La gente deja caer billetes de un dólar; monedas de 25 centavos… incluso nickels (de uno). Los viajeros aportan lo que pueden o quieren a uno más de los muchos músicos callejeros que pueblan el suburbano de la capital de Estados Unidos.
Nadie sabe que el sonido que escuchan proviene de un violín Stradivarius de 1713, valorado en cerca de dos millones y medio de euros. Nadie sabe que quien toca la composición de la Partita número 2 en re menor de Johann Sebastian Bach es uno de los mejores violinistas del mundo.
¿Qué está pasando? ¿Qué hace Joshua Bell, desprovisto de esmoquin, ataviado con vaqueros, camiseta de algodón y gorra de béisbol de los Nationals a la entrada del metro de L`Enfant Plaza, en pleno corazón gubernamental de Washington? ¿Acaso el niño prodigio que a los cuatro años colocaba gomas en los tiradores de los cajones y creaba melodías con ellas al abrirlos y cerrarlos ha caído en desgracia? ¿No había colgado Bell el cartel de "no hay entradas (de a 100 euros)" a principios de año en el Boston Symphony Hall? ¿Es este el músico de 39 años que hoy recogerá en el Lincoln Center de Nueva York el prestigioso premio Avery Fisher? Lo es. Y amablemente se prestó al experimento realizado el pasado 12 de enero por el diario The Washington Post, que un día se hizo esta pregunta: ¿Pasaría desapercibido uno de los mejores violinistas del país tocando en plena hora pico en el metro de Washington? La respuesta ha sido algo triste: sí.
ignorancia. La experiencia contradijo a Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de EE.UU, quien aseguró que el músico recaudaría unos 150 dólares y que, de 1.000 personas, al menos 35 se detendrían formando un corrillo, absortas por la belleza de la música. Hasta un centenar, según Slatkin, echaría dinero en la funda del violín.
Nada de eso pasó. Bell interpretó piezas maestras incontestables durante 43 minutos (la composición de Bach está considerada por los expertos como una de las partituras para violín más difícil de interpretar; muchos lo han intentado; pocos lo han conseguido; es agotadoramente larga: 14 minutos.
Durante los casi tres cuartos de hora de improvisado concierto, 1.070 personas pasaron por delante de él, según calculó el Post. De ellas, tan sólo 27 le dieron dinero, la gran mayoría sin ni siquiera pararse, mientras tomaban café o hablaban por sus teléfonos móviles.
En total, Bell ganó 32 dólares. No se corrió la voz. Tan sólo una mujer lo reconoció (aportó otros 20 dólares a la caja, pero no se contabilizaron porque ella "sí" sabía quien era Bell). "No está tan mal", bromea el violinista, "casi 40 dólares la hora... ¡podría vivir de esto!"
Bell aseguraba ayer en el diario estadounidense que la sensación más extraña era que al final de cada pieza no pasaba "nada". Nada. Nadie aplaudía. Nadie le reconocía la belleza que extraía de su violín. "La gente me estaba... ignorando".
Nadie paró a escucharlo
Joshua Bell tocó el violín en la estación de metro "L`Enfant Plaza", en Washington, como parte de un experimento realizado por el periódico Washington Post.
Durante 43 minutos, el famoso músico ejecutó reconocidas obras maestras con un Stradivarius de 1713, valorado en alrededor de dos millones de dólares.
Pasaron ante él 1.070 personas, de las cuales sólo 27 le dieron dinero, la mayoría sin detener su marcha.
En total, uno de los mejores violinistas del mundo logró recaudar unos 32 dólares en ese rato.
Las conclusiones de expertos citados por el diario aseguran que el contexto influye, y que una estación de metro en hora pico no permite que la gente aprecie la belleza.
(EL PAIS DE MADRID Y AGENCIAS)