HOSPITAL VILARDEBÓ

Pacientes judiciales salen del Vilardebó

Plan piloto funciona hace cuatro meses; exfutbolista que mató a su padre integra el programa.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Pacientes hicieron los mueble de la casa, restauraron los pisos y pintaron las paredes. Foto: F. Flores.

Los cuatro ingresaron al Hospital Vilardebó tras haber cometidos delitos de sangre. Todos son esquizofrénicos y asesinaron a un familiar. En el barrio de La Comercial, donde viven en una casa de medio camino —el paso previo a recobrar la libertad definitiva—, pasan desapercibidos. Algunos saben de dónde provienen y otros no. El mecánico de la cuadra, que sí sabe, los saluda a diario. Una vecina a veces los convida con torta cacera. Ellos van a tomar mate a una placita que queda cerca. El único que no siempre se camufla entre la gente es el exjugador de fútbol Jorge García, que vistió las casacas de Danubio y Cerro, y que hace dos años fue recluido en el centro psiquiátrico luego de matar a su padre.

"Esta es una libertad con apoyo. Y lo que se demuestra es que, con la medicación, hasta los pacientes más complejos pueden vivir en comunidad", señala a El País el director de la Salud Mental, Horacio Porciúncula. Está en el living de la casa. Mientras, los pacientes toman mate y se entreveran en la charla. Convidan con un jugo de pomelo. Cuentan sus historias. Todas tristes. Todas escalofriantes.

Ninguno de ellos sabía de su patología antes de los crímenes que cometieron. Y vivían vidas normales. José Luis, de 40 años, residía en Maldonado. Trabajaba en una carpintería y como "changa" se dedicaba a cortar el césped. Hace cinco años fue internado en el Vilardebó luego de matar a un familiar. Primero fue a una cárcel. Luego se descompensó. Recibió atención psiquiátrica, lo diagnosticaron y pasó a la sala 11 del Vilardebó, la de máxima seguridad —los cuatro pacientes ingresaron al centro de salud por esta sala. En el hospital aprendió tallado en madera, y es lo que más le gusta hacer ahora. Encontró una silla en una volqueta, la restauró y talló en el respaldo la cara de su padre. También hizo una mesa "con una Mariposa Traicionera, como la de la canción" para la banda Maná, que invitó a los cuatro pacientes al concierto que dieron días atrás.

La historia de Marcos es similar. Hoy tiene 25 años y llegó directamente al Vilardebó —no pasó por una cárcel— cuando tenía 18. Al momento del crimen vivía en Rivera. Hace tallado en mármol. "Hacía changas. Tenía un tío en campaña y trabajaba mucho en la época de esquila", explica. En tanto, Marcelo tiene, igual que José Luis, 40 años, pero se define "como el más viejo", no por la edad, sino porque es el que más tiempo estuvo encerrado en el Vilardebó: nueve años.

Hace cinco meses que los cuatro pacientes viven en la casa. Los jueces pusieron como condición que siempre estén acompañados por personal del Vilardebó. Aunque lo cierto es que permanecen en la casa sólo en las noches, durante el día están bastante ocupados. Se levantan a las siete. Desayunan. A las ocho ya pasa a buscarlos Selva Tabeira, la encargada del proyecto, y van al taller del Vilardebó, donde trabajan en tallado o serigrafía. Comen allí. Y llegan a la casa entre las cinco y las seis de la tarde. Es entonces cuando se ponen a limpiar. Cada uno se encarga de su habitación, que son independientes, y de algún otro sitio del hogar, que es bastante grande. Se turnan para cocinar. Y comen más o menos a la hora en que en la TV están los informativos. "A veces miramos una película o algo de deporte, y después nos acostamos", dice José Luis. No pueden salir solos de noche. Pero sus familiares pueden ir a visitarlos cuando quieran. La compañera y el hijo de Jorge García van casi a diario.

El exjugador hace poco que también volvió a entrenar. Por eso algunos días es el que llega más tarde. A eso de las nueve de la noche. En la casa también tienen aparatos para hacer gimnasia. Cuando juegan al fútbol se destaca. "Pero tampoco los bailo", asegura humilde. Se anotaron, con él en el equipo, para participar en un campeonato entre hospitales. "No quiero recuperar mi actividad como antes, eso ya está, pero sí divertirme, por eso entreno", cuenta.

Objetivo: cerrar psiquiátricos.

El objetivo final es cerrar los psiquiátricos. Pero las autoridades saben que esto llevará mucho, pero mucho tiempo. En la actualidad hay 825 pacientes internados en las colonias Etchepare y Santín Carlos Rossi, y 320 en el Hospital Vilardebó. Las casas de medio camino son la salida que el departamento de Salud Mental de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) encuentra para cumplir con este plan.

Hoy por hoy existen seis casas de medio camino, una en Lavalleja, otra en Treinta y Tres y cuatro en Montevideo. La del barrio La Comercial es la única en la que residen pacientes judiciales. Fue abierta hace cinco meses y "no hubo en este tiempo ningún problema", sostuvo a El País la encargada del proyecto, que lleva por nombre Trébol, Selva Tabeira. El plan cuenta con el aval de los jueces, que llevan a cabo un control semanal.

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