EL FUTURO DE LA EDUCACIÓN

Progresiones de aprendizaje: ANEP define qué deben saber niños y jóvenes cada tres años

Por primera vez en la historia, Uruguay tiene su marco curricular común, su Google Maps. El marco curricular va guiando cuál es el trayecto a recorrer y permite observar lo ya recorrido.

Ahora se sabe, por escrito, qué competencias se espera de un estudiante en legua cuando termina cada ciclo educativo. Foto. Reuters
Ahora se sabe, por escrito, qué competencias se espera de un estudiante en legua cuando termina cada ciclo educativo. Foto. Reuters

Cuando un estudiante acaba tercero de escuela, debería estar en condiciones de respetar el turno para hablar y hacer uso de la palabra cuando la maestra se lo indica. Tres años después ya debería respetar los turnos de la conversación sin ser dirigido. Otros tres años después, debería ser capaz de proponer nuevos temas de conversación. Y cuando finaliza la educación obligatoria ya sería él mismo el que promovería el respeto a los turnos -como esa maestra que lo “dirigió” en la escuela.

Aunque esta progresión parezca obvia, implica una revolución en el sistema educativo. Este ejemplo “inocente” con el que da inicio la nota no es lo innovador, sino la existencia concreta, por escrito, de qué aprendizajes se pretende que un estudiante uruguayo domine al término de cada tramo educativo (cuando acaba tercero de escuela, sexto de escuela, tercero de liceo o UTU y al fin del bachillerato).

¿Qué significa? El profesor de Biología enseñará lengua. No dejará de dar los contenidos de Biología, pero trabajará codo a codo con los demás docentes sabiendo qué se pretende que logre el estudiante en dimensiones básicas. Así las cosas, si en tercero de escuela un alumno es capaz de explicitar sus dudas ortográficas, en sexto de escuela ya debería buscar estrategias para zanjar esas dudas: recurre al diccionario, asocia familias de palabras. El "profe" de Biología debería alentar ese progreso, en este caso en escritura, más allá de que esté enseñando sobre mamíferos o el reino fungi.

Puede que siga pareciendo “obvio” e “inocente”. Pero por primera vez en la historia, Uruguay tiene su marco curricular común, su Google Maps. Cuando uno quiere llegar en auto a un destino, se fija una ruta. Lo mismo sucede en educación: ¿qué se pretende de un estudiante para que sea libre y pensante en una sociedad como la actual? Como en esas aplicaciones de tránsito, el marco curricular va guiando cuál es el trayecto a recorrer y permite observar lo ya recorrido (cómo se progresa). Ese “viaje” cuenta a su vez con escalas, paradas en que se revisa cómo se está y cómo sigue la marcha.

Por eso, cuando el Codicen manifestó su intención de disminuir la repetición, el presidente del ente, Wilson Netto, refirió a “ciclos” y no a “grados”. Porque el espíritu detrás de este cúmulo de transformaciones -que se vienen trabajando hace años pero parecen decantar a tres meses y monedas de que cambie el gobierno- es que el “viaje educativo” sea único y que pueda progresar en la adquisición de competencias (ya no solo contenidos como una volqueta a la que se le introducen letras y números).

La “revolución” de la enseñanza uruguaya, sin embargo, llega de forma “tardía”, dice Renato Opertti, director ejecutivo del colectivo Eduy21 y uno de los referentes internacionales en el análisis curricular. “Son más de 100 países los que tienen su marco común, incluso hay países africanos que desde hace una década tienen su sistema de enseñanza basado en competencias”.

Antonio Romano, director de Planeamiento de la ANEP, dijo que el modelo uruguayo varía un poco respecto a los países a los que refiere Opetti. “Nosotros no pretendemos sustituir los programas o eliminar las asignaturas, de hecho Finlandia tiene como 14 disciplinas, sino entender el avance del estudiante y que los docentes dialoguen sobre su progreso más allá de si dan Astronomía o Literatura”.

Algunos de los miembros de Eduy21 manejaban la idea de que, en un futuro, Uruguay avanzara hacia el fin de las asignaturas. En todo caso, habría áreas temáticas y docentes que apostaran a la enseñanza en un sentido amplio y no a saber si Mercurio está más cerca del Sol que Júpiter, ir solo 40 minutos por semana a un liceo y rotar de centro en centro.

Pero aunque no fuese el “ideal”, Opertti reconoce la iniciativa de ANEP como “positiva” y no le encuentra motivaciones políticas a que varias de estas definiciones estén dándose a conocer a esta altura de la administración.

En esa línea “positiva”, se destaca que el marco curricular uruguayo incorpora el lenguaje de señas. Ya se había aprobado, en 2001, que ésta fuese la lengua “natural” de los sordos. Sin embargo, nada había escrito sobre cómo avanzar en la progresión. Ahora el marco fija cuestiones tan ambiciosas como que, al término del bachillerato, los estudiantes conozcan el signwriting, el único sistema de escritura fonográfica de las lenguas de señas y que no se usa aún en Uruguay.

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