la obra de los secuestradores.

Los policías comenzaron a saltar en el piso y sintieron un retumbar, algo hueco. Trajeron un taladro neumático y rompieron el precario techo del pozo del cautiverio, cuidadosamente disimulado. Abrieron un agujero de un metro por un metro y todo estaba intacto: el colchón, la cama (una parrilla apenas), la precaria instalación eléctrica, diarios, revistas y tierra, mucha tierra en el suelo. La humedad y el olor a encierro impresionan. La casa es modesta.

Quemaron auto cerca del lugar de cautiverio

Enfrente hay un complejo habitacional para empleados de AFE. En ese lugar se levantaba antiguamente el predio donde estuvieron ubicados los talleres del ferrocarril. A pocas cuadras, la vieja Estación Peñarol del ferrocarril completa un escenario típico de un barrio montevideano.

El pozo donde Milvana estuvo cautiva un mes es un lugar húmedo, sucio, oculto en las entrañas de una pieza precaria, en el número 1663 de la calle Watt. Al cubículo no le entró nunca luz natural.

En cuanto la capturaron, a Milvana la tiraron dentro, le dieron un camastro y un colchón. Le pasaban comida y bebida con un balde. La ginecóloga se higienizaba como podía.

Arriba, en la pieza, siempre había música muy alta o estaba la televisión encendida para ocultar a los oídos de extraños posibles ruidos o gritos pidiendo auxilio.

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