LA DEFINICIÓN

La opinión pública sale a dar la cara

Así es un día de trabajo de campo de una encuestadora en tiempo de campaña electoral.

Perfiles: Potti reconoce que lo más difícil es encontrar hombres de 30 a 42 años.  Foto. F. Ponzetto
Perfiles: Potti reconoce que lo más difícil es encontrar hombres de 30 a 42 años. Foto. F. Ponzetto

Las elecciones son la Navidad de las consultoras de opinión pública. Faltan unas horas para que comience la veda que prohíbe la difusión de encuestas y en la televisión anuncian que, “en minutos nada más”, el sociólogo Ignacio Zuasnabar presentará los últimos números de cara a las internas. Hay expectativa. Los favoritos aprovechan para sacarse cartel y los otros, los que corren de atrás, dicen que “las encuestas no sirven”. Pero detrás de los esperados guarismos hay un método -a veces cuestionado- hay ciencia y hay un oficio. Bienvenidos a un día en los zapatos -de suela gastada- de un encuestador.

Es invierno y en el barrio Conciliación, una zona de casas bajas que no llegan a cortar el viento, el frío empuja a la gente para adentro de sus viviendas. A Gabriela Potti poco le importa. Esta tarde se dispone a examinar el cerebro de la ciudadanía con la intensidad de un neurólogo, se propone entender el pensamiento humano con la paciencia de un psicólogo, y a preguntar con el temple de un fiscal.

Potti -39 años, táblet en mano, cartelito de encuestador y campera de guata- se aleja del grasiento olor a torta frita del puesto de avenida Garzón y camino Edison, y se adentra en el barrio en busca de la manzana asignada. Ya sabe que tiene que elegir una casa al azar -por eso del método probabilístico en que todos tienen la misma chance de ser encuestados- y que, si no la atienden, deberá seguir intentándolo con una finca aledaña siempre en sentido de las agujas del reloj.

En el barrio Conciliación casi no existen los timbres. Por eso Potti golpea sus palmas y el ladrido de los perros se encarga del resto. Pero en la primera casa no hay nadie o, si hay, la persona no se digna a contestar. Una cruz en la planilla (“no atiende”) y sigue la vuelta.

Una vecina -que luego dirá que tiene 63 años- se asoma a la reja blanca intrigada por el alboroto de los ladridos. Potti aprovecha la tajada y sale al cruce con una voz suave y vendedora: “Buenas tardes. Mi nombre es Gabriela Potti de Equipos Consultores y estoy realizando una encuesta para conocer la opinión pública. ¿Tiene unos minutos?”.

Esos minutos son casi media hora. La doña -que dice estar jubilada- cede ante tal ofrecimiento. Como esas contestadoras automáticas que aclaran que “su llamada puede ser monitoreada con el fin de asegurar la atención que le brindamos”, Potti aclara que la encuesta será grabada y pide consentimiento.

Lo que sigue es un síntoma de la democracia uruguaya actual. La señora -cuyo nombre se reserva para asegurar su anonimato- insiste en que no votará a nadie, ni el domingo (por hoy), ni en octubre. Está “desilusionada de los políticos”, una frase que repetirá al menos tres veces durante el cuestionario. Pero a Potti poco le cambia, ella está obligada a hacerle todas las preguntas, una por una.

Luego dirá que “para charlar de política” se va a tomar una cerveza con amigos. Pero que durante sus horas de trabajo es impoluta. Así lo había aprendido en su época de estudiante de Sociología. Y así lo demuestra cada vez que la señora se queja de los políticos.

A diferencia de otras técnicas de encuesta que se usan en Uruguay -léase telefónica o por internet- la modalidad cara a cara tiene la interacción humana. Y esa ventaja es, a la vez, un desafío. Zuasnabar recuerda que una vez, mientras aplicaba una encuesta de bienestar en Paraguay, se le preguntó a una encuestada “¿cómo se sintió ayer?”. La mujer, visiblemente emocionada, respondió que no recordaba cuándo fue la última vez que alguien le preguntaba cómo se sentía.

También ha pasado que llegara la pareja de un encuestado y le hiciera una escena de celos al encuestador. O, “en menor medida”, que le robaran la tá-blet al entrevistador. En Uruguay, dice Zuasnabar, “no hay zonas rojas como en otros países. En algunos lados hay que andar con más cuidado, pero no hay una zona a la que no se pueda entrar”.

A Potti jamás la robaron, al menos no en su rol de encuestadora. Eso sí: toma sus recaudos. Ni bien termine de encuestar a la señora “desilusionada”, sabe que tendrá que apurarse en busca del siguiente encuestado porque estas tardes de invierno el sol se despide demasiado temprano y, con su salida, también termina el turno.

La señora “desilusionada” no atina a apurarse. Mantiene los brazos cruzados y solo los abre para tomar unas hojas en las que tiene que leer el menú de respuestas. Se toma su tiempo para repasar quién era el político que aparece en una pregunta, y, pese a que en algunos ítems solo cabe “Sí, No, No sabe o No Contesta”, ella se empecina en argumentar su respuesta con frases: “del dicho al hecho hay un trecho”.

Cada pregunta tiene su costo. La encuesta “bus electoral” de Equipos a 1.400 casos insume, solo en el pago de salarios, más de US$ 20.000. Tiene la ventaja de una cobertura mayor, porque son más los uruguayos que viven en un hogar que aquellos que tienen teléfono o conexión a internet. Pero su gran desventaja es el precio: vale seis veces más que la vía telefónica -y eso que el costo en Uruguay es un 60% más económico que en Argentina.

Los otros problemas, que además se traducen en costos, son los mismos sin importar la técnica: cada vez menos gente se digna a contestar y encontrar algunos perfiles concretos -cuotas- se hace cuesta arriba. “Los varones de entre 30 y 45 años son los más difíciles de hallar”, cuenta Potti.

Esta tarde no atiende ningún hombre. Tras la señora “desilusionada” cae el caso de una veinteañera que conserva la ilusión, pero admite estar “desinformada”. Tanto es así que, en una de las respuestas, reconoce que comparte una noticia que recibe por Whatsapp si se lo manda un “conocido”. A Potti, otra vez, poco le importa. Guarda en la táblet cada respuesta y, cuando cae el sol, se marcha para su casa.

Misión cumplida. Los resultados dirán cuán nítida o borrosa era la foto del electorado que Potti y otros tomaron.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados