LA COLUMNA DE PEPEPREGUNTÓN

Dúo en fuga

Ellos nunca son responsables de nada. Nunca. La culpa la tienen los años noventa. El neoliberalismo. La crisis de 2002. La mujer que llevaba la cartera en el asiento del acompañante o la víctima que dejó una ventana abierta. La estación de servicio que insiste en trabajar con efectivo o el comerciante que se arriesga a no atender detrás de una reja.

El ciudadano que comete la osadía de caminar con dinero en el bolsillo o el adolescente que camina con una campera o unos championes de marca.

El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, y su fiel subsecretario, Jorge Váz-quez, llevan ya seis años y medio en funciones. Demasiado tiempo para tan pobres resultados. Durante el gobierno de José Mujica, la creciente inseguridad se transformó en la principal preocupación de los uruguayos. Llegó Tabaré Váz-quez y, negociaciones políticas de por medio, mantuvo al binomio, aunque prometiendo que el delito sería abatido en un 30% en este período. ¿Alguien creyó que el mismo equipo que había sido desbordado por la delincuencia encontraría, súbitamente, la solución mágica al problema? ¿Alguien cree hoy que aquella promesa será cumplida?

Para Bonomi-Vázquez la autocrítica no existe. ¿Los ha escuchado, alguna vez, admitir un error o admitir una falla? Nada de eso. Ellos siempre tienen una excusa. Son los demás los que no entienden. Los que no terminan por aceptar que ellos dos son lo mejor que nos pudo haber sucedido.

La última genialidad del binomio es sacar a la Policía del fútbol. Dejar a los ciudadanos honestos que asisten a un espectáculo deportivo a merced de cincuenta, doscientos o trescientos delincuentes que, de seguro, son los mismos que —cuando no están en el fútbol— roban en un semáforo, copan una casa, venden drogas o matan por cien pesos.

Para Bonomi-Vázquez la Policía debe ser reemplazada en el fútbol por la seguridad privada. ¿Por qué esta súbita determinación de privatizar la seguridad en las canchas, proveniente de quienes combatieron siempre cualquier privatización?

¿Por qué se acepta con tanta resignación que la Policía ceda terreno ante un puñado de vándalos y delincuentes? ¿Porque hay temor de los costos políticos que pueda aparejar la represión policial en una tribuna o en las afueras de un Estadio? ¿Porque siempre es mejor que el trabajo lo haga otro, para luego poder seguir señalando responsables de lo que se hace mal?

Y cuando la Policía se vaya de las canchas y privatice la seguridad en el fútbol, ¿qué seguirá? ¿Se irán de los barrios donde residen las personas con mayores recursos y les dirán que, si quieren vivir tranquilos, se paguen su propia seguridad privada? ¿Hacia ese país nos quieren llevar estos dos funcionarios que, un día sí y al otro también, hacen gala de una soberbia que no se corresponde con los pobrísimos resultados de su gestión?

El presidente de la República no puede o no quiere reemplazarlos. La oposición no tiene fuerza para derribarlos. ¿Hasta cuándo los ciudadanos vamos a seguir rehenes de tanta incompetencia, mientras un Ministerio declina sus competencias por temor o conveniencia política?

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