desde adentro de la MOVILIZACIÓN

Las nietas de "aquellas brujas" volvieron a marchar

“Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar”, dice el cartel. Lo levanta una chica a todo lo que dan sus brazos, lo hace con orgullo y una sonrisa que le cruza el rostro.

Miles marchan en 18 de Julio por el Día Internacional de la Mujer. Foto: Darwin Borrelli
Miles marchan en 18 de Julio por el Día Internacional de la Mujer. Foto: Darwin Borrelli

Hay decenas, tal vez cientos de carteles hechos con trozos de cartulina, pintados en el reverso de cartones. En medio de la gruesa columna de personas, en su amplia mayoría mujeres, nadie mira con rechazo a los varones que acompañan.

Todas siguen el repiqueteo de los tambores, una nutrida cuerda femenina que se convierte en el motor de la marcha.

La consigna escrita en el cartel y a veces coreada por las manifestantes no es un mero capricho. Alude a uno de los episodios más trágicos de la historia colonial norteamericana, los tristemente célebre juicios de Salem, celebrados en tres condados de lo que hoy se conoce como el estado de Massachussets, Estados Unidos, entre 1692 y 1693.

Entre 150 y 200 personas fueron acusadas de brujería, en su mayoría mujeres. Una veintena, dos tercios de ella mujeres, murieron en la horca. El fanatismo religioso imperante acusaba a las mujeres de haber despertado “la ira de Dios”.

Este 8 de marzo estuvo teñido por la sombra de otro feminicidio a pocas horas de la marcha. El caso ocurrido en Salto dejó dos víctimas fatales, la mujer atacada por su expareja y uno de los policías que la custodiaba. Esta sombra sobrevoló la marcha desde el principio.

“Esto es la demostración palmaria de que las instituciones funcionan mal, la protección no está funcionando”, dice Teresa Herrera, la presidenta de la Red Uruguaya Contra la Violencia Doméstica y el Abuso Sexual.

Tanto Teresa como las compañeras junto a las que carga la pancarta preferirían haber llegado a la marcha con la alegría de un día de reivindicación por la igualdad. Pero nuevamente la realidad impuso su compás macabro.

“Si seguimos haciendo de la protección de las víctimas una mera cuestión de empleado público y nada más, sin coordinar entre las instituciones que están involucradas, estamos en el horno”, reflexiona Teresa.

“Y esto pasó de noche, lo que confirma que después de las ocho de la noche si te pasa algo, suerte en pila”, agrega con amargura.

Hay jóvenes, muchas, pero también hay mujeres muy mayores. “Vendría aunque fuera de rodillas”, dice Alma, que tiene 76 años y vive en el Cerro. Canta en un coro del centro para adultos mayores en el que pasa sus días. En medio del jolgorio pone a prueba sus cuerdas vocales y entona el Avemaría.

Hay muchas mujeres, sí, pero también muchos varones. Algunos también con canas y años de sindicato como Juan Casares, un veterano miembro del Centro Obrero Alpargatas, la antigua fábrica que dejó su marca en el folclore local.

Lleva en alto una reproducción ampliada del sello conmemorativo en honor a Jorgelina Núñez, legendaria fundadora del Centro Obrero Alpargatas, la primera mujer de relevancia en un medio totalmente masculino como aquél a fines de la década de 1950. En la marcha había un modesto espacio para su memoria.

Otro cartel lleva los nombres de las 15 víctimas (fallecidas y agredidas)  que lleva 2018. Cada nombre escrito en rojo. Y también hay víctimas, muchas de las que debieron escapar de sus calvarios con la ayuda de la red de organizaciones, públicas y privadas, y ahora marchan por la igualdad e inundan 18.

Son las nietas, las hijas, las hermanas, las esposas, las madres, las abuelas. Están todas y otra vez son miles. Como Alma, que sabe que mañana sentirá dolores en todo el cuerpo. Pero igual estuvo allí.

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