Milvana Salomone declaró en el juzgado penal que su secuestro fue “casual”

"No hay nadie tan enojado como para hacerme esto"

Fue horrible lo que viví, pero pudo haber sido peor". Así resumió los 29 días de cautiverio la médica Milvana Salomone ante la jueza Dolores Sánchez y la fiscal María Camiño, apenas fue liberada el martes 16, hace hoy una semana.

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El hermano de Milvana, Pablo acompañó la acompañó a su domicilio. Foto: M. Bonjour

—Jueza Sánchez: Mirando hacia atrás, ¿piensa que alguna persona le quisiera hacer esto?

—Milvana: Lo pensé. Pero no hay ninguna persona tan enojada como para hacerme eso. En mi familia tampoco. En el entorno de mi hermano, no creo. La interna de los caballos no la sé. En su caso hubiera sido con sus hijos o mujer.

El crudo relato de Salomone asusta. En dos oportunidades temió por su vida: la primera fue minutos después que la secuestran a punta de pistola frente a su casa y a pocas cuadras donde 50 policías se enfrentaban a un grupo de hinchas violentos luego del partido clásico del 17 de mayo. La segunda después de su liberación.

En el expediente judicial, al que tuvo acceso El País, Milvana narró durante 35 minutos el drama que debió enfrentar.

La médica estuvo en la ciudad de Florida el sábado 16 y el domingo 17 de mayo hasta su secuestro, cuidando a su madre que sufría una enfermedad terminal. Se dirigió a la estación de servicios sobre la ruta 5. Tras cargar nafta y comprar golosinas, avisó por mensaje de texto a su esposo, Germán Alvarez: "Saliendo" a Montevideo. Luego de pasar por su casa en la zona de Parque Batlle, iba a ir a darle el alta a una paciente internado en una mutualista.

El domingo 17, Milvana vio a los policías y a los hinchas en la esquina de Rafael Pastoriza y Capitán Videla luego del partido. Dio vuelta a la manzana y estacionó frente a su casa. No ingresó al garaje porque pensaba cambiarse e ir a la mutualista.

Observó hacia su casa y vio la luz encendida. También percibió la sombra de su marido y de su hijo dentro de la casa.

"Me voy para atrás de la camioneta. Veo dos figuras que se van aproximando con canguros. Tuve la intuición que algo me iba a pasar", expresó.

Milvana no dudó. No se dirigió a su casa. Giró el cuerpo e intentó entrar otra vez a la camioneta Kia Sportage.

"Me dije: No voy a entrar a casa porque están mi hijo y mi marido", testificó.

Salomone dio dos pasos. Los dos individuos, que vestían canguros y no se les veía las caras, se le vinieron encima. De repente, vio un revólver que la apuntaba al pecho. La médica se quedó "tiesa" pese a que estaba acostumbrada a ver armas de sus abuelos.

En ese primer instante, Milvana intentó negociar. Le propuso a los secuestradores que se llevaran la camioneta, celulares y dinero.

Rápidamente, los delincuentes la subieron al asiento trasero de la Kia Sportage. Como era automática, no sabían cómo manejarla.

"La camioneta empezó a hacer ruido. Les dije que no aceleraran porque iba a salir mi marido y mi hijo", afirmó en el Juzgado Penal.

Los delincuentes hicieron varias vueltas por Parque Batlle. Luego tomaron Bulevar Artigas. A la altura de la avenida Garibaldi, Milvana recibió un mensaje en el celular. Los delincuentes lo tomaron y le sacaron la batería para que dejara de emitir señal.

"Hacía mucho calor. Y no bajaban los vidrios. Llegamos a un lugar. Ellos dos me bajaron. Nunca recibí un tirón de pelos ni un golpe. Siempre me decían: tranquila, no te a va a pasar nada; no somos violadores", dijo en la sede.

El pozo.

Los dos secuestradores, que la Policía identificó como el prófugo Pedro Leone Achart y el detenido Gustavo Lepere Mederos, le colocaron una remera negra en la cabeza. Le pusieron las manos para atrás y se las ataron con un precinto. También tenía la boca tapada. No se oía ningún ruido. Solo dos perros chiquitos ladrando.

El olor a portland era intenso. La sientan en una reposera de playa siempre vendada. Los dos sujetos que la interceptaron en la puerta de su casa se dedicaron a limpiar un lugar. "Creí que se me terminaba la vida", pensó.

La bajaron a un pozo de siete bloques de largo y cinco de ancho. El techo era de la altura de Milvana: 1.70 metros. Esa noche lo único que comió fue la bolsa de golosinas que compró en la estación de servicios para su hijo. Escuchó que uno de los secuestradores comentaba a otro: "Se perdió la camioneta".

Esa noche durmieron personas arriba del sótano. Milvana los escuchaba roncar y hablar en sueños.

A las 8.30 horas, desayunó una taza de café caliente. Luego le pidieron una lista de lo que necesitaba: medicamentos, dieta. "Ahí me di cuenta que el encierro iba para largo", sostuvo. Después del desayuno, el pozo se inundó. Ese primer día, uno de los secuestradores la obligó a ponerse la venda y sacó varios baldes. Después la tarea recayó en Milvana. En la primer semana, sacó entre 14 y 20 baldes de agua, dijo.

En varios tramos de su relato, Salomone dijo que sus secuestradores la trataron bien. Le dejaron la luz prendida por las noches, colocaban música en la radio y le suministraban comida muy elaborada: ensalada con aceite de oliva, carne de primer nivel, ensalada con palta muy elaborada. "Me daba la sensación que no estaba entre pichis", dijo.

Enseguida agregó: "Se me respetó todo lo que pedí. Pedí suero un día porque el ojo tenía una conjuntivitis. Fue horrible lo que viví pero podía haber sido peor. Nunca me gritaron ni pegaron. Yo les dije que no me iba a escapar".

También le bajaron libros. La mayoría de ellos eran libros viejos. Milvana les pidió novelas policiales. "Me bajaron Memorias del Calabozo de Rosencoff. Les dije: Este hoy no", relató a la jueza Sánchez y a la fiscal Camiño.

Salomone dijo que leyó 14 libros durante su cautiverio.

Para higienizar, los secuestradores le bajaban un balde con agua caliente cada cuatro días. Cada vez que se bañaba, le pedían que les devolviera la funda de la almohada y las sábanas. Y las bajaban nuevas. "Ropa interior siempre usé la misma y la secaba con la bombita".

El sábado 6, Milvana cumplió 48 años. Los secuestradores le regalaron sandwiches decorados.

Milvana sabía que su madre estaba muy enferma. Preguntaba a sus captores qué había pasado con ella. Éstos no respondían. Milvana se enteró del deceso de su madre una semana después de ocurrido. Los delincuentes le dieron los obituarios de los diarios.

Una tarde, Milvana pensó que no había nadie arriba porque había silencio. Duró mucho. Pensó que se habían ido a dormir a sus casas. "Nunca se me ocurrió escaparme. Yo quería estar viva", dijo.

"Siempre fui respetuosa; nunca lloré; no discutí".


Al leer el expediente del caso Milvana Salomone, se podría hacer un manual para víctimas de secuestros. En todo momento, Salomone no trató de contradecir a sus captores ni provocó una acción violenta. "Una vez les dije: pidan algo o no salgo más de acá. Mi marido no tiene mucho pero algo puede conseguir. No valgo mucho", declaró Milvana en el juzgado. Enseguida agregó: "Yo hablé de pago. Eso fue al tercer o al cuarto día. Yo sabía que las primeras 48 horas (de negociación) se podía complicar. Por eso me puse las pilas". También narró las pautas de comportamiento para ganarse la confianza de los secuestradores. "Siempre fui respetuosa, nunca lloré, nunca les discutí, agradecí la comida, felicité al cocinero", expresó. Sin embargo, Salomone también utilizó la astucia. "Les dije que estaba peleada con mi hermano y mi cuñada. Capaz que le querían sacar dinero a él. Yo presentía que mi madre había muerto. Entonces los mensajes eran para mi marido. Les dijo que mi hermano, cuando tenía deudas, corría para mi padre. Es como todo hijo".

La jueza Dolores Sánchez quiso saber si, en los días previos al secuestro, había recibido algún mensaje o amenaza. "No. Me queda una anécdota: hace un par de semanas, mi hijo me preguntó: ¿Qué pasa si me secuestraran? Yo le respondí: Antes que te secuestren, hay miles para secuestrar. Yo por vos doy la casa. Eso le sirvió para darse cuenta que yo la iba a luchar".

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