Consumo regulado

Tres rejas y tres policías para custodiar al cannabis estatal

De menos de seis hectáreas salieron más de 2.000 kilos de marihuana

Hay un seguimiento desde que es un gajo de una planta hasta que se vende en farmacias. Foto: Santiago Rovella
Hay un seguimiento desde que es un gajo de una planta hasta que se vende en farmacias. Foto: Santiago Rovella

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En un predio uruguayo reina el matriarcado. Es un sitio alejado de la ruta 1, detrás de un penal que alberga más de 1.000 presos y que, paradójicamente, está en Libertad. Es un lugar al que "para llegar hay que conocer", pasar tres rejas y recibir el "OK" de tres policías de la Republicana que portan fusiles de asalto. Pero una vez dentro, en ese micromundo de seis hectáreas de plantaciones de marihuana, puede verse la victoria de la "revolución feminista".

En las plantaciones de cannabis del Estado —o mejor dicho de las empresas a las que el Estado les dio la habilitación— trabajan 65 personas, la inmensa mayoría mujeres. Las eligen por su "delicadeza" para podar una planta que, en el mejor de los casos, da 56 gramos de marihuana fumable. Pero no es eso ni que las directoras técnicas también sean mujeres lo que convierte a este predio en un rincón "feminista".

Sucede que en el mundo del cannabis la que vale es la planta hembra. El macho no tiene cabida, ni siquiera para procrear. La marihuana que se vende en las farmacias surgió, sin importar la empresa productora, de dos semillas hembras venidas de España, a las que apodaron "alfa" y "beta". Cada una tuvo sus hijas —como madres solteras— las que a su vez por clonación han tenido más hijas y así…

Las compañías licenciatarias —la canadiense ICC y la uruguaya Symbiosis— han pensado sus cadenas productivas con esa lógica. Todo comienza en la sala de maternidad, un invernadero acondicionado con reguladores de temperatura —siempre mayor a 25° y menor a 35°—, donde empieza a sentirse el olor a hierba húmeda.

De esas "madres" las empresas tienen entre 100 y 120, de distintos tamaños, y las dejan crecer de la manera que sus agrónomos consideran oportuna. Los canadienses son más detallistas y hacen un podado de peluquería. Los uruguayos tienen sangre más latina y les permiten trepar a una altura que sobrepasa la de cualquier humano.

Esas "madres" no se pasarán mucho tiempo reproduciendo, porque su vida fértil acaba al medio año o poco más. Pero mientras duran son capaces de dar a luz a unos 120 esquejes por vez, que vendrían a ser como los bebés: un fragmento de planta separado para que pueda reproducirse.

Como ocurre en los hospitales, ni bien los bebés se desprenden de sus madres se les coloca una cintita identificatoria —en este caso con código de barras— y un nombre bastante impronunciable —al estilo "OF7LZL15". De todas formas, luego la llamarán "María".

Cada uno de los siguientes pasos es más tiempo de espera, más trabajadores atendiendo a la planta, cada vez más cuidado en el trato, en la humedad, en la temperatura y en la luz (hay mallas de sombra para el verano y focos para el invierno). O sea, cada vez más inversión, gasto de energía y de agua.

En la visita de El País a estos predios —que por primera vez fueron recorridos por los medios—, los técnicos no quisieron referirse mucho a lo comercial, pero admitieron que estas plantaciones son más una forma de conseguir visibilidad y encaminar otros proyectos que un "negocio en sí mismo".

Parte de las "pérdidas", dicen los empresarios, se explican por los estrictos controles del Estado, por la regulación del precio y por la ausencia de subsidios. Parte de los "problemas", responden en el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (Ircca), se deben a que las empresas "no hacen la suficiente inversión para mejorar la productividad" y, prueba de ello, sería que"aún no han alcanzado el límite que el Estado les permite producir".

En una de las plantas de tipo beta —que en criollo es la que "pega" más— una arañitas están tejiendo su tela. No es nada extraño en el agro, mucho menos en una planta de clima tropical como el cannabis. Tampoco trae consecuencias para el producto final porque hay todo un proceso de depuración. Pero esa simple arañita, se quejan en el Ircca, "hace perder parte de la producción".

Eso sí: cuando la cadena productiva va llegando a las etapas más sensibles —de secado y empaquetado— no vuela ni una mosca. Los trabajadores entran a hacer su tarea con mamelucos, gorras y tapabocas descartables. Se cuida hasta el más mínimo detalle, pese a que el producto acabe en unas pitadas y unas exhaladas de humo.

El paso a paso:

La legalización de la marihuana en Uruguay abrió puertas. Foto: EFE
Foto: EFE

Maternidad. De dos semillas surgieron las dos primeras plantas madres: una con predominancia sativa y la otra índica. De ellas nacieron otras y otras... siempre por esquejado.

Enraizamiento. Se espera que las mini plantitas echen raíces, en un clima húmedo y cálido. Luego se trasplantan para que crezcan en macetas.

Floración. Ya en otro invernadero, la planta llega a su máximo productivo. Es entonces que se cosechan las flores.

Manicurado. Tras el deshojado y separación de la flor del tallo, se procede al control visual y la eliminación de pequeñas hojas que crecen entre las flores.

Secado. Las flores, ya limpias, pasan por control de calidad y secado, donde pierden hasta el 75% del gramaje. De ese producto el Ircca obtendrá las muestras para el análisis microbiológico y fisicoquímico.

Envasado. De forma manual se procede a colocar los cinco gramos de marihuana en el sobre trilaminados y termosellados. Cada paquete está identificado por su variedad y con su código de trazabilidad. Se prepara el lote para la farmacia y se envía en camioneta.

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