LA ENTREVISTA DEL DOMINGO

"Parece que da lo mismo ser un buen o mal docente"

Robert Silva, consejero del Codicen. 

Robert Silva. Foto: Marcelo Bonjour
Robert Silva. Foto: Marcelo Bonjour

Robert Silva elige, la mayoría de las veces, el camino más largo. Cuando terminó el liceo le planteó a su padre que quería mudarse de Tacuarembó a Montevideo para estudiar docencia. Su padre, con sensatez, le respondió que esa carrera la podía seguir desde su pago, sin necesidad de tal traslado. Por eso Robert buscó otra estrategia: estudió Derecho, le cumplió al viejo el sueño de "m’ hijo el dotor", y luego encaró para ser profesor.

Años más tarde, sus colegas docentes lo votaron para que los representara en el Codicen. Llegó siendo minoría, señalado por ser colorado —cuando el presidente Tabaré Vázquez no quiso incorporar a la oposición en los sillones de la Educación— y aun así se fue ganando, de a pasitos, el respeto de sus pares.

—Hace una semana se cumplieron los dos años desde que asumió como consejero del Codicen. ¿Qué balance hace de su labor?

—He logrado que se concretaran algunas cosas (como el Marco Curricular de Referencia Nacional), y en otras no se ha tenido suerte.

—¿Por ejemplo?

—Falta una transformación de la formación docente. Yo le llamo una política nacional docente, que tenga como centro al docente desde su formación inicial, su carrera y su capacitación permanente. Hemos tenido marchas y contramarchas en la elección de horas, en la posibilidad de que el docente se radique en un único centro. A esta altura del partido no creo que se pueda concretar. Si ya no se hizo hasta 2018, mucho menos ahora que empieza el clima electoral.

—Lucía Topolansky dijo que la creación de una Universidad de la Educación sería prioridad este año. ¿Esa no es una solución?

—La profesionalización de los docentes va más allá de una universidad. Este 2018 se cumplen diez años de un golpe letal a la formación docente. Se impuso un plan muy malo que quiso desterrar lo que se había logrado, basándose en ortodoxias y fundamentalismos. Sacaron la investigación, la radicación docente en el interior, los grados docentes, todo eso que ya tenían los centro regionales (CERP).

—¿Se opone a la Universidad de la Educación?

—No. Los docentes nos merecemos una universidad. Pero nuestra profesionalización no pasa solo por la universidad. ¿Qué política de docentes existe con las diferencias abismales que hay entre un maestro de escuela y un profesor de secundaria? Los propios docentes están reclamando más formación, más conocimiento de tecnología, en aprendizajes especiales.

—Entonces, ¿por qué votó en contra de los cambios de planes que este año propuso el Consejo de Formación?

—Voté contrario a la transformación de los maestros técnicos porque, la propuesta presentada, tenía problemas importantes. Estaba mal la estructuración del modelo, la conceptualización, no había convalidación, había problemas de evaluación. Si queremos cambiar la formación de maestros técnicos la tenemos que cambiar de verdad. No se puede seguir con planes en que la persona tiene que asistir a clase para cursar y, para peor, con excesivas cargas horarias. Además no debería existir asignaturismo exacerbado.

—¿Cómo un padre puede saber dónde están los buenos docentes?

—Lo dijo (José Pedro) Varela y lo dicen los estudios: el techo máximo de la calidad educativa está dado por sus docentes. Y cuando la comunidad está involucrada en las actividades del centro educativo, y hay consultas, e idas y vueltas, es cuando se nota el trabajo profesional. Eso se nota más en las escuelas de primaria. Estoy convencido que hay un factor que atenta contra que eso ocurra en los liceos: la movilidad e inestabilidad de los docentes.

—El colectivo Eduy21 sugiere que al menos el 40% de la planilla docente la elija cada centro. ¿Ese es el camino?

—Tiempo tienen las cosas. Si tenemos un sistema educativo que es absolutamente centralizado, que se basa en la antigüedad y obliga a los docentes a elegir las horas todos los años, no es posible un salto inmediato a lo que propone Eduy21. Sí es factible cambiar el sistema de elección, cambiar la supervisión, darles más herramientas a los cargos directivos. Los directores tendrían que poder informar sobre una minoría de docentes que no cumplen sus funciones y van en detrimento de aquellos que sí cumplen. Parece que da lo mismo ser un buen o un mal docente. Se asciende igual, se permanece en las listas igual y solo se privilegia la antigüedad.

—¿Sugiere que haya más premiación, como ocurre con el presentismo?

—Cuando lo creó Germán Rama, lo pensó en eso: reconocer a los que asisten. Hubo premiación por titulación, también. Hay que generar inventivos para los docentes que trabajan en contextos diferentes. No es lo mismo ser docente en Casavalle que en Malvín o Pocitos. No es lo mismo ser docente en una capital departamental que en una zona rural. Que se lo premie por la actividad adicional de planificación, coordinación, acompañamiento.

—¿Se llega al 6% del PIB?

—No creo. Sería un aumento demasiado importante, más teniendo en cuenta de que se aumenta este año y el próximo permanece igual.

—¿Afectará mucho?

—Recursos para la educación siempre son necesarios. Va a haber que cambiar las metas. En paralelo, tenemos que mejorar el manejo de nuestros recursos. A veces se dice: "se crearon 2.500 grupos más en educación media. Está buenísimo, pero esos 2.500 grupos no siempre se distribuyen bien. ¿Se justifican? Cada grupo cuesta, en promedio, $ 1.600.000 al año.

—¿Cambiar las metas por dinero no es una fachada porque, de todas formas, no se alcanzarán?

—Es la gran excusa. A partir de 2005 se pensó que la educación en Uruguay se cambia con dos cosas: más plata y una nueva ley de Educación. Sin embargo, llegar al 75% de egreso en bachillerato no se alcanzará con o sin el 6%; estamos en el 37% a solo dos años.

—¿Por qué no se llega a las metas?

—Hay que fortalecer el rol del Codicen, que es el titular de la ANEP. La política educativa la debe fijar la ANEP a través de su consejo central. Legalmente la autonomía es de la ANEP y no de los desconcentrados.

—¿Faltó ese rol o algunos de los integrantes de la ANEP no son competentes para el cargo que ocupan?

—Pienso que las dos. Ya he dicho que si pudiera tomar algunas decisiones, las tomaría.

—¿Cómo se lleva con Wilson Netto?

—Bien. Tenemos un respeto profesional mutuo, y a pesar de algunas diferencias nos llevamos bien.

—¿Los sindicatos son un palo en la rueda para las reformas?

—Pueden serlo si no están dispuestos a propuestas que generan miedos o rispideces. El Codicen tiene que tomar decisiones aunque no conforme a todos. En la ANEP no hay cogobierno entre el sindicato y las autoridades. El sindicato tiene su función, tiene el diálogo en una ley de negociación colectiva. Y punto.

—Si usted es parte del Codicen, ¿por qué no ha podido cambiar estos aspectos?

—Sin duda hay un tema de mayoría y minoría: soy uno en 19 (contando a los consejeros de los desconcentrados). El Codicen no tiene que sentarse solo a escuchar, tiene que dirigir, planificar, coordinar con los consejos.

—¿Cuál será su caballito de batalla en los próximos meses?

—Fortalecer los equipos de dirección de los centros. Tienen que ganar más, ser mejor valorados y formarse más. Además, seguiré con la idea de una reforma del estatuto docente que ya la presenté. Y, por último, pelearé por una política curricular que cambie la forma de enseñar: los planes, los programas. Nuestros propios alumnos nos dicen que no les damos lo que necesitan y, para peor, los evaluamos mal.

—Fuera de lo que usted propone, ¿se vienen cambios?

—El jueves después de Carnaval comienza el coloquio de inspectores de Primaria. Allí se discutirá la flexibilización de la promoción, la repetición por ciclos, elevar la edad de ingreso a primero de escuela a los seis años, entre otros asuntos. Primaria es el consejo que mejor está haciendo las cosas. Para empezar, tiene una gran virtud: reconoce los problemas que tienen los alumnos en los aprendizajes y está intentando desarrollar herramientas concretas.

—Aunque no existe el término, ¿es el ramista (seguidor de Ángel Rama) de la educación?

—Soy un orgulloso de haber trabajado en un período muy profesional de la educación. No soy ramista y mucho menos antiramista. Sí soy contrario al discurso fundamentalista, ese que ve fantasmas donde no los hay. Lo que hay que hacer ahora no es lo mismo que hizo Rama. Sí me quedo con el profesionalismo y la integralidad de aquella época. El gran impulso a la educación pública.

—Sin embargo manda a sus hijos al Elbio Fernández, un colegio privado...

—Mis hijos van a una institución de la que me siento orgulloso. Soy del interior, mi esposa también. Necesitábamos un centro educativo que los tuviera en un proceso de formación durante un horario extendido. Optamos por una formación laica que, además, es la única institución fundada por José Pedro Varela. Integré la Sociedad de Amigos de Educación Popular. Hacen mucho mal los discursos como los que han aparecido ahora.

—¿A qué discursos se refiere?

—Hace tanto mal lo que dijo la directora de Secundaria, Celsa Puente, que en una reunión de inspectores dijo que a ella la respalda directamente el presidente de la República; como las palabras del consejero Pablo Caggiani, de Primaria, que comparó que algunas propuestas (como el Jubilar o Impulso) son como la época de la dictadura, que son más caras cuando no lo son, que fomentan la desigualdad cuando dan oportunidades.

Una reforma "sin tintes políticos".

A Robert Silva es difícil encasillarlo. Es colorado e integró el Elbio Fernández. ¿Es masón? "No". Es batllista y Julio María Sanguinetti fue su padrino político. ¿Es de Peñarol? "No, de Tacuarembó". En el Codicen, ¿es opositor? "Tampoco".

¿Dejará el Codicen para hacer política?

No está en mis planes. Tengo una clara inhibición y la respeto a rajatabla, sobre todo porque estoy en el Consejo por el voto de los docentes de todos los partidos. Eso me costó mucho. Yo tuve que demostrar que no venía a poner palos en la rueda, a hacer oposición política, a filtrar información. Yo vine a trabajar por la educación y tuve que demostrarlo con hechos, con propuestas. No tengo pensando renunciar porque, directamente, no estoy ejerciendo la actividad política.

¿Según el Latinobarómetro, la educación ya no es el principal problema para los uruguayos. ¿Por qué?

Hay problemas que a la gente les afecta más directamente. La seguridad y la economía tienen un impacto más directo que la educación. Ojalá que la educación esté en el centro de la discusión. Uruguay está precisando una reforma educativa de verdad, sin tintes políticos.

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