El hombre que no calculaba

ALEJANDRO NOGUEIRA

En la historia nacional y universal miles de macanas han intentado ser arropadas con banderas políticas e ideológicas que las justificaran, creando mayores o menores confusiones a las personas que, finalmente, se aclaran cuando impactan en el bolsillo o en el estómago, órganos menos propensos a las ilusiones.

Luego de grandes tensiones, disputas y liderazgos mellados, el gobierno anunció los esperados cambios al IRPF empujado por la retracción electoral de los sectores más damnificados por el impuesto. Esos sectores que el Frente colocó en la incómoda situación de "ricos" o "viejos platudos", como si el fruto de su trabajo y de su esfuerzo fuera, en realidad, un asunto de linaje.

El alivio fiscal, sin embargo, fue decepcionante prácticamente para todos los afectados. Una rebaja impositiva de entre $ 13 y $ 355 a cada asalariado, al que podrá sumar $ 96 por hijo si lo tiene, es el resultado práctico del intento gubernamental de salir del mayor engorro político que ha sabido crear. Adicionalmente, con un poco de paciencia y un contador, matrimonios y concubinos judicializados podrán incrementar en unos pesitos el alivio tributario desde el próximo enero.

El discurso oficial abruma con argumentos técnicos, fiscales y de presunta justicia social por debajo del cual corroe la preocupación del rechazo electoral de ciudadanos que, como diría mi abuela, están "en posición desahogada", pero que históricamente simpatizaron con el Frente Amplio por haberlo hecho depositario del esfuerzo por la justicia social al que no asociaban a los partidos tradicionales.

Si bien es una vieja verdad que nadie disfruta pagando impuestos, es factible afirmar que una buena porción de esos ciudadanos hoy descontentos con el Frente, no son simplemente mezquinos y cultivan valores y sensibilidad. Su disgusto no se circunscribe a los pesos retirados del bolsillo por el IRPF, sino a la ausencia de resultados de ese sacrificio, a lo que se suman los perjuicios prácticos que le ocasiona. Lo que paga de más no se devuelve en beneficios, ni para sí, ni para los más desposeídos. La brecha social se profundiza, la redistribución prácticamente no se nota, el sistema privado de salud se atesta y el público sigue generando descontento popular. Y la seguridad no es para el gobierno un grave problema cotidiano sino una cuestión mediática, culpa de los canales de televisión.

El IRPF a los sueldos que tozudamente defiende el ministro de Economía, y ahora también con calor el presidente de la República, recauda poco más de US$ 450 millones anuales que ahora serán, con el recule, unos US$ 350 millones. El metabolizado IRP hacía ingresar en las arcas públicas unos US$ 150 millones anuales y la única verdadera novedad impositiva y de justicia de la reforma tributaria fue incorporar a profesionales, comisionistas y arrendatarios, que antes no pagaban nada y que bien pudieron incorporarse al sistema de manera más sencilla que este indigesto IRPF y aportar lo suyo al ávido agujero fiscal. Las banderas oficiales de justicia social y de redistribución, de castigo a los que "tienen más", no llegan a justificar esta reforma impositiva de barroco diseño. Lo triste es que, la reforma de la reforma, por sus magros efectos prácticos, difícilmente vuelva al redil frenteamplista a los pequeños burgueses enojados con el IRPF: un nuevo error de cálculo político que el gobierno y el candidato Astori deberán intentar corregir por alguna otra vía para tener chance en 2009.

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