MAESTRO, ESCRITOR, CUENTISTA, LEXICÓGRAFO Y POETA

José Ma. Obaldía: "El magisterio es una recompensa de por vida"

“Todos necesitamos que nos cuenten un cuento”, afirma a sus 91 años.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Hoy está escribiendo los recuerdo e historias que atesora de su larga vivencia. Foto: M. Bonjour

Tal vez no sea casualidad que el maestro José María Obaldía ocupe, desde 1995, el sillón José Enrique Rodó de la Academia Nacional de Letras. "Rodó es mi amigo, fue un compañero de los años que ejercí como maestro", dice con una sonrisa este hombre de hablar sereno y prosa cautivante. A sus 91 años, Obaldía acaba de ser homenajeado por la Intendencia de Treinta y Tres, que publicó una antología de sus poesías. Maestro, escritor, cuentista, lexicógrafo y, obviamente, poeta, Obaldía nació en 1925 en Treinta y Tres. Un cuarto de siglo más tarde, en 1950, se afincó en Montevideo.

En su apartamento de la avenida Agraciada, casi enfrente a la plaza Joaquín Suárez, recibió a El País con su característica bonhomía y extraordinaria lucidez. Vive con su esposa, Elsa Miraballes, a quien conoció en Treinta y Tres. Los primeros dragoneos se dieron en el pago natal de ambos y se tradujeron en esponsales en 1954 en Montevideo, en la iglesia de San Carlos de Borromeo. Cinco años más tarde, nació María Inés la única hija de la pareja. Llevan 62 años de casados y ese árbol, además de una hija periodista y comunicadora de nota, les dio un nieto, Joaquín, que acaba de recibirse de arquitecto. Don Obaldía y doña Elsa, no ocultan su devoción por el flamante profesional.

En 2015, Obaldía, cumplió 90 y dio por cerrada su etapa de escritor. Tenía más de doce libros publicados, de poesía y prosa. Varios de sus poemas se convirtieron en canciones que interpretaron Los Olimareños. Un año después, la iniciativa del intendente de Treinta y Tres Dardo Sánchez, le hizo rever su decisión. Hoy está escribiendo las historias, recuerdos y conversaciones que atesora en su mente. "No se crea que es una autobiografía o un libro de memorias", advierte y como el gran narrador oral que es, se niega a que las mil historias que escuchó, protagonizó o el mismo contó, se pierdan.

Tardío y brillante.

Obaldía concurrió al Liceo en Treinta y Tres cuando tenía 20 años. Sentía vergüenza por la diferencia de edad con sus compañeros. Fue así que se concentró en el estudio. Al terminar cuarto año y por sus brillantes calificaciones, el director le comunicó que había ganado una beca para continuar sus estudios en Montevideo. Entonces quería ser médico. Con los $ 30 mensuales que le otorgaba la beca, desembarcó en la capital. "Era mucha plata", recuerda hoy y le alcanzaba para mantenerse y ayudar a su madre.

Como durante seis meses no le dieran la mensualidad, cuando le pagaron el dinero atrasado cobró $ 180. "Con esa plata, le compré una cocina Volcán a mi madre, un reloj Águila en la joyería París y todavía me sobró para el tabaco de todo un mes".

Le quedaba una sola materia (Química) para terminar Preparatorios, y le comunicaron que la beca se terminaba. Se dio cuenta entonces que no podría estudiar Medicina y trabajar simultáneamente. Decidió estudiar Magisterio. No sentía la vocación, pero lo alentaba la posibilidad de lograr en tres o cuatro años la estabilidad laboral.

Consiguió trabajo en el hipódromo de Las Piedras, vendiendo boletos. Los jueves había carreras y la directora del Instituto, Anunciación Masella de Bevilacqua, le permitió faltar a clase y compensarlas los sábados de mañana.

Hizo su práctica en la escuela España. Llegó el día de dar la lección ante la maestra titular, la directora y la inspectora. El tema fue una lectura comentada. Obaldía eligió Las carretas de Morosoli y allí no solo desmenuzó el texto sino que condimentó el examen con todo aquello que había escuchado y vivido en su infancia, cuando el campo y los carreros estaban a solo a cinco cuadras de la plaza principal de Treinta y Tres. También matizó con las enseñanzas de Juan Pérez, un carrero amigo que tenía una carreta de bueyes. Sacó sobresaliente, y descubrió que tenía vocación de docente.

Magisterio.

Ya como maestro titular (siempre dio clases en 6° año), recibió la primera inspección. Echó mano a El vendedor de pájaros de Morosoli. Al término de la clase, la inspectora Alondra Bailey de Algazzi quedó embelesada y le dijo que desconocía los poemas de Morosoli. "Escribió pocos, pero muy lindos", respondió. Obtuvo la máxima calificación.

Ejerció el magisterio durante 23 años consecutivos, en escuelas públicas, incluyendo la Dirección en una de ellas.

En sus clases reinaba siempre un clima distendido, donde nunca faltaban las parábolas de Rodó y las historias de su infancia. Quizá allí estaba el secreto de la comunicación que lograba con sus alumnos. El día que les contó que tuvo una niñez sin Coca Cola, porque no existía, vio en la cara de sus alumnos una expresión de conmiseración. "¿Y qué tomaba?", le preguntaron. "Refrescos caseros de café y vinagre", contestó él y les dio la receta. Los viernes, las clases de Obaldía se extendían fuera de hora en el patio. Se hacía ronda para escuchar sus historias de Treinta y Tres.

En 1978, lo destituyeron. Nunca supo la razón, ya que no había militado en política. Se jubiló y dos amigos, que habían puesto una editorial, le propusieron que escribiera esas historias que acostumbraba a contar. Así nació su primer libro: Veinte mentiras verdaderas. Hoy es un clásico de la literatura uruguaya.

Cuando se le pregunta dónde nacieron esas historias, responde: "vinieron con las carabelas de los conquistadores y se expandieron por toda América".

Los pagos de obaldia.

Poco después, ganó el primer premio de un concurso, en la categoría infantil, convocado por el diario El Día. De allí a la radio, hubo un paso. Desde la vieja Sarandí, la doctora María Eloísa Galarreguy, conductora de la legendaria Revista Sarandí, lo invitó para una entrevista. El suceso fue tal que se quedó años. El espacio se llamaba "Por los pagos de Obaldía" y en él, don José María contaba sus historias.

"Los pequeños pueblos repiten, en chico, la evolución de la humanidad", comenta.

Los oyentes lo seguían con fidelidad pocas veces vista. Llegó a dar, una tarde de lluvia, su receta para hacer tortas fritas.

La génesis de ese manantial de historias se encuentra en Treinta y Tres. Evoca que en invierno se reunían en la casa a las 6 de la tarde, cuando oscurecía, y de allí hasta la cena —que se servía a las 9 de la noche—, los adultos contaban historias y los niños escuchaban.

Al primer libro le siguió El habla del pago, una investigación en la que descubrió que en Treinta y Tres se manejaba un lenguaje específico. Su sorpresa fue mayor cuando vio que en el glosario de la edición de la Real Academia Española por el IV centenario de El Quijote, aparecen muchos de esas palabras.

No se lleva bien con la tecnología. Solo maneja lo básico, y para socorrerlo siempre está su nieto Joaquín. "¿Cómo pueden decirme que abra una ventana en una pantalla? Para mí una ventana es otra cosa", dice y se ríe.

A contrapelo de la mayoría de los uruguayos, la nostalgia nunca anidó en él. Evoca con alegría su infancia en Treinta y Tres. "Siempre que puedo vuelvo" y cuando se le pregunta por el éxito de sus narraciones orales dice: "Todos deseamos y necesitamos que nos cuenten un cuento".

Es también un agradecido a la vida y no oculta su felicidad cuando aún hoy algún ex alumno lo reconoce. "El magisterio es una recompensa de por vida", afirma.

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