CENTRO ESCOLAR INNOVADOR

Escuela de llantas y botellas

Se presenta en Jaureguiberry la primera escuela pública sustentable de Latinoamérica.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El invernadero de la escuela en el corredor que da a tres salones. Foto: M. Bonjour

En la tarde de hoy, a las 17:15 horas, el Centro de Educación Inicial y Primaria (CEIP) recibirá el edificio de la primera escuela sustentable de Latinoamérica, construida a la altura del kilómetro 80 de la Interbalnearia, a cien metros del peaje de Solís, en Jaureguiberry, departamento de Canelones.

En la obra, que comenzó el 1° de febrero, trabajaron unas 200 personas, entre voluntarios, becados y estudiantes procedentes de varios continentes que pagaron una membresía para acceder a la academia montada en el predio y aprender la técnica constructiva junto a los técnicos de Earthship, empresa que tiene su base en Estados Unidos.

El terreno en que se encuentra la escuela lo donó la Intendencia de Canelones, y la organización sin fines de lucro Tagma llevó adelante el proyecto que acaba de concretarse.

Ultimando detalles.

En la tarde de ayer una treintena de jóvenes estaba concentrada en tareas diversas, como la plantación en el exterior, el riego de maceteros colgantes en la huerta interior, detalles de pintura, el lijado final y barnizado de alguna puerta o la adecuación de tierras en el fondo de la escuela, sobre el gran terraplén que oficia de contrafachada térmica.

A los costados de las dos puertas de la entrada que da al norte, es decir hacia la Interbalnearia, aparecen como íconos con reminiscencias del arte de Gaudí unos "troncos" de árboles que —en realidad— están conformados por una fina columna interior de hormigón, maderas y latas de cerveza, todo revestido con cemento pintado en tonos pardos.

Su modelación dejó estampada la grifa del arquitecto Michael Reynolds, creador de sus earth ships o casas fabricadas con materiales reciclados y neumáticos rellenos de tierra, arena y pedregullo que dan forma a la base de las paredes.

La escuela de Jaureguiberry demandó 8.000 latas de cerveza o refrescos, 5.000 botellas, 2.000 envases de plástico y 2.000 metros cuadrados de cartón, que en buena parte fueron reunidos por residentes en la zona. La Cámara de neumáticos donó 2.000 cubiertas. En este caso, como no se trata estrictamente de un edificio de bioconstrucción, también se recurrió a materiales tradicionales, como maderas y vidrios (que son dobles, con una cámara de aire y gas inerte), más los paneles solares y tanques que almacenarán el agua de lluvia.

Con la intención de exhibir esos materiales empleados se creó "la ventana de la verdad". Al abrirla se advierte gomas, latas y botellas. No es más que un rectángulo de pared que no fue revocado.

Sistemas en juego.

El edificio escolar implicó la aplicación de cinco principios además del uso de materiales "basura": la recolección de agua de lluvia, el sistema solar, el reciclado de aguas grises (las que se usan en piletas de baño y no contienen materiales orgánicos sino químicos como detergentes), el reciclado de aguas negras (las que contienen materiales orgánicos, por ejemplo de los baños), y la producción de alimentos en una huerta diseñada dentro de la construcción, en el corredor que en los hechos es un invernadero y se sitúa entre la fachada y el ingreso a los tres salones de clase y los baños. Allí hay plantas tropicales, como ser la de chirimoyas.

Sustentabilidad.

En los salones hay un sistema de ingreso de aire peculiar. En cada uno, casi a la altura del piso, existen dos aberturas cubiertas con rejillas, conectadas a tubos de ventilación de ocho metros de largo que atraviesan el terraplén que a la vez envuelve la cara sur de la escuela, para contener las cisternas y estabilizar la temperatura.

La condición sustentable de la edificación se explica precisamente porque en ella se genera energía eléctrica, calefacción y agua corriente.

La temperatura del edificio oscilará entre los 18° y los 25° sin necesidad de recurrir a equipos de aire acondicionado.

El agua de lluvia es cargada en 10 grandes tanques con capacidad total para 33.000 litros. Existe un módulo organizador de agua, un tablero general en donde se observan caños, filtros y una bomba de náutica, de bajo consumo y corriente continua, como las que se usan en los barcos.

También se colocó un tanque presurizador, puesto que las cisternas de acopio de agua no están encima del techo.

En las piletas de los baños hay una canilla que brinda la llamada agua fresca, que pasó antes por tres filtros, y una especie de bebedero por donde sale el agua potable, gracias a que el sistema incluye otro cuarto filtro de cerámica y plata por dentro.

El agua de lluvia puede emplearse en las piletas de los baños y desde allí pasa a una celda de recepción de un metro cuadrado, en donde hay cantos rodados, pedregullo, arena y tierra.

De ahí va a un plantador de aguas grises, otro filtrador, que viene a ser como una maceta gigante, del largo de la escuela, en donde hay 4 capas de nylon y también cantos rodados, pedregullo, arena y tierra.

Ese nuevo filtro elimina restos de jabón y permite el crecimiento de los vegetales a consumir por niños y maestros.

El agua gris filtrada es igualmente la que circula hacia los inodoros, para no malgastar ni el agua de lluvia ni la potable.

Después, ya convertida en agua negra, el sistema la envía por caños hacia un pozo séptico especial, una cámara de 3 metros de ancho por 3 de profundidad, rodeado por piedras y neumáticos de camiones.

La novedad en este caso es que se produce una separación entre la materia orgánica y el agua. La primera queda en los neumáticos y va perdiendo volumen con el tiempo, mientras que el agua se escurre entre ellos y termina en otro plantador con piedras, pedregullo, arena y tierra.

Los vegetales que allí ya se aprecian, a diferencia de los de la huerta, por supuesto que no resultan comestibles: son totoras, papiros, achiras o palmeras. El pozo séptico pues no requiere mantenimiento ni vuelca nada a la napa.

En el cuarto de electricidad se observa un tablero general que organiza y distribuye la energía que está en los paneles (que cargan unos con radiación solar y otros con luz solar); también están las baterías, conversores de corriente y protectores para rayos. Como respaldo, si bien se dice que no será necesario recurrir a la energía de UTE, sus instalaciones quedaron en condiciones.

Declarada de interés por el Ministerio de Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (Mvotma) y el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), la construcción de la escuela contó con el auspicio de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República.

El inventor.

Reynolds, (que estuvo en Uruguay durante todo el mes de febrero hasta que se terminó con los trabajos para montar la estructura de la escuela), ya tiene en Sudamérica tres obras, una escuela de música en Chile, y dos edificaciones en Argentina, una en El Bolsón y otra en Ushuaia.

En Latinoamérica dejó la huella desde Guatemala hasta México. Se trasladó con su familia a Taos (Nuevo México) en 1978. Allí, donde la especulación urbanística aún no existía, comenzó la aventura.

Durante años experimentó con diferentes materiales hasta encontrar un sistema constructivo basado en desechos, como llantas de vehículos, botellas de vidrio o de plástico y latas de aluminio de bebidas. Agrupando a estas últimas con alambres, patentó un ladrillo. Reynolds escribió tres libros con los conceptos, planos y formas de construir sus "naves terrestres".

Voluntarios de todo el mundo para la obra.

La escuela se construyó con un 60% de materiales reciclables. Se utilizaron 2.000 neumáticos, 5.000 botellas de vidrio, 2.000 metros cuadrados de cartón y 8.000 latas de aluminio. Niños, padres y vecinos participaron del proceso previo de la obra, ayudando a recolectar los materiales. La llegada de voluntarios de todo el mundo emocionó a los vecinos, que quisieron hacerlos sentir como en casa. Por esta razón, en la cocina del Yacht Club de la zona buscaron en Internet cuáles eran los platos típicos de sus países y se los prepararon.

Las cuentas en el pizarrón.

El ahorro de materiales tradicionales, sustituidos en un 60% por desechos, disminuye los costos de construcción. Sin contar la mano de obra ni el terreno, la escuela de Jaureguiberry, que tiene una superficie de 270 metros cuadrados, exigió una inversión de US$ 160.000. Si se hubiese pagado a obreros ascendería a más de US$ 400.000. La mano de obra fue de estudiantes que pagaron una membresía para aprender a construir.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)