ENTREVISTA

Mario Riorda: “Las campañas electorales han muerto”

El presidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales prefiere analizar la realidad con lentes que permiten más graduaciones.

Mario Riorda. Foto: Leonardo Mainé.
"El sistema uruguayo tiene vigencia pero empieza a romperse", dijo Mario Riorda, Foto: Leonardo Mainé.

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En la era de la política devenida en marketing, del descreimiento en la democracia y “crisis de partidos”, se suele mirarlo todo en blanco y negro: una visión apocalíptica y otra integrada. Mario Riorda, presidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales, prefiere analizar la realidad con lentes que permiten más graduaciones. Tras su participación en un coloquio de la Universidad ORT, concedió una entrevista a El País en la que afirmó que la desinformación existe, pero no mueve la aguja de una campaña.

-En enero de 2019, usted decía que “había llegado la defunción de las campañas electorales”. En setiembre 2019 y con la campaña electoral uruguaya en su recta final, ¿sigue pensando lo mismo?

-Sí, desde todo punto de vista. Reitero: las campañas electorales han muerto. Antes había un modo de campaña “ideal”, a la vieja usanza, en la que circulaba información que enriquecía la toma de decisiones del electorado. Había una discusión temprana de la agenda pública por venir. En ese escenario ocurría un ida y vuelta, un efecto ping-pong, en que el otro significa un punto de debate. Había cierto orden, incluso legal, de cómo debía ser una campaña. Ahora, sin embargo, las campañas son un proceso de hiperpersonalización extremo.

-¿Por parte del elector o de la oferta política?

-De la oferta política. Un 80% de los mensajes tienen que ver con las capacidades o elementos estéticos de las candidaturas y no de las propuestas.

-¿Es una cifra al azar?

-No, es el resultado del análisis de las últimas 38 campañas presidenciales en América Latina. Eso fue cotejado con el seguimiento a tres presidenciables. Ninguno alcanzó la cuarta parte de mensajes con ideas programáticas. La plataforma electoral es hoy una verdadera pieza de arqueología. Entonces lo que vemos en un montaje escénico, poses políticas destinadas a mitificar a una persona. No hay reglas de juego, en especial en el mundo digital. Se producen monólogos, no se dialoga. Aumenta la radicalización, lo que dificulta la gobernabilidad posterior de quien triunfa.

-¿Es, en términos de Umberto Eco, un “apocalíptico”?

-Antes había posibilidad de pensar las campañas electorales por una relación causa-efecto más predecible. No es que el pasado era mejor, sino que era más simple. Hoy estamos ante un caos que tiene algunas bondades, en especial la ausencia de filtros. La política sin filtro hace que todo se sepa, eso es bueno desde lo informativo. La política sin filtro, a la vez, es la ausencia de decoro y lleva a que las posturas políticamente incorrectas, esas que antes eran sancionadas, hoy son celebradas. Son un mojón ideológico del cual todos hablan. El surgimiento de un mojón de derecha extrema en Uruguay es un ejemplo de cómo el resto de partidos se tiene que reorganizar en base a esas posturas.

-¿Por qué se produce este cambio en las campañas?

-Es la pérdida de efectividad del Estado y la muerte, en términos de representación política, de los partidos. Esto último suena raro en Uruguay porque es el único de los 18 países latinoamericanos en que el sistema de partidos tiene cierta vigencia. En el resto, los partidos tienden a romperse o socavarse. Donald Trump socavó la estructura del Partido Republicano. En Gran Bretaña, en el sistema de partidos más viejo del mundo, se acaba de romper el Partido Conservador. Y es una tendencia en el mundo occidental.

-¿Cómo es ese sistema “sin partidos”?

-Es un sistema en que el foco está en los personajes y en movimientos circunstanciales que prometen soluciones a problemas también circunstanciales.

-¿De qué tipo de demandas hablamos?

-Desde aspectos macro, como el feminismo o el ambientalismo, a cuestiones muy barriales como un movimiento que proteja los comedores infantiles de la zona. El problema es que cuando surge un líder que conquiste a ese movimiento de demanda, tiene muchas chances de ganar la elección y, a la vez, muchas chances de fracasar en la gestión porque las expectativas son demasiado altas. Es una sensación de euforia muy rápida y decepción muy rápida. En América Latina había ocurrido el llamado “tsunami” de izquierda al que le siguió una “ola” conservadora que iba a arrasar con todo. Y esos gobiernos conservadores fueron récord de deterioro en la aprobación presidencial: me refiero a Colombia, Brasil, Ecuador, Perú, la segunda presidencia de Piñera y Mauricio Macri.

-Entre la euforia y la decepción, ¿no cabe el término medio?

-Lo que hay en el medio es el escepticismo. La idea “clasemediera”, en que Uruguay y Argentina eran abanderados, es probable que se rompa porque los hijos ganarán menos que sus padres. Es algo concreto que va más allá del descreimiento de las instituciones.

-Las promesas de soluciones a demandas concretas han existido siempre: que “le doy una casita si me vota”, que “construiré la escuelita”… ¿qué diferencia hay con el ahora?

-En la política sin filtro esas prácticas adquieren una visibilidad constante. Los mismos problemas de antes siguen existiendo y se agregan nuevos. El Latinobarómetro sigue mostrando que en dos décadas siguen habiendo los mismos problemas y se le agregaron otros.

-¿La desinformación puede hacer cambiar una elección?

-No. Los últimos estudios muestran que en los seis meses anteriores a una elección, el ecosistema digital se infla un 20%, sobre todo por bots y trolls. Entre sí mismos, esas cuentas automáticas se comparten entre el 2% y 10%, lo que genera una inflación del discurso. Pero el contenido no desborda. El contenido se sigue manteniendo dentro de los parámetros de la tribu.

-La gente está en las redes sociales para reafirmar lo que piensa…

-Así es. Totalmente de acuerdo. Pero cuidado que eso no quiere decir que el usuario de redes sociales adquiera un comportamiento pasivo. Hice un estudio en Argentina que demuestra que el 62% de la población siente que recibe mensajes apócrifos, pero que independientemente de la veracidad, si les gustaba lo que decía el mensaje o si reafirmaba su concepción, lo compartían. Entonces, no es un problema de las redes, sino del comportamiento humano.

-¿Les cabe responsabilidad a los políticos?

-Sí por invertir en maquinarias del odio.

-¿Le consta si en Uruguay se está invirtiendo en maquinaria del odio?

-A mí me consta que no hay político que no haya hecho eso, en escala más artesanal o industrial. El dato más preocupante es que radicalizan las posturas adentro de las tribus.

-En este contexto, ¿sigue siendo tan excepcional el sistema político uruguayo?

-El sistema uruguayo tiene vigencia, pero empieza a romperse. Las redes existen y no están reguladas por el Estado. Hay actores que desvirtúan el debate. Empieza a haber figuras “novedosas” que compiten contra el “gris” de la normalidad del viejo sistema de partidos. La aparición de figuras como (Juan) Sartori empiezan a sacudir el sistema. No todos los sistemas políticos se rompen de arriba hacia abajo. Discretamente, en Uruguay se está empezando a romper de abajo hacia arriba.

-¿La alternancia en el poder siempre fortalece la democracia?

-No comparto con quienes le atribuyen características casi que mágicas, de pura positividad, a la alternancia. Lo que el sistema debe permitir son condiciones de máxima competitividad, lo que significa que más de uno tenga chances de ganar.

-¿En qué se diferencia la campaña electoral uruguaya de la argentina?

-El oficialismo uruguayo arrastra un cansancio con sus pros y contras. El oficialismo argentino es una mochila de plomo con pura carga negativa. Hace unos meses hice una encuesta con amigos. La pregunta clave era: ¿cuál piensa usted que fue la principal política pública del gobierno de Macri? El 50% dijo que no sabía y el 25% respondió que “ninguna”. Eso es el gobierno de Macri, “la nada misma”. Un gobierno que, como dicen dos amigos, es una especie de charla TED que duró cuatro años.

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