EL EFECTO EMBUDO

Menos de la mitad de los alumnos llega al bachillerato en tiempo y forma

Estudio de Administración Nacional de Educación Pública confirma que en liceo y UTU se da una selección y filtro de estudiantes.

Liceo IAVA. Foto: Archivo El País.
Liceo IAVA. Foto: Archivo El País.

En Uruguay los estudiantes no van pasando de año hasta alcanzar la meta de la graduación como quien supera obstáculos rutinarios. No. En Uruguay los alumnos sobreviven, y esa lucha por la supervivencia va dejando gente en el camino: a solo cuatro años de haber acabado la escuela, en el ingreso al bachillerato, menos de la mitad (49,9%) de la generación cursa en tiempo y forma. Otro 37% sigue corriendo, pero de atrás, con rezago. Y el 13,1% restante no figura siquiera en los registros: no se sabe si se fue del país, si abandonó del todo la enseñanza obligatoria o qué.

Los técnicos de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) se propusieron seguir, con el paso de los años, a los 43.678 alumnos que había acabado la escuela pública en 2013. En Uruguay la enseñanza es obligatoria hasta el término del bachillerato, pero los datos venían demostrando que solo una minoría terminaba cumpliendo con ese objetivo.

La primera conclusión a la que llegaron es que el sistema no es selectivo solo en un año concreto, o en el cambio de ciclos, sino que filtra siempre. Sería como un embudo de boca ancha, en el que ingresan casi todos los niños que terminaron la escuela, pero que año a año se va haciendo más angosto el cuello y hay quienes quedan sin pasar o, lisa y llanamente, quedan por fuera del sistema.

El estudio de la ANEP, cuyos autores fueron Tania Biramontes y Franco González Mora, da cuenta de que ya al año de haber egresado de Primaria, un 7% de los alumnos empieza a perder el ritmo. Y al sexto año solo un tercio está pronto para graduarse con éxito.

Esa selección de estudiantes podría no significar un problema cuando la enseñanza obligatoria duraba menos años, y cuando la Secundaria era solo un preparativo para quienes cursarían la universidad. Pero en pleno siglo XXI es uno de los motivos de las acaloradas discusiones sobre el estado de la educación. Y, en buena medida, es la justificación de los cambios curriculares que intentó la anterior administración y que promete la actual.

¿Qué hace que el sistema sea selectivo? Ahí vienen las discusiones. Hay quienes ponen el énfasis en la repetición: al estudiante se lo castiga, no se le da una alternativa y se lo filtra. Otros ponen el acento en el contenido: los alumnos se enfrentan en la vida a desafíos y no a asignaturas; el mundo no les viene compartimentado en Astronomía, Química o Literatura. Hay quienes insisten en que el problema no es tanto por el asignaturismo, sino porque los profesores son asignados a dar unas pocas horas de unos contenidos concretos, rotan y encima los más calificados (y que ganan mejor) terminan ocupando puestos en los centros educativos menos problemáticos. Otros dicen que el sistema está demasiado compartimentado: en subsistemas, en un plan de tal año, una reformulación de tal otro y con maneras de evaluación distintas. No se permite que el alumno navegue de un lado para el otro.

En los avances de su tesis doctoral, el sociólogo Pablo Menese comprobó que, desde la salida de la dictadura, las distintas administraciones han impulsado al menos 35 reformas de las políticas educativas, de los planes o los programas de la educación media en el intento de revertir el problema. Pero los resultados, dice, fueron “escasos” y Uruguay quedó ubicado en el podio de los países de América Latina que más estudiantes expulsan de su sistema obligatorio.

Menese demostró que más de la mitad de las reformas que se promovieron están focalizadas en la pobreza, como si los ingresos de los hogares fueran la causa principal del abandono estudiantil. El 15% de los jóvenes en Uruguay vive por debajo de la línea de la pobreza. Sin embargo, un 60% de todos los estudiantes, sin importar su nivel socioeconómico, no acredita el bachillerato. Entonces el sociólogo plantea: si se asumiera que ninguno de esos jóvenes pobres es capaz de graduarse, por su propia situación de pobreza, ¿qué pasa con el restante 45% de los jóvenes que no son pobres y tampoco egresan del bachillerato?

La respuesta a la que llega Menese es que el sistema uruguayo selecciona de muchas maneras (hasta por el simple hecho de pasar de una maestra en la escuela a 13 profesores en el liceo), con el agravante de que, en determinado momento de la vida estudiantil, la enseñanza empieza a competir con otras trayectorias: la búsqueda de un trabajo y de una pareja, el irse a vivir solo y hasta el tener hijos. Los liceos corren tan por fuera de esa lógica que, bromea Menese, “puede haber un joven que es padre y trabaja, pero que en el liceo tiene que levantar la mano cuando quiere ir al baño”.

Por si fuera poco, dice, “el mercado laboral uruguayo no valora el bachillerato: da lo mismo haber cursado hasta tercero de liceo que hasta quinto o sexto”. Entonces, cuando se miran los beneficios económicos, “para muchos jóvenes el bachillerato es algo aburrido, no los prepara para el mercado y encima los penaliza salarialmente”.

El filtro final. “En Uruguay no se ha logrado entender que es necesaria una educación para adolescentes y jóvenes, con identidad propia, que sea más desafiante en la búsqueda de las respuestas que los estudiantes se plantean”, explica Renato Opertti, del colectivo Eduy21.

Por eso ahora la ANEP quiere promover un bachillerato común en cuarto y quinto, y énfasis recién en sexto. Por eso el gobierno anterior también se proponía acabar con la diversificación tal cual está concebida (en el tercio del tiempo pedagógico, que es de asignaturas específicas y no comunes, se proponía que cada estudiante pudiera elegir como si fueran créditos). Y por eso las consultorías que realizó Wilson Netto son las mismas con las que Robert Silva justifica la reforma.

Una primera consultoría para la ANEP de Nazira Píriz, a la que accedió El País, señala que de las 111 carreras de grado que la Universidad de la República tenía en 2018, el 68% no requería el haber cursado un bachillerato específico como filtro para el ingreso. Un 11% tenía algún tipo de requerimiento y el restante 21% sí exigía una alta especificidad (como Medicina o Contador Público, que solicitan bachilleratos con el énfasis en Biología en un caso, y Matemática en el otro).

Cuando se observaba qué cantidad de estudiantes habían ingresado a cada una de las carreras, se comprobaba que cerca de la mitad lo hacía en carreras que no requerían bachillerato específico previo para la matriculación. Por entonces, seis de las 10 carreras más demandadas hacían un filtro por tipo de bachillerato.

Sin embargo, los datos nuevos demuestran que de las 10 carreras más demandadas este 2021, solo dos piden bachilleratos específicos (ver apoyo).

Por eso esa primera consultoría concluye: “Las tendencias actuales en la reducción de la especificidad del bachillerato en diferentes carreras, así como la heterogeneidad en los requisitos (en ocasiones contrapuestos), permiten señalar la necesidad de una revisión de la oferta actual del bachillerato”.

Estudiantes ingresando a un salón de clases en liceo de Uruguay. Foto: Francisco Flores (Archivo)
Estudiantes ingresando a un salón de clases en liceo de Uruguay. Foto: Francisco Flores (Archivo)

Una segunda consultoría, de Daniel Feldman y Florencia Zyssholtz, demuestra que, entre el segundo y tercer año de bachillerato, el 33,4% de los estudiantes que iniciaron el bachillerato en la división Científica cambian a otra orientación; la mayoría lo hace a Humanística.

A su vez, la mitad de los centros educativos que tienen bachillerato no ofrecen todas las divisiones (sobre todo no está la opción de Artístico), lo que podría limitar el acceso de los interesados. Y en sexto año, solo el 32% de la carga horaria total corresponde a formación común a todas las opciones.

Por eso, concluye el estudio, el bachillerato más extendido de Secundaria “enfatiza fuertemente las funciones propedéuticas y el desarrollo de capacidades para la vida académica”. Eso es lo que la actual administración quiere cambiar bajo la lógica de que las competencias sean “para la vida” y no solo para una universidad que ni siquiera exige esos requisitos de ingreso.

Carreras más demandadas no filtran por bachillerato

La Universidad de la República venía aumentado la cantidad de nuevos inscriptos en sus carreras. Cada año crecía entre el 3% y el 5%. Así desde hace más de una década. Pero en este 2021 batió todo récord y el crecimiento superó el 12% (hubo cerca de 40.000 ingresos).

Entre los nuevos anotados, uno de cada 10 eligió Psicología, una carrera que no exige haber cursado un bachillerato en específico como requisito de ingreso. Tampoco lo pide Abogacía, la tercera carrera más demandada (5% de los ingresos), ni Enfermería (5%), Administración (4%), Ciencias Sociales (4%), Comunicación (3%), o Educación Física (3%).

De las carreras de Udelar que exigen una alta especificidad, la mayoría (71%) se dictan solo en Montevideo. En cambio, en las sedes del interior existe mayor flexibilidad en los requisitos de ingreso.

Algo similar ocurre en la UTEC, que no exige una alta especificidad para el ingreso a sus carreras (incluso permite acreditar saberes previos o bien dar como válida la experiencia laboral del estudiante).

Tampoco la mayoría de las carreras que se dictan en universidades privadas aplican ese filtro. Según la consultoría que en 2018 realizó Nazira Píriz para la ANEP, el 100% de las carreras ofrecidas en la Universidad Católica, el 89% de la Universidad de la Empresa, el 50% del Claeh, y el 70% de Universidad ORT requieren escasa o nula especificidad previa.

Esa falta de exigencia de un bachillerato específico es uno de los argumentos que motiva el cambio del régimen de educación superior. El exdirector de Planeamiento de la ANEP, Antonio Romano, había dicho que los “bachilleratos cambiaron de nombre (ya no tienen nombres de carreras como Derecho o Veterinaria), pero siguen siendo propedéuticos”.

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