LA ENTREVISTA DEL DOMINGO 

Gordo Verde: "Muchas veces me considero una oveja descarriada"

Una conversación en profundidad con el sacerdote Juan Andrés Verde.

"Me estoy dando cuenta que soy un cura mediático. A unos les gusta, a otros no". Foto: F. Flores
"Me estoy dando cuenta que soy un cura mediático. A unos les gusta, a otros no". Foto: F. Flores

Jugó dos mundiales de rugby representando a Uruguay, estudiaba, tenía novia, pero un día se dio cuenta de que esas cosas lo hacían feliz, pero le faltaba algo. Eso pasó durante un trabajo de misionero en el interior con gente del Juan XXIII donde estudiaba. Poco después dejó atrás su vida como la conocía y se metió a cura. Él mismo se define como un cura mediático, tiene gran actividad en las redes y un decir directo y campechano. Ama las jineteadas.

—¿Cómo han sido estas primeras semanas como sacerdote?

—Han sido muy intensas, pero estoy muy contento. Cansado ahora también. La verdad que superó todas mis expectativas, cada celebración, cada misa, cada confesión. Uno se viene preparando para esto desde hace ocho años y bueno honestamente me emocioné mucho

—¿Cómo era tu vida antes de hacer la opción por ser sacerdote?

—Yo creo que vivía como un pibe normal para lo que es mi entorno, estudiaba, jugaba al rugby y me lo tomaba muy en serio. Tenía novia. Visité varios países. Lo que me pasaba era que hacía lo que me gustaba y que yo sentía que de alguna manera me hacía feliz, pero me faltaba algo.

—¿Cuándo decidiste que tenías que ser sacerdote?

—Fue un proceso. No fue de un día para el otro, pero estando en el Juan XXIII que fue el instituto donde terminé mis estudios preuniversitarios, estando de novio, en una misión de esas que se organizan. Ahí yo sentí que fue un momento clave. Yo sentí que me dedicaría toda mi vida a eso, a salir a llevarle esperanza a la gente. Hubo una charla ahí que me movió mucho porque fue en Mercedes en el colegio salesiano de San Miguel y estábamos visitando barrios muy humildes y en una viene un paisano a hablarme y me dijo: 'Usted sabe que yo he robado para darle de comer a mis hijos y espero que Dios me perdone'. Y yo me acuerdo de esa charla como muy franca y en la cual yo me sentía como llamado a decirle: 'Escuchame campeón, primero tu familia y si lo hiciste por amor a tu familia … ¿qué robaste, una gallina? …'. Y cuando volví esa noche me dije: si de todo lo que había hecho hasta ese momento había algo que me había hecho feliz, era poder llevar una palabra de esperanza a gente que se veía en la oscuridad. Y descubrí el camino. Después hice un año de recursos humanos y relaciones laborales a ver si podía servir, pero no desde la Iglesia, trabajé en Los Pinos, empecé a trabajar en la cárcel y sentí que hacía cosas muy buenas, pero no avanzaba en mi vida. Cuando entré al seminario, ahí fue cuando dije qué salado, ¿no? Capaz que no hice tantas cosas como venía haciendo, pero este paso espiritualmente me dio como una paz y una alegría que nada me lo había dado.

—Transmitís una imagen más desestructurada de lo que uno adjudica a un sacerdote, ¿no te parece que la Iglesia le hacen falta curas menos solemnes?

—Yo creo que el ejemplo del papa Francisco, como el ejemplo del cardenal Daniel (Sturla), como el ejemplo de tantos otros curas que no son mediáticos, porque yo me estoy dando cuenta que yo soy un cura mediático, pero conozco tantos otros que no lo son y están tan cerca de la gente o más de lo que nos imaginamos. A mí me llegan comentarios de todo tipo. Aplausos, pero también me vienen como zancadillas. Si fuera rugbista y hablara con la "pilcha" de Uruguay puesta, hay gente que me escucharía sin ningún tipo de preconcepto, pero hoy siendo la misma persona, me saco la "pilcha" de Uruguay y me pongo la de cura y hay gente que no me escucha ni le importa lo que digo. Uno no es plata para que lo quiera todo el mundo, hay gente que se siente más identificada y otra que no.

—También puede ser que desde la "pilcha" de cura y por tu forma de ser, tu discurso puede ser atendido por gente a la que otros sacerdotes más estructurados no conseguirían llegarle.

Yo intento seguir los pasos de Jesús aunque mi lema sacerdotal fue: El hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Es decir que muchas veces me considero una oveja descarriada, si bien intento seguir sus pasos, me considero un pato criollo y lo he dicho y lo repito y no lo digo por etiqueta, sino porque creo que es así. Y él hablaba en sencillo, le hablaba a la gente en parábolas. Él estaba cerca de los pecadores. Entonces decir, siempre van a decir. Si hacés porque hacés y si no hacés porque no hacés. Yo creo que el desafío de hoy está en lo que nos propone el Cardenal: Ser Iglesia transparente y ya está. El papa Francisco también nos invita a ser Iglesia en salida y me gusta mucho una frase que él dice: Salir sin asco, sin miedo a mancharse con el barro del camino, misioneros que no tengan miedo. Y si vos salís te podés manchar, te podés tropezar. Pero, yo prefiero —dice el papa Francisco— a esos que no tienen miedo a mancharse a los que se quedan guardados y encerrados en la segura. Para mí esto es una manera de salir y sé que con esto (la entrevista) me granjeo aplausos y me granjeo críticas, zancadillas. Hay gente a la que le gustará más y gente a la que le gustará menos y ¡bendito sea Dios! Yo con que una persona lea esto y se sienta inspirada a salir adelante en su vida y a descubrir qué es lo que lo hace feliz en su vida como descubrí yo esta felicidad en Dios, me doy por satisfecho.

—¿Tuviste alguna crisis de fe?

—Claro que sí. Tuve varias.

—¿Cómo las resolviste?

—Con él (señala una imagen de Cristo crucificado que cuelga de una de las paredes). Cara a cara. ¿Dónde estás? Si estás. ¿Cómo es posible esto?

—Definís a Dios como un amigo.

Sí. Es así como lo experimento. Con todo el respeto, obviamente, y con todo el santo temor. Es Dios, pero esa frase de Jesús: "ya no los llamo servidores, los llamo amigos". A mí la amistad terrenal me ayudó mucho. El tener amigos de verdad me ayudó mucho a tener esta amistad con Jesús.

—La iglesia Católica en Uruguay se ha achicado y otras alternativas religiosas han crecido. ¿Cómo te parece que la Iglesia debe pararse ante ese fenómeno?

—La Iglesia católica tiene dos mil años y, con sus luces y sus sombras, son dos mil años de entrega, de servicio, también de sombras porque las tuvo y las tiene, pero a veces tendemos a ver los árboles caídos y no los bosques. Yo creo que la laicidad pasa por ahí, porque cada expresión se pueda expresar libremente sin ser coartada.

—No hay por qué competir.

¡No hay competencia! Claro que no. Los otros días me llamó un muchacho a quien yo no conozco y me dijo te conocí a través de las redes sociales, soy evangélico, estoy por ser pastor evangélico y me gustaría tener una charla contigo" Escuchame, campeón, a la orden, le contesté. Yo estoy convencido de que sigo una verdad, pero de ahí a que sea el dueño de la verdad hay una distancia. Pero de lo que estoy seguro es de que por medio de la Iglesia de la que formo parte a la persona le puede llegar la salvación y eso a mí me da paz. Si otros encuentran caminos diversos que solo Dios sabrá, bendito sea Dios. Creo que la manera de compartir con la gente lo que uno experimenta y siente en la vida no es ni por la obligación ni por el querer convencer al otro, sino simplemente por compartir lo que uno es y experimentó en la vida. A mí esta realidad de Dios me cambió la vida y es evidente, para mí al menos lo es y trato de compartirlo, no me lo guardo. Si yo si salía campeón no me quedaba en el vestuario así tranquilo. Salía a dar una vuelta a la cancha a festejar y compartirlo con todo el mundo y esto que le da una sentido mucho más profundo a mi vida, tampoco me lo puedo guardar. Si me lo guardo soy una egoísta, si no me guardo el festejo de ser campeón, no me puedo guardar lo que le da el sentido más profundo a mi vida que es saber que esta vida no termina acá que nos espera una realidad en el cielo, que esta vida vale la pena ser vivida, ser disfrutada, que tenemos este tiempo para dejar lo mejor de nosotros. En tiempos como los que estamos viviendo de fin de año y que tendemos a ver el final de algo, y tendemos a que según los lentes que tengamos puestos será la mirada que tendremos en cada fin de año. Yo la invitación que les hago, que me brota de la fe, es a ponernos los lentes del optimismo, de la esperanza, aun esa persona que está en sus últimos minutos de vida, esto me lo dice mi fe eh, tiene más futuro que pasado. Mirá lo que te digo. Entonces, Gordo, ¿vos le tenés miedo a la muerte? Honestamente no y ¿me he visto en situaciones complicadas? Sí. Y me ha tocado acompañar a seres queridos en momentos inentendibles en los que decís ¿cómo es posible? Sí. Pero así y todo confío en que la justicia divina sabrá cómo equilibrar las balanzas. Porque si no creyera en que existe esa realidad, la vida de muchos, de muchos, sería una verdadera injusticia. Y yo no puedo creer en un Dios capaz de crear algo tan imponente como el universo, la tierra, el hombre (hace una inflexión con su voz marcando la palabra), la naturaleza y qué ¿llegó el momento de la muerte y se le terminaron las ideas? Me cuesta creer en un Dios a la vez tan grande y, no quiero decir tonto, sino tan grande y a la vez tan apagado.

—Tenés una actividad muy fuerte en redes sociales y también te valés de anécdotas y ejemplos prácticos para transmitir el mensaje de Dios. ¿Te salió solo o es algo planificado?

—Yo siento admiración profunda, profunda eh, por don Luis Landriscina y por Mamerto Menapace (monje y maestro argentino que ha escrito más de 40 libros de poesía, cuentos, ensayos y narraciones) son dos referentes de la Iglesia Católica que admiro con todas las letras y tuve el honor de conocer a don Luis Landriscina, de compartir con él, me invitó a su casa y aprender de él y Mamerto Menapace me hizo los prólogos en los dos primeros libros que escribí. Son dos personas en las cuales siempre me gustó su manera de transmitir, uno desde el sano humor, valores y muchas veces Landrisina además de valores transmite su fe desde el humor. Por otro lado Menapace, desde lo anecdótico y desde los cuentos y los libros es capaz de transmitir desde su ser cura, monje. Estas dos personas han sido dos baluartes en los cuales yo me he sentido identificado y me he dicho cómo me gustaría transmitir valores con simpatía, alegría y gracia como lo hace don Luis y a la vez con la profundidad y sencillez con la que lo hace Mamerto Menapace.

Apasionado por las jineteadas.

¿Qué nunca te han preguntado que te gustaría contar?

Yo si quiero contar algo generalmente trato de buscar la manera de que salga. De lo que nunca hablé es de mi pasión por las jineteadas.

¿Jineteaste alguna vez?

Jineteé y me hice bolsa. Jineteé terneros, novillos, y generalmente no lo he dicho por respeto a la gente que está en contra de estas tradiciones. Por otro lado, me crié viendo estas cosas y me siento muy enraizado en esta tradición, siento admiración por el gauchaje. Por otro lado, utilizo una analogía con las jineteadas en los bautismos. Utilizo a los apadrinadores, estos personajes que meten el hombro, meten el pingo, saben cuando entrar en el momento justo, que entregan la vida de alguna manera por el jinete que está por terminar su faena. Entonces a la hora de hablar de los padrinos de bautismo muchas veces tomo la imagen del apadrinador como ese personaje que no solo lo eligen por afinidad, sino por su capacidad para cumplir la tarea y muchas veces el padrino de bautismo tiene esa responsabilidad de apadrinar al cristiano en la fe.

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