La columna

A patadas

La primera víctima fue una señora de alrededor de 75 años que, al despertarse, encontró su habitación y su casa revuelta y la puerta de entrada derribada a patadas.

Le robaron plata y otros objetos. La señora no entiende cómo no escuchó nada. Dos noches más tarde, a cincuenta metros de la finca anterior, un joven que dormía se despertó sobresaltado cuando sintió cómo intentaban a puro golpe entra a su casa por la puerta principal.

El muchacho, encendió las luces y los ladrones huyeron. Un tercer caso se registró la noche siguiente, siempre de madrugada, en una finca un poco más lejos de las anteriores. Los tres episodios sucedieron en la pasada Semana Santa en Punta Carretas, más precisamente en la calle Luis de Latorre, a pocos pasos de Bulevar Artigas. Días antes, en un edificio de esa cuadra, alguien intentó escalar por el frente y desistió al desprenderse la enredadera por la que trepaba.

Hechos como estos y mucho más graves, se registran cotidianamente en Montevideo. No es noticia. O tal vez sí lo sea la modalidad de irrumpir pateando la puerta en una casa con absoluta impunidad, mientras sus moradores duermen.

En la esquina de Luis de Latorre y Joaquín Núñez hay un almacén, cuya dueña trabaja 12 horas por día. Vive de eso, paga sus impuestos. Ha sido robada muchas veces, y ya ni con la reja, que colocó tiempo atrás en la puerta y que debe abrir cada vez que un cliente quiere entrar, se siente segura.

Días pasados, con asombro y alegría vi por primera vez en mucho tiempo un móvil de la Policía patrullando la zona. Fue solo ese día, nunca más volvió a pasar. Punta Carretas parece haber sido elegida como objetivo de ladrones y rapiñeros. Mejor dicho: como un objetivo más. Quizá responda a que por la zona se ve transitar, fundamentalmente de noche, a muchos turistas extranjeros. El barrio cuenta con buenos hoteles y una variedad grande de restoranes y parrilladas. Se ve también a gente poco amigable con claros rastros de alcohol y droga en sus miradas. A veces, usan como punto de encuentro los alrededores del supermercado Devoto de la calle Coronel Mora. De tanto en tanto, la Policía los corre y desaparecen por unos días para volver allí o al parque Villa Biarritz. Arrebatos, robos son también comunes a la salida de los colegios que hay en la zona. Seguramente al lector, nada de lo que aquí escribo le sorprenda. A mí personalmente, me llama la atención que nos hayamos resignado a vivir en la incertidumbre y el miedo.

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