Metáforas de las ciudades y los viajeros

| Pasaportes literarios sobre ciudades que operan como musas. Un cubano, un francés y un veneciano arman sus maletas incansables

Por Ramón Mérica

La combinación es incambiable: curiosidad libérrima, ojos muy abiertos, preparación culta y sensible para lo que vendrá: sin ese tríptico, es muy difícil que un viajero convoque al asombro o a la reflexión que requiere el encuentro con un micro o macrocosmos donde no ha nacido, que no le pertenece, y que por alguna razón fue a buscar. tanto da que ese encuentro se produzca con Brujas u Ouro Preto, Londres o Calcuta, Praga o Cartagena de Indias: es imprescindible padecer osteoporosis sensible a todos los estímulos exteriores y recién después procesar datos, sensaciones, nombres, perfumes, fechas, comidas y árboles de ese sitio en el que el viajante se siente como tal.

Los más bellos libros de viajes han sido gestados con esos condimentos insustituibles, pero también conviene recordar que los superlativos relatos o notas sobre ciudades han sido engendrados por gente un poco más que curiosa: Lord Byron (que vio Venecia como pocos, igual que Ruskin), George Sand, Marcel Proust, Charles Dickens, Robert Graves, Marguerite Yourcenar, Pablo Neruda, el matrimonio Sartre-de Beauvoir, Borges, entre otros muchos olvidos. Ni hablar de los que usaron el lenguaje de la pintura o de la imagen, como Turner o Visconti con la Serenísima.

OJOS MUY ABIERTOS. El azar —la buena suerte— ha querido que sobre la mesa de trabajo de Veredas hayan llegado tres libros que son otras tantas apelaciones al gusto de viajar, de enfrentarse con mundos ajenos y/o remotos. Aunque su procedencia, sus épocas y sus autores son absolutamente inconexos, trata de tres señores que se han reunido por algunas noches sobre un escritorio montevideano y que probablemente no se volverán a encontrar. Por lo menos uno de ellos, que murió en París en 1956 y jamás pudo saber del nacimiento de otro en Venecia en 1963. Del tercero, un cubano de 1929 y vivo, no se puede estimar si algún día no conocerá al tercero en discordia y juntos puedan derribar una cerveza en el Harry’s.

A pesar de las distancias generacionales, geográficas y epocales, tanto el francés Henri Calet (París, 1904), como el cubano Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 1929) como el veneciano Tiziano Scarpa (1963) permiten, cada uno a su manera, dejar ver las patas de la sota de una pasión: conocer y desentrañar los vericuetos de una ciudad, algo muy vasto en el cubano, que habla de muchas ciudades, especialmente de Londres, donde ha vivido tantos años. Es más constreñido el fervor del veneciano por su ciudad, su cuna divina. El francés, por su lado se ocupa del Montevideo de los años Treinta. En todos los casos, el asombro personal se traslada al lector, por distintas razones, y salta de página en página, como reclamaba Macedonio Fernández, como si el acto de narrar debiera parecerse a una langosta que no deja lugar al aburrimiento.

****

• El gran viaje. (Un grand voyage). Henri Calet. Novela. Ediciones Trilce para la versión en español. Traducción: Mariana Vlahussich. Gallimard, 1952. Publicada con el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia y el Servicio Cultural de la Embajada de Francia en Uruguay, 175 págs. Montevideo, 2002.

• El libro de las ciudades. Guillermo Cabrera Infante. Alfaguara, Madrid, 1999, 268 págs.

• Venezia è un pesce. Una guida. Tiziano Scarpa. Feltrinelli, Editore, Milán, 2000. 127 págs.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar