HORROR SIN LÍMITES

Un infierno que duró seis años

La secuestraron, esclavizaron, prostituyeron y quisieron venderle los hijos.

La familia de la joven negó que la entregó a la mujer hoy detenida. Foto: Francisco Flores
La familia de la joven negó que la entregó a la mujer hoy detenida. Foto: Francisco Flores

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Lo que vivió María durante seis años es similar al cuento de Cenicienta, pero no es un cuento, sino la más pura realidad.

Trabajó de sol a sol, fue golpeada y recibía un plato de comida al día. Pero la mujer que se apoderó de María era más cruel, calculadora, fría y ambiciosa que la madrastra de la película de Disney. Sacó a María de su casa sin la anuencia de su familia, la esclavizó, la prostituyó y luego le dejó entrever que vendería a sus dos hijos.

María -nombre ficticio- vivió hasta los 15 años en una casa rodeada de carencias en Villa Alegría, un barrio ubicado a la altura del kilómetro 26,600 de la Ruta 5 vieja (Progreso).

La casa tiene una vereda de pasto, una puerta tapiada con bloques y cemento y una fachada de ladrillos y es obvio que le falta mantenimiento desde hace tiempo. Dada la cantidad de personas que salieron ayer a hablar con el cronista, viven allí, por lo menos, dos familias.

La madre de María, Margarita García, tiene problemas auditivos y, por ello es dificultoso entenderla. Logra hacerse comprender repitiendo varias veces las mismas frases: “Se llevaron a mi hija de mi casa y le dieron palo. La maltrataron mucho”.

Margarita invita al cronista a acompañarla hasta la entrada de su casa. Llama a su cuñado.

“No es cierto que la dejamos ir. La vecina -cuyas iniciales son S.A.- la invitó a ir un día a su casa y nunca más la trajo. Cada vez que le preguntábamos por la chica, nos decía: “Mañana la traigo”, dice el tío de la víctima, Isidro Cardozo, a El País.

La mujer acusada de los abusos tiene un almacén; no es querida por los vecinos. Foto: Francisco Flores
La mujer acusada de los abusos tiene un almacén; no es querida por los vecinos. Foto: Francisco Flores

Luego de llevarse a María, S.A. y su familia la trasladaron a una chacra ubicada en Canelón Chico. La pareja de S.A. trabaja en una viña. El propietario de la viña y de una conocida bodega de la zona le dio la casa para vivir, algo usual en las chacras de Canelones.

El caserón, con paredes pintadas de blanco o de amarillo sucio, está en el centro de la plantación. Para llegar a él hay que recorrer medio kilómetro a través de un camino rodeado de viñas y plantas de tomate enrolladas en tacuaras. El barro negro amenaza en algunos cruces. De tanto en tanto, se ven tirados al costado del camino viejos neumáticos de tractores. Y decenas de cajones de plástico para cargar uvas tirados como tanques destruidos al finalizar una batalla. Es que la vendimia terminó ayer.

Al costado del caserón, hay un galpón lleno de cajones de madera. Debajo de un paraíso monta guardia un perro que ni sacude la cola al acercarse los visitantes.

Según el bodeguero, el matrimonio y sus hijos llegaron a la casa en 2013 o 2014. Al poco tiempo, se transformaron en un problema para el empresario.

La Policía irrumpió en el lugar tras descubrir macetas con 32 plantines de marihuana. La Justicia de Las Piedras ordenó su confiscación y el caso terminó sin consecuencias penales para S.A. y su pareja.

Un testigo clave para la Justicia es un empleado de la plantación. “Llegaron a vivir hasta 25 personas en la casa. Eran amigos del matrimonio que vinieron de Paso de los Toros. Algunos vinieron a trabajar y luego se quedaron ahí”, explican.

La casa donde vivió la joven con una familia que la explotó hasta el hartazgo. Foto: Francisco Flores
La casa donde vivió la joven con una familia que la explotó hasta el hartazgo. Foto: Francisco Flores

Según la Fiscalía, S.A. comenzó a recibir dinero de empleados del establecimiento a cambio de mantener relaciones con María -entonces menor de edad-. “Así fue como esta quedó embarazada de dos niños cuya paternidad no se conoce todavía”, sostiene el dictamen de la fiscalía.

El testigo afirma que nunca vio a la joven prostituirse. Sí que la vio descalza, con poca ropa pese a que era invierno. “Ella la golpeaba a toda hora. Eso también vi. La pobre gurisa tenía marcas por todos lados”, dice el agricultor.

La actitud de S.A. no agradaba a nadie. Era pendenciera. Siempre salía acompañada por hombres que estaban en la casa como forma de evitar represalias de vecinos. En 2017, alguien no aguantó más. Llamó a “Línea Azul” del INAU y denunció el abuso. Nada pasó, según la tía del denunciante. Al año siguiente, la tía también denunció. “Hicimos denuncias a la Línea Azul. Daba lástima cómo se veía a la chica. Venían del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y les daban canastas. Pero ella precisaba atención”, dice a El País.

S.A. y una de sus hijas se encuentran en prisión preventiva.

Enojo

Villa Alegría es un barrio de trabajadores, de casas construidas con bloques, a puro esfuerzo. La mayoría de las calles son de balasto. A media cuadra donde vive la familia de María, se encuentra la casa de S.A. y sus hijos.
Todos los vecinos sabían lo qué ocurría en la casa. Pero nadie denunció porque la Policía pregunta si tienen pruebas, o por temor a represalias.

En el barrio también sabían que S.A. obligaba a la joven a prostituirse en las afueras de la ciudad de La Paz, frente a una conocida fábrica. Y le quitaba el dinero de la recaudación.

Hoy los hijos de María tienen cuatro y dos años. Van a una escuela de Progreso.

“El caso no estaba oculto en Canelón Chico”, dice un empresario de la zona a El País que vivió muy cerca el problema de la joven. Y explica. “Es cierto que duró muchos años. Pero nadie investigó qué pasaba cuando una menor de edad apareció embarazada en condiciones sociales deplorables. Ella trató de escapar de la familia cuando le quisieron vender a los niños”.

Ese infierno duró seis años.

MÁS

Una pesadilla que pudo terminar peor

En agosto de 2018, María -nombre ficticio- ejercía la prostitución obligada por S.A. Con ayuda de un cliente, logró escapar de la casa de las hoy acusadas. Llegó así, junto a sus hijos, descalzos, sin pañales, ni abrigo, a la casa de una prima dice el dictamen de la Fiscalía. Al día siguiente, las dos imputadas la encontraron, ingresaron a la finca, tomaron a los niños y pretendieron retirarse con estos. Familiares de la dueña de casa y vecinos, luego de forcejeos y escándalo, los recuperaron y los entregaron a María.

El 21 de agosto de ese año, los niños fueron inscriptos en un CAIF. Una maestra y una psicóloga del centro, al ver su estado y conocer sus vivencias, denunciaron la situación. Intervino Policía Comunitaria y se dio inicio al Protocolo de Protección a las Víctimas, dice el documento publicado esta semana en la web de la Fiscalía de Corte. Las pericias y los informes del Servicio de Atención a Mujeres en situación de Trata y Explotación Sexual del Mides establecen que la joven presenta baja autoestima, amnesia disociativa como mecanismo de sobrevivencia, heteroagresividad y naturalización de la violencia como forma de relacionarse. Las pericias concluyeron que la víctima fue engañada por S.A.: “Me endulzó, me decía quedate con nosotros, jugás con las gurisas”, contó.

Una zona de viñas pujante en shock por el caso

En la mañana de ayer viernes, en los almacenes y bares de Canelón Chico no se hablaba de otro tema. El caso de la joven secuestrada y prostituida impactó en esa zona de agricultores.

En un bar ubicado sobre la Ruta 32, un empresario señaló que no solo vecinos habían denunciado la situación a la Línea Azul del INAU. “También una directora de la escuela de la zona presentó una denuncia a la Seccional de Progreso. Un policía vino a la casa de S.A., habló con la joven y esta negó que fuera golpeada”, relató el empresario. Canelón Chico es una zona pujante. Al costado de la ruta se intercalan granjas con casas modernas, tractores con autos nuevos. En la ruta es común observar una pequeña cosechadora circular de una granja a otra. Muchos pobladores residen en forma permanente en la zona.

Vecina: “Esta no es la primera vez que esclaviza a una joven”

En Villa Alegría, un pequeño barrio ubicado a unos kilómetros de Progreso, todo el mundo sabe lo que ocurría en la casa de la esquina donde funciona un pequeño almacén. Antes que María -nombre ficticio- fuera esclavizada, otra joven sufrió el mismo calvario. Los vecinos aún la recuerdan lavando todo el día a mano decenas de pañales, porque la hoy detenida tiene más de una decena de hijos. “A esa mujer no le gusta trabajar. Entonces busca a personas con carencias para aprovecharse de ellas y hacerlas trabajar”, relata una vecina que llegó a Villa Alegría hace 30 años. “¿Qué pasó con esa chica?”, es la pregunta obvia del cronista. La vecina respondió: “La tiene un viejo. Está bastante bien. La vi comprando en una tienda con sus hijos”.

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