Historia de vida

El último día de la maestra que vivió 37 años en una escuela

En el Paraje Roldán, Ana Dorrego hizo de la escuela su casa y un ejemplo.

Foto: Fernando Ponzetto
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Su sola presencia en la sala emana respeto. Un respeto que da el haber enseñado a leer y escribir a los padres e hijos de todo un pueblo, y que se traduce en que con solo mencionar las palabras “juicio, chiquilines” baste para que todos los alumnos se paren derechitos a cantar el himno. Un respeto que Ana Dorrego cosechó tras 38 años de maestra en la misma escuela -37 de ellos viviendo allí dentro- y que desde ahora otro, u otra, se tendrá que ganar.

Al acto de disponer que, por razón de vejez, una persona deje de trabajar se le llama jubilar. Pero, ¿cómo se le dice al acto de, también por motivos de edad, cesar del cargo a la señora que le enseñó a una comunidad entera a hacer invernáculos para sobrevivir sin reclamarle nada a nadie? ¿Cómo se nombra a ese vacío que deja que el próximo primero de marzo, cuando sea hora de ponerse la túnica blanca y la moña azul, ya no esté Ana para dar la bienvenida, ni su esposo Pedro dándole de comer a las gallinas, o los chanchos, o las vacas o a todo lo que esta pareja deja de herencia en la escuela 34 de Lavalleja?

Dicen que los niños intuyen todo: aunque nadie les había dicho, los ocho alumnos sabían que Primaria había cesado a su maestra. Foto: F. Ponzetto
Foto: F. Ponzetto

En el Paraje Roldán, a la altura en que la ruta 12 deja de ser de bitumen y se convierte en tierra, estos son días de pocas palabras.

El pasado martes fue el último día de maestra y directora de Ana Dorrego, un momento que iba a llegar un año antes -cuando ella y su esposo aún dormían en la escuela- pero que por un cambio en la normativa se postergó 365 días.

Gracias a eso Germán, ojos azules como el zafiro, risa pícara y de solo tres años, pudo disfrutar al menos un año lectivo de la maestra Ana. Y gracias a eso, su hermano Gastón puede decir que acabó todo el ciclo de Primaria bajo el sello de calidad de esta docente.

"Soy optimista"

A Ana Dorrego la embroman de que “no tiene” qué hacer, porque se pasa horas decorando las orillitas de los canteros de la escuela. Pero a ella le divierte que todo se vea bien y que de lo mínimo, como la cosecha de tomates orgánicos, pueda sacarse una ganancia que les implique comer sin depender del presupuesto de Primaria. ¿Qué pasará con la huerta, el gallinero, el tambo, el galpón y todo lo que ella y su esposo forjaron en más de tres décadas? Nadie sabe, pero Ana se declara una “optimista”.

Es que cuando los niños llegan al liceo, como le sucederá a Gastón en marzo, el solo mencionar que pasaron por Ana Dorrego “es sinónimo de garantía”, cuenta la madre de este chico, una de las que dedicó el lunes de tormenta para ayudar a la maestra a preparar el acto de fin de cursos.

“He tratado de inculcarle a los chiquilines que cuando lleguen a Montevideo (por eso de que casi siempre las oportunidades están en la gran ciudad) pisen fuerte, con la cabeza en alto y orgullosos de haber pasado por la escuela rural”. Ana lleva puesta la camiseta de la escuela rural. Es algo que aprendió de Agustín Ferreiro, el docente uruguayo que da nombre a su centro educativo y que inventó las Escuela Granja.

Foto: Fernando Ponzetto
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Ana Dorrego, 64 años, pelo apenas por debajo de las orejas y la piel curtida por el trabajo al sol, fue maestra por desviación. Pese a haber pasado toda su infancia y juventud rodeada del asfalto de Montevideo, siempre tuvo una debilidad por las tareas de campo. De ahí que lo suyo perfilaba para estudiar Agronomía. Pero sus padres no tenían dinero para costearle la carrera, así que terminó inscribiéndose en Magisterio.

En una de las idas al campo de sus tíos, muy cerca del río Santa Lucía, conoció a Pedro Genta. Se lo había cruzado en un baile de la zona sin saber que aquel hombre sería el amor de su vida y el “culpable” de que ella abandonara la capital para radicarse a unos kilómetros de la escuela 34.

Lo que siguió fue obra de decisiones que se tomaron en la marcha. A Ana le ofrecieron un cargo en la escuela, Pedro no quería que ella tuviese que viajar tantos kilómetros diarios, y como el centro educativo estaba bien equipado optaron por hacer de este su casa.

Foto: Fernando Ponzetto
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Allí nacieron sus dos hijas, ambas exalumnas de la mamá-maestra Ana. Allí el gobierno llevó de visita a la princesa japonesa Sayako -por eso de mostrarle la mejor cara de una escuela- y allí habrá un centro de pasantías, un proyecto que Ana propuso en el 2000, pero que recién verá la luz en 2019, sin ella.

En Uruguay hay tres centros de pasantías; en Canelones, Maldonado y Rocha. Son lugares a los que llegan niños de todo el país, por unos días, para aprender de la experiencia del lugar. Es que en la escuela 34 se aprende a sumar contando los huevos que los propios alumnos recolectan en el gallinero, o se conoce las diferencias del pH del suelo embarrándose las manos en la huerta.

Como resume Rafael Martínez, padre y exalumno: “Esta escuela, al igual que Ana, es única en Uruguay”.

Foto: Fernando Ponzetto
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