CONSECUENCIA DEL CORONAVIRUS

Educación en pandemia: estudiantes dicen que en 2020 aprendieron menos

Encuesta de ANEP a 2.307 estudiantes (de sexto de escuela a sexto de bachillerato) revela que un tercio de los alumnos ve como un problema la combinación de clases presenciales y virtuales.

Inicio de clases tras cuarentena en Escuela Rural N°30 en Cuchilla de Paraná en Sarandí Grande. Foto: Leo Mainé.
Foto: Leonardo Mainé.

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"Hemos gestionado la pandemia desde una adultocracia vestida de responsabilidad sanitaria... nos hemos olvidado de los niños y de los adolescentes”. Pablo Cayota -el profesor de Historia y director del colegio Santa Elena que ha sido una de las voces más críticas sobre las inequidades del sistema educativo uruguayo- dice que está preocupado. Teme que la emergencia sanitaria del COVID-19 traiga, además de muertes, impactos emocionales y pérdidas laborales, unas carencias en los estudiantes “cuyos estragos son difíciles de calcular”.

La encuesta que la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP) les realizó a estudiantes de sexto de escuela hasta el término del bachillerato, para conocer sus perspectivas respecto a la emergencia sanitaria y la enseñanza, confirma de alguna manera sus temores: más de la mitad (53%) considera que aprendió menos durante los meses en que las clases presenciales quedaron en pausa. Y más de la mitad (52%), también, dice que se sintió “perdido”.

Cayota -quien ha sido un defensor a ultranza de la reapertura de escuelas durante la pandemia y que le ha presentado al Ministerio de Salud Pública (MSP) un proyecto de purificadores de aire para que se garantice la seguridad sanitaria en las aulas- dice que las consecuencias “no solo tienen que medirse en relación a los aprendizajes, porque, como sociedad, nos hemos olvidado del estudiante como persona... como un todo”.

Tal vez por eso el estudio que la ANEP cerró en octubre -aunque todavía no fue publicado- muestra que a medida que los alumnos uruguayos avanzan de ciclo educativo, y va quedado atrás aquella maestra de impronta más maternal, más aparece esa sensación de haberse sentido perdido. En la escuela, por ejemplo, ese sentimiento aquejó al 41,5%. En la UTU esa cifra creció al 55,2%; y en los liceos al 56,6%.

En tanto, entre los alumnos de sexto de escuela, cerca de un tercio (31,9%) cree que aprendió menos. De hecho, en ese grado educativo, son más los que sostienen que aprendieron más (44,9%).

En el ciclo básico esto se invierte: más de la mitad de los liceales (56,8%) y el 46,8% de los estudiantes de UTU dicen que aprendieron menos. Y en el bachillerato ese parecer asciende a 71,4% en UTU y a 75,4% en Secundaria.

Dora Graziano, presidenta interina del Codicen, interpreta que “los alumnos de Primaria son todavía niños que tienen cierto apego a las respuestas que les dan sus familiares y docentes. En la adolescencia, en cambio, se reafirma la identidad. El adolescente necesita a sus pares como referencia”.

Por eso la consejera que hoy capitanea el Consejo Directivo Central ante la licencia médica de Robert Silva (que tiene COVID-19) dice que, “desde lo institucional, esta encuesta deja en claro que hay que salir a defender la presencialidad, hay que darles el apoyo a los estudiantes, y en especial el énfasis tiene que estar entre aquellos que cambiaron de ciclo educativo”.

Uno de los grandes problemas de la educación uruguaya “es que en Primaria se ve al alumno como un todo, hay un maestro que le hace seguimiento, que sabe quién es ese niño y su contexto, mientras que en educación media se ve a muchos docentes enseñando disciplinas”, explica Renato Opertti, decano de la Escuela de Posgrados de la Universidad Católica y miembro de Eduy21.

Salón de clases vacío. Foto: Archivo El País
Salón de clases vacío. Foto: Archivo El País

Opertti, quien en su pasaje por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ha estudiado los currículos de enseñanza de distintos países, dice que Uruguay arrastra en este sentido dos problemas que el COVID-19 hizo que fueran más notorios: “La falta de continuidad (el niño con 11 o 12 años pasa de tener una maestra a más de una decena de profesores) y el exceso de contenidismo en los programas educativos”.

El sociólogo lo explica así: “Al niño el mundo no le viene compartimentado en disciplinas, sino que le impone desafíos que tiene que ir resolviendo y que, en todo caso, las disciplinas son cajas de herramientas que pueden ayudarle... pero lo relevante es que resuelva el problema”.

Graziano, quien antes de su cargo político (por Cabildo Abierto) era inspectora de Institutos y Liceos, lo entiende así: “Es gravísimo que siete de cada diez estudiantes de contextos críticos tengan un analfabetismo funcional que les impide resolver problemas del día a día”.

Puede que esa sea una de las explicaciones de otro dato revelador de la encuesta que realizó la ANEP: el problema que, a juzgar por la frecuencia de respuesta de los estudiantes, se hizo más notorio en la emergencia sanitaria fue la dificultad para entender las tareas. El 41,8% admite esto.

Para Opertti hay otras explicaciones: “El sistema educativo no estaba preparado para afrontar una educación a distancia. Por más que haya dispositivos o se hable de aprendizajes remotos, lo cierto es que los docentes fueron formados para un mundo presencial, las actividades están pensadas para la presencialidad y las familias están acostumbradas a que eso que se le llama enseñanza ocurre en la presencialidad escolar”.

Durante la suspensión de la presencialidad, la cuarta parte de los estudiantes reconoce que jamás recibió ayuda en sus hogares para la realización de las tareas. Y otro 44% dice que solo “a veces” la recibió.

En el liceo, por ejemplo, los alumnos buscaron primero la respuesta en internet, después recurrieron con mayor frecuencia a un amigo, para recién luego acudir a un familiar (y en este orden: primero a la madre, después a un hermano, al padre u otro familiar).

Una quinta parte no tenía ganas de hacer las tareas. Una quinta no contaba con un lugar tranquilo para estudiar. Y uno de cada diez ni siquiera tenía tiempo para el estudio porque tuvo que cuidar a alguien en su hogar.

El novelista francés Alejandro Dumas decía que “el bien es lento porque va cuesta arriba. El mal es rápido porque va cuesta abajo”. Pero que de ambos se aprende. Por eso Yáñez, que ha sido inspector nacional de Idioma Español, es de los que se aferran a estas frases: “aunque se perdió mucho, también se aprendieron otras cosas... se aprendió a convivir, a descubrir el hogar, a extrañar e incluso a pedir ayuda”.

El 61,9% aprendió “nuevas formas de interactuar” con sus compañeros. El 82% recibió “siempre” o casi siempre tareas que le envió su docente. Y el 53% se volvió “un estudiante más independiente”. Eso también pasó con la pandemia.

Creció el aburrimiento dentro de los hogares

“Me gustó interactuar más con mi familia ya que por la UTU no tengo casi nada de tiempo para estar con ellos”. Esta respuesta y otras que refieren a disponer más tiempo para la familia o para estar en el hogar, han sido las más reiteradas cuando se les preguntaba a los estudiantes por lo positivo de la suspensión de las clases presenciales. Un alumno llegó a decir que destaca “las clases virtuales desde la comodidad de la casa en vez de pasar frío (en el centro educativo)”. Y otro explicitó: “Podía despertarme a la hora que quisiera”.

Pero de la encuesta que ANEP realizó entre una muestra representativa de los estudiantes, parecería concluirse que hubo un aumento de los sentimientos negativos en desmedro de los positivos. Casi la mitad (49%) se sintió más aburrido que antes. Un tercio más ansioso. Un tercio menos motivado. Y la cuarta parte se sintió más triste.

Entre los estudiantes de liceo y UTU, por ejemplo, se destaca la palabra “nada” como aquello que rescatan del momento en que los centros educativos se cerraron y tuvieron que quedarse en sus casas. Varios complementaron esa respuesta con la angustia que les generó ver los problemas de su hogar o la falta de atención de sus padres.

Según el sociólogo Renato Opertti, “esta emergencia sanitaria dejó demostrado que la familia se tiene que involucrar más en el proceso educativo... la familia no está solo para participar de la kermés de recaudación de fondos”.

El celular: allí donde la mayoría hizo las tareas
Persona usando celular. Foto: Estefanía Leal

Cuando COVID-19 obligó al cierre de los centros educativos, la mayoría de los estudiantes y docentes tenían -gracias al Plan Ceibal- dispositivos de acceso a internet. Casi la mayoría tenía -gracias a la extensión de la red- conexión.

Pero, ¿es lo mismo el acceso y la conexión que estar preparado para el aprendizaje remoto? La encuesta que realizó la ANEP muestra que el teléfono celular fue lo más usado por los estudiantes para la realización de tareas de clase (45%).

Entre los alumnos de UTU, el celular fue la principal herramienta de estudio para seis de cada diez. En Primaria, en cambio, lo fue para tres de cada diez (lo más usado fueron los equipos del Ceibal). El sociólogo Matías Dodel reflexionó en Razone y Personas: “La masificación del celular, si bien es central para reducir brechas básicas de conectividad, no sustituye a políticas de acceso en actividades claves para el bienestar. Ni el gobierno electrónico, ni la educación o el trabajo”.

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