Ayer murió en París la actriz Carmen Avila, una uruguaya de luminosa carrera teatral sobre la cual habrá mañana en la Sección Espectáculos una nota más extensa. Corresponde sin embargo señalar que esa actriz, nacida en Montevideo en 1920 como Carmen Rodríguez Larreta, tuvo su aureola personal y su prestigio en dos décadas de actividad artística que abarcó sucesivas etapas en Club de Teatro, Compañía Avila-Martínez Mieres y Teatro de la Ciudad de Montevideo, a través de las cuales supo exhibir una elegancia superior para la comedia (Presentación en sociedad, La parisienne) y un poderío expresivo para el drama (Hermanos Karamazov, La presencia invisible). Pero al margen de esos dones, y de una alianza escénica de toda la vida con su hermano Antonio Larreta, Carmucha fue en la vida un ejemplar de irresistible encanto personal, privilegio del que disfrutó su familia y compartieron sus viejos amigos que ahora, a la distancia, recuperan la memoria de un pasado tan rico, tan generoso y por último tan imborrable.