La columna de Pepepreguntón

Las formativas

Todo empezó hace ya tiempo. Fue a comienzos de este siglo, cuando algunos padres y madres comenzaron a percatarse de la pésima caligrafía que tenían sus hijos en edad escolar, y de la enorme cantidad de faltas de ortografía que eran capaces de tener en un texto breve.

El problema no distinguía entre escuelas públicas y colegios privados. Y las inquietudes de los adultos a cargo se encontraban por aquel entonces con llamativas respuestas de los docentes. "No se preocupe por las faltas. Lo importante es que se expresen. Después, con el tiempo, las faltan se corrigen", era lo que replicaban las maestras.

No hacía falta estudiar Magisterio para entender que aquello era un disparate. ¿Dónde estaba la Inspección de Primaria? ¿Por qué nadie elevó la voz y ordenó volver a trabajar fuerte en caligrafía y ortografía en los primeros años escolares, como se hizo siempre?

El criterio siguió primando en la mayor parte de las escuelas y colegios.

Eso llevó a que los alumnos que entraban a Secundaria arrastraran problemas que deberían haber sido enfrentados a tiempo en Primaria. A la pobre caligrafía y pésima ortografía se sumaron muy pronto las dificultades para la comprensión de textos. ¿Qué se hizo entonces? Poco a poco se les fue facilitando la tarea. Los textos se volvieron más simples. Poca letra y muchos dibujos. La explicación fue que se trataba de una generación mucho más visual. Que leía poco. Y que si le mandaban a estudiar, como en otros tiempos, un capítulo entero de un libro de texto de los de antes, nadie haría la tarea. Y muchos no entenderían lo que estaban leyendo.

Así que se fue bajando más y más el listón. La tarea de los docentes dejó de ser formar ciudadanos y se limitó a conseguir que los chicos no abandonaran la escuela o el liceo. ¿Y cuál era la mejor forma de no desestimularlos y de conseguir que siguieran asistiendo? Fácil. Asegurándose que pasaran de clase. Aunque para eso hubiera que ponerle a fin de año una prueba oral a un alumno que todo el año había tenido en el liceo una materia baja. Con un esfuercito al final, alcanzaba para no llevarse un examen. No sea cosa que el alumno se desestimulara y dejara los estudios.

Los resultados están a la vista. Nuestros hijos y nietos no son capaces de respondernos por qué el 18 de julio no tienen clase o cuál es la capital de Islandia. Todo les da más o menos lo mismo. Nada tiene demasiada importancia, porque ahora está de moda que no memoricen, sino que razonen. Y la verdad es que no memorizan nada, pero tampoco estudian lo suficiente ni pueden comprenden lo que leen como para poder razonar adecuadamente. Y aun así, pasan de clase, terminan la escuela, aprueban los años de liceo sin demasiados sobresaltos y, cuando llegan a la Universidad, no saben para dónde agarrar y terminan, finalmente, abandonando. Porque nada les entusiasma mucho. Porque nadie hizo el trabajo de entusiasmarlos en la escuela y de ayudarles a descubrir su vocación en el liceo.

Si los jóvenes son el futuro, deberíamos empezar a preocuparnos más por cómo los formamos. Si seguimos así, lo que nos espera no será mejor de lo que vivimos, sino todo lo contrario.

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