LA COLUMNA DE PEPEPREGUNTÓN

Los miedos

Los uruguayos viven con miedo. Hay miedo de dejar la casa sola. Y hay miedo de que a uno le copen la casa. Hay miedo de ser víctima de un arrebato en la calle, para sacarle el celular, la cartera, la mochila o cincuenta pesos.

Hay miedo de caminar por algunas calles. Miedo de entrar a algunas zonas. Miedo de vivir en algunos barrios. Miedo de parar el auto en algunos semáforos. Miedo de entrar el auto al garaje. Miedo de caminar dos cuadras a la panadería. Miedo de salir de noche. Y miedo, también, a plena luz.

Miedo de abrir el comercio. Miedo de que el que entra no sea un cliente, sino el que quiere quedarse con la recaudación del día y no tiene problemas en rociar con nafta a alguien o en disparar a matar para hacerse respetar.

Hay miedo de manejar un taxi. O un camión de reparto. O una camioneta con niños, aunque sean discapacitados. Porque los delincuentes han demostrado que todo les da igual.

Hay, digámoslo, miedo de ser policía.

Ese miedo nos hace pedir mayor presencia policial. Necesitamos que los que nos defienden sean más que los que nos quieren atacar. Que los buenos estén mejor equipados y armados que los malos. Que tengan el respaldo político para hacer cumplir la ley y no una amenaza constante de que, si actúan, les puede ir mal.

Se necesita que el que delinque, pague. Que no quede en libertad. Que las penas desestimulen al delito, en lugar de incentivarlo. Que el que roba o mata vaya preso. Y que no salga a los dos meses. Que cumpla condena efectiva.

Pero, con eso, no se soluciona el problema. Deberíamos reclamar, también, que quien va a la cárcel tenga una oportunidad de rehabilitarse. Que no salga peor de lo que entró. Que trabaje, para pagar la inversión que el Estado, que somos todos, estamos haciendo en su recuperación. Que se prepare para el día que sea libre.

Deberíamos exigir que en los centros de detención el aislamiento del mundo exterior sea real. Que no haya celulares para manejar negocios desde dentro de una cárcel. Que no haya armas o cortes en poder de los internos. Que se restablezca el orden y que la autoridad se ejerza.

Condenando a un delincuente al hacinamiento, la mugre y el ocio, en centros llenos de violencia, donde la plata manda y el que no paga se muere, ¿qué creemos que nos devolverá la cárcel en dos, cinco o diez años, cuando ese delincuente vuelva a la calle?

¿Qué pensamos que hará ese delincuente, después de haber sido sometido a ese sistema penitenciario indigno que quienes tanto se llenan la boca con los derechos humanos no han intentado corregir?

Eso, ¿de verdad no nos da miedo? Debería.

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