LEGISLADOR DEL MPP

Gabriel Otero: el diputado que pasó su infancia en un cuartel

En 1972 sus padres tupamaros cayeron presos y él, que era niño, también.

Barquito: Gabriel Otero conserva un barco de madera que su padre le construyó estando en prisión. Foto: Leonardo Mainé
Barquito: Gabriel Otero conserva un barco de madera que su padre le construyó estando en prisión. Foto: Leonardo Mainé

Hay una habitación con cinco piletones macizos al fondo. En uno de ellos se ve a él, desnudo, con tres o cuatro años, no lo recuerda bien. Un chorro de agua gélida le corre por la espalda y su madre le frota el cuerpo con ganas en busca de calor. De pronto suena un timbre, bastante más estridente que esos de recreo, que pone fin al baño. Es la hora de enlistarse. Porque así, entre juegos improvisados y disciplina militar, transcurre la niñez en un cuartel.

Gabriel Otero frunce el ceño y deja caer la mirada como si intentase enfocar con mayor nitidez aquella imagen de su infancia. Pero en realidad está viendo el ventanal de su despacho N°113, en el anexo del Palacio Legislativo, al que accedió hace nueve días, cuando fue nombrado diputado por el MPP (Frente Amplio).

El hoy legislador de 50 años -nació el primer día del año 1970, como “molestando al resto desde chiquito”, bromea- es hijo de presos políticos. O de presos a secas, según quien cuente la historia. Porque sus padres Melba Agüero y Evaristo Manuel Otero eran dos tupamaros, de la columna 70, que por esos años se hacían llamar “Rosa” y “Jacinto”, respectivamente.

El 29 de mayo de 1972 cayeron presos. Todos: el padre que era distribuidor de huevos y había ayudado a esconder algún arma de los guerrilleros en el Parque Roosevelt; la madre que “limpiaba casas” y había asistido desde afuera en la fuga de Cabildo -en la que 38 presas escaparon por un agujero-; la hermana mayor que se iniciaba en la militancia con el apodo de “Laura”; el hermano del medio, Tomás; y el chiquito Gabriel, que estaba con fiebre.

Era una fiebre alta, por encima de los 40 grados. Eso lo recuerda bien porque cuando “los mayores” le contaban su historia, siempre repetían: “la Policía los encontró en la casa de unos tíos, en Maldonado, habían tenido que parar allí porque Gabrielito estaba con una fiebre que volaba”.

A Gabriel ese relato lo pone en la disyuntiva de qué hubiese pasado si él no se enfermaba. Pero como le decía su terapeuta: ¿qué necesidad de buscar culpables? De última, él era solo un niño, uno de los cerca de 80 uruguayos que pasaron parte de su infancia en los regimientos militares en compañía de sus madres presas.

Un número

En el comienzo de El Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano escribe que la palabra “recordar proviene del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón”. Tal vez por ese pesar fue que a Gabriel le costó recordar, y aún más contar, su historia. Ni siquiera a sus hijas les había narrado ese pasado de una niñez entre rejas. Pero un día de 2009, un año antes de que los resultados de las elecciones departamentales lo confirmaran como alcalde del Municipio A de Montevideo, escuchó en la radio un número de celular que cambió su destino.

Era el teléfono de una agrupación de niños que habían vivido parte de la dictadura en cautiverio. Envió un SMS y, por primera vez, se animó a contar su historia.

Para la sorpresa de quienes escucharon su primer testimonio, Gabriel guardaba recuerdos bastante coherentes de su época en los cuarteles. Había estado primero en el Instituto Militar de Estudios Superiores -donde hoy funciona el Liceo Militar- y después en el cuartel de Blandengues -a donde estuvo hasta casi cumplir los cinco años. Y casi siempre era el niño más grande del grupo.

“Era bastante inquieto. Había vivido mis dos primeros años en libertad y, de la noche a la mañana, me llevaron a un cuartel en que si sonaba el timbre había que quedarse quieto. Me aburría muy rápido. Recuerdo que había un par de milicas jóvenes que a los niños nos sacaban al patio del (cuartel) Blandengues para dar una vuelta alrededor de los chanchos. Era una vuelta por niño, en un camino que tenía la forma de herradura de caballo. Como yo era el más grande y el más revoltoso, me dejaban dar dos vueltas”. Gabriel encuentra en esas anécdotas la felicidad que toda persona trata de rescatar de su infancia.

Y ser el mayor de los niños, en su memoria, era una ventaja. Porque cuando los militares habilitaban el ingreso a la habitación en que se guardaba la comida que llevaban las visitas, él era el primero en entrar. Iba directo al membrillo, que venía pisado para que no escondiesen nada allí dentro, y se lo devoraba. “Era una delicia, la felicidad de la semana y la manera más linda de matar el hambre”.

Timbre

Un día que su madre jamás quiso acordarse, en octubre de 1974, sonó el timbre. El inquieto Gabriel Otero daba vueltas y nadie lo podía contener. “Vení Gabrielito, vení que de aquí nos vamos”, le rogaba su madre. Y tras esa imagen viene un vacío. El hoy diputado solo se recuerda con los ojos vendados, sentado en el piso de un camión en movimiento, y algo (“que podía ser el banco en que viajaban los adultos”) que le daba golpecitos en la cabeza. Así dejaba la vida en los cuarteles y las madres presas eran conducidas a la prisión de Punta de Rieles.

Gabriel hace un silencio y otra vez con la mirada perdida en el ventanal de su despacho lanza: “Estimo que aquel traslado y aquella separación fue tan fuerte que por eso nadie la rememora con exactitud”.

Su hermana, que por entonces ya había cumplido los 18 años, fue la responsable de la crianza en la “más absoluta pobreza”. Es que la madre fue liberada cinco años después, cuando por petición de Naciones Unidas el gobierno de la dictadura soltó a las presas que estaban enfermas (Melba Agüero tenía un linfoma en fase avanzada que la mató al año).

El padre, en cambio, continúo preso en Libertad (una paradoja de la nomenclatura uruguaya) hasta 1982.

“Al viejo apenas me dio para decirle que yo también iniciaba la militancia en el MLN”. Esa que, camino político mediante, lo llevó al despacho N° 113.

Perfil
Hombre de Victoria
Gabriel Otero. Foto: Leonardo Mainé

Nació: En el pueblo Victoria, barrio de La Teja

Edad: 50 años

Cargos: Diputado por el MPP, exalcalde del Municipio A (2010 a 2019)

En el conventillo de Emilio Romero y Agustín Muñoz, en Pueblo Victoria, en La Teja, una pareja de tupamaros dio a luz a Gabriel Otero. Pero la vida de la guerrilla, incompatible con la estabilidad, hizo que la familia Otero deambulase en la clandestinidad hasta una redada en Maldonado, en 1972, en que los cinco integrantes caen presos.

Tras pasar por dos cuarteles, fue criado por su hermana mayor, luego fue obrero de la construcción, taxista, secretario general de la Federación de Cooperativas del Uruguay y dos veces alcalde en el mismo municipio en que había nacido. Otero volvió a Victoria.

Desde allí consiguió los votos que lo llevaron a ser representante nacional. Algunos dicen que la “victoria” de Otero no termina allí y estiman que él podría ser el heredero de José Mujica. A Otero le da gracia.

“Las personas pasan, no hay que hacer culto a ellas. Yo me siento heredero de una corriente de pensamiento que nos trajo hasta acá. Si me preguntan, digo que desde lo ideológico soy marxista. Pero en el fondo soy esa mezcla de anarcos, de obreros combativos, del Congreso del Pueblo. Por eso, en mi asunción, nombré a Héctor Gutiérrez Ruiz... esto no es cosa de divisas, es de valores”.

La visión de su padre y las visitas terribles

Flauta realizada en Libertad. Foto: Leonardo Mainé
Flauta realizada en Libertad. Foto: Leonardo Mainé

“Hoy por hoy sabemos que paga mucho el tema de hablar de las torturas y esas cosas que ocurrieron en aquellos años, pero hace 35 años que estamos en democracia y hoy nos encontramos con gente que tiene 40 y habla de las torturas y los apaleos que vivió, y uno dice: “Pero ¿cómo?, ¿a los cinco años, entonces, lo estaban...?”. Raúl Lozano, el senador electo por Cabildo Abierto que pronunció estas palabras a La Diaria, convive en el mismo edificio Legislativo que el emepepista Gabriel Otero. Y cuando dijo esta reflexión, Otero sintió que le pegaron en la fibra más íntima.

“Fuimos víctimas, víc-ti-mas”, repite. “A mi padre nunca lo vi como un héroe. Lo vi como víctima. Tampoco lo vi como un hijo de puta que dejaba a la familia por la militancia. Lo vi desde el sufrimiento. Es más: me cae la ficha de que era hora de contarles a mis hijas sobre mi infancia cuando pienso en las que debe haber pasado mi viejo por no poderme ver crecer”.

Un jueves por mes, cuando su padre no estaba suspendido, Gabriel Otero viajaba hasta el Penal de Libertad a visitar a su padre.

“Esa visita era terrible, en realidad la terrible era la milica Amanda”. Otero recuerda el nombre de la jefa del ingreso al penal, una señora que, por su carácter, le encuentra un parecido a la directora de la escuela primaria Crunchem Hall de la película Matilda.

“Era tan mala que nos hacía tomar distancia en la fila de las visitas y luego desnudarnos. Éramos solo niños yendo a ver a nuestros padres presos”.

Aquellos encuentros con su padre eran breves. En ocasiones hablaban sin poder tocarse, pero cada tanto les permitían jugar en el arenero. “Hacíamos túneles que no conducían a ninguna parte… y a veces los presos nos regalaban las manualidades que hacían en los talleres: un barco, una flauta”.

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