Cada vez más viejos

Este año Uruguay dejará de ser “una sociedad joven”

Es un fenómeno “inevitable”: menores de 20 años ya no son dominantes.

El 2019 marca el fin del dominio poblacional de los más jóvenes. En menos de dos décadas esa posta la tomarán los mayores de 65 años. Foto: Fernando Ponzetto
El 2019 marca el fin del dominio poblacional de los más jóvenes. En menos de dos décadas esa posta la tomarán los mayores de 65 años. Foto: Fernando Ponzetto

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José Ortega y Gasset decía que la juventud necesita creerse, a priori, superior. “Claro que se equivoca, pero este es precisamente el gran derecho de la juventud”. También podría creerse el grupo dominante y de hecho lo era, a juzgar por las estadísticas, hasta el año 2018. Pero este 2019 parece estar empecinado en pintarle las canas a Uruguay y los menores de 20 años dejarán de ser la franja etaria con más población. Adiós juventud.

Aquellos que ni siquiera tenían consciencia cuando unos aviones tumbaron las Torres Gemelas de Nueva York, aquellos que ni siquiera habían nacido cuando se pensaba que el cambio de milenio traería poco menos que el fin del mundo, esos que hoy tienen entre cero y 19 años fueron desplazados por los mayores de 20 y menos de 39 años. Estos, a su vez, cederán la predominancia a los mayores de 40, y estos a los de 60… en un proceso de envejecimiento que, según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), “es inevitable”.

En 1996, uno de cada tres uruguayos era menor de 20 años. Aquel año la juventud había alcanzado su máximo histórico e incluso superaba el millón de personas. Era la época en que abrir un comercio de golosinas, de uniformes escolares o una producción de Cris Morena era un excelente negocio. Pero ahora Uruguay camina a una economía envejecida en la que, por primera vez, el consumo de las personas mayores superará al de los jóvenes.

Esta no es necesariamente una mala noticia (salvo para Cris Morena, claro). Es el resultado del “desarrollo del país producto de la mayor expectativa de vida y de la baja de la natalidad”, explica Andrea Palma, del departamento de análisis del Instituto Nacional de Personas Mayores (Inmayores).

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No solo eso: ya hay 19 economías envejecidas en el mundo y casi todas ellas registran los mejores estándares de vida. El propio Ortega y Gasset decía que “solo es posible avanzar cuando se mira lejos”. Tan lejos como hasta Japón. Ese país atravesó el quiebre generacional en 1996, justo aquel año en que en Uruguay los jóvenes batían récord histórico.

Cuba está en una coyuntura muy similar a la de Uruguay y para 2040 habrá 73 economías envejecidas, entre ellas: Brasil, Costa Rica, Chile, la propia Cuba y Uruguay. El “inevitable” proceso continuará en marcha, pintando el mapamundi, y para el final del siglo las economías jóvenes serán la excepción.

Que la dinámica sea inevitable, no es sinónimo de que los países (incluyendo Uruguay) deban quedarse de brazos cruzados. Así lo dejó en claro el demógrafo y economista Juan José Calvo, uno de los expositores en el seminario sobre envejecimiento. En su presentación advirtió que las economías envejecidas traerán “aparejada una mayor demanda de atención en materia de salud y de otros programas y servicios dirigidos a las personas mayores, que incidirá tanto en los gobiernos como en las familias: en el primer caso, porque muchos de estos programas están a cargo del sector público, y en el segundo, porque buena parte de los cuidados que requieren las personas de edad provienen de la familia”.

Los mayores son el grupo que más aumenta

A excepción de Haití, en cualquiera de los otros países de América Latina y el Caribe un recién nacido vivirá, en promedio, más de 65 años. Pero cuando ellos lleguen a esa edad, su esperanza de vida seguirá aumentando. Este corrimiento hace que ya hoy los mayores de 65 años son el grupo etario que más crece en la región. Para el año 2040, según los cálculos de la Comisión Económica para América Latina, los adultos mayores serán un quinto de los pobladores del continente. En Uruguay el auge de esta población adulta será tal que para la década de 2070 superará el 1.100.000 personas. Muchos son hoy liceales.

La Cepal reconoció que el Sistema de Cuidados que impulsó Uruguay “es un ejemplo a seguir”, pero también enfatizó que el país no puede descansarse en esa fortaleza. Palma, de Inmayores, coincide: en octubre de 2016 el Parlamento ratificó la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, pero aún resta “la adecuación normativa para la implementación”.

La realidad, en todo caso, es más compleja que una simple ecuación de cuántos jóvenes hay en edad de trabajar para mantener a unos viejos jubilados. “Esa es una mirada demasiado lineal, muy liderada por la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, y que sostiene que hay que quitarles a unos para darles a los otros”, explica el psicólogo Robert Pérez, otro de los expositores. “Por supuesto que hay que invertir más en infancia y adolescencia, pero eso no puede ser en desmedro de los derechos de los adultos mayores”.

¿Los más veteranos son discriminados? ¿Cuánto gasta de su bolsillo en su salud un adulto mayor? ¿Cuál es el estado cognitivo de los mayores de 65 años en Uruguay? ¿Cuántos cuidadores informales se necesitan para acompañar a los adultos dependientes? Todas estas preguntas, basadas en derechos y en los Objetivos de Desarrollo Sostenible que Naciones Unidas fijó para 2030, carecen de respuesta.

La demógrafa Mariana Paredes presentó un informe en el que demuestra que el país carece de datos para cuantificar con precisión al menos ocho indicadores básicos sobre los derechos de las personas mayores. Buena parte de las mediciones llegan hasta la población de 65 años, por lo que la experta criticó: “Es necesario hacer encuestas específicas de la población de personas mayores en uno de los países más envejecidos”.

Antes de 2050, los mayores de 60 años ya serán el grupo dominante y nada hace indicar que, al menos por un siglo, dejen de serlo. Como decía también Ortega y Gasset: “El mundo es la suma total de nuestras posibilidades vitales”.

Paliativos para enfermedad sin remedio.

Es cada vez más frecuente encontrarse con personas adultas que en los cajones de sus mesitas de luz, o arriba de la mesa, guardan un pastillero que los ayuda a recordar los medicamentos que tienen indicados. Y la explicación es simple: cada vez hay más personas mayores, las demencias son parte de las discapacidades más frecuentes a una edad avanzada, y más del 90% de los tratamientos de demencias en el país son, casi exclusivamente, farmacológicos.

Así lo demuestra un estudio liderado por el psicólogo Robert Pérez que revela que, tras un diagnóstico del médico, solo en el 5,4% de los casos se indicó un tratamiento psicosocial y en el 4,5% ni siquiera hubo un tratamiento señalado.

Esta medicalización de la demencia, advierte el investigador, enciende una luz amarilla ante una enfermedad que, a priori, no tiene cura conocida. Es decir, los remedios pueden enlentecer el avance de la enfermedad, apaciguar algunos síntomas, pero no la erradican del todo.

“La actual situación de atención a las personas con demencia en el sistema de salud de Uruguay no cumple con los estándares de calidad definidos internacionalmente como buenas prácticas. Tal como se encuentran organizados actualmente los tratamientos, presentan un alto riesgo de producir efectos iatrogénicos (lesiones del propio tratamiento)”, concluye el estudio.

Uruguay tiene una fortaleza, reconoce el psicólogo: cuenta con un sistema nacional e integrado de salud. Eso permite “equidad” en el acceso al diagnóstico, consultas médicas especializadas, diagnóstico realizado de acuerdo con las normas internacionales y la disponibilidad de medicamentos antidemencia y tratamientos farmacológicos. Pero, al mismo tiempo, muchos de los diagnósticos son tardíos, la atención es fragmentada, hay un uso exclusivo del modelo curativo de atención y una falta de tratamientos no farmacológicos.

La asociación nacional de familiares (Audas) y los grupos académicos para abordar la demencia vienen impulsando la creación de un Plan Nacional de Demencia, un objetivo que ya alcanzó Chile.

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