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El miedo bajó a la playa

La playa, ese paseo barato que disfrutamos todos, está dejando de ser un lugar democrático y de a poco expulsa a quienes quieren disfrutarlo sanamente. El problema parece sencillo de resolver con más presencia y acción de uniformados y, sin embargo, se agrava con cada puesta del sol.

Hace calor en Montevideo, pero en la playa sopla un aire fresco y el mar está claro. Los niños disfrutan cargando sus baldes de agua y corriendo a la orilla, mientras los adultos conversan en las reposeras. A un par de metros, un grupo de hombres de entre 20 y 35 años juegan al fútbol. No se conocen; los cuadros se armaron allí mismo para el clásico “picadito” en la arena. Uno de los jugadores se luce y le hace un “caño” a otro.

Este, irritado, agarra una botella de cerveza que hay allí cerca, la parte de un golpe contra el suelo y retiene el pico cortante. Luego camina hacia el talentoso que osó burlarlo, se lo entierra en el medio del tórax y lo levanta hasta el esternón. Por si acaso, finalmente le clava la botella devenida en arma en el cuello a su contrincante.

Esto sucedió en la tardecita del sábado 3 de enero en la playa Pocitos, a la altura de la calle Buxareo. El País reconstruyó la situación en base a testimonios de varios testigos y otros que se enteraron de lo sucedido. No es cosa de todos los días, pero cada vez es más frecuente que una diferencia en la playa capitalina se transforme en riña y que esta termine con heridos y ambulancias en medio de familias, niños, baldes y palitas.
La vigilancia de la costa le corresponde a la Prefectura Nacional Naval, uno de los grandes mandos de la Armada.


En verano las playas de Montevideo son una extensión de lo que sucede en la ciudad, opina Gastón Jaunsolo, jefe de relaciones públicas de la Armada. Para él, son los mismos “problemas de convivencia y faltas de respeto” que se dan en la calle o en cualquier otro lugar urbano. Lo mismo corre para los hurtos y las rapiñas.

Los guardavidas, en cambio, aseguran que ir a la playa hoy es mucho más peligroso que ir a una plaza pública. El riesgo mayor se corre sobre todo sábados, domingos y feriados, entre las 17 y las 20 horas. Ellos hablan de su lugar de trabajo como “una selva” y “tierra de nadie”. “Bajan de a 10 o 15, molestan, tiran arena, nos ‘pulsean’ a nosotros, bajan con las motos prendidas. Nadie les dice nada. Son los dueños de la playa y tienen una impunidad total”, describió a El País uno de los que trabaja en la paya Pocitos.

Jaunsolo maneja cifras que revelan una disminución de las “intervenciones” de los marineros a nivel nacional lo que, según él, refleja una baja en los delitos. En 2013 hubo 120, en 2014 fueron 97, y en lo que va de este verano han sido 33. “Se ha logrado mitigar con mucha presencia y agudizando los sentidos. Enseñamos a nuestra gente a reconocer situaciones potenciales de delito”, destacó. Las “intervenciones” son la respuesta de la Prefectura ante hurtos, rapiñas, riñas, incautación de estupefacientes o de vehículos no autorizados en la playa.
Los guardavidas de Pocitos no perciben esa mejoría, pero sí notan que la presencia de marineros de playa está menguada este año. De todas formas, le quitan trascendencia al rol que cumplen. “Sinceramente, no me siento protegido por ellos”, afirmó uno.

Ponen en duda su autoridad moral, porque si bien tienen la potestad de detener individuos, solo llevan las esposas y la tonfa (el palo). Los guardavidas consideran que los marineros de playa no están lo suficientemente preparados como para “lidiar” con el público que alborota las playas. Dicen que se ausentan en los peores momentos y que no caminan “en actitud proactiva”.

“Lo que falta es presencia policial o militar disuasiva. Y si es posible, armados. Vestidos de particular no disuaden y, con todo respeto, los marineros solo con un palo tampoco. Se necesita presencia a la vista, y de oficiales de verdad”, dijo uno de ellos.

Lea la nota completa en la edición papel de El País

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