UNA LEY CLAVE IMPULSADA POR HAEDO

El día que Uruguay reconoció a sus artistas, músicos y literatos

Se cumplen 80 años de la promulgación de la ley de Derechos de Autor.

Mate y bombilla: la donación de la viuda de Florencio Sánchez se exhibe en la Azotea de Haedo. Foto: R. Figueredo
Mate y bombilla: la donación de la viuda de Florencio Sánchez se exhibe en la Azotea de Haedo. Foto: R. Figueredo

Hoy, 17 de diciembre, se cumplen ochenta años de la promulgación de la ley de Derechos de Autor que cambió para siempre y para bien el destino de los escritores, músicos, artistas plásticos y científicos uruguayos. La norma fue impulsada por el entonces ministro de Instrucción Pública, el nacionalista Eduardo Víctor Haedo. Ocho décadas más tarde, la Cámara de Diputados tiene a consideración un proyecto que recibió, hace un año, media sanción del Senado y que echa por tierra todos los principios y derechos consagrados por la ley de 1937.

Con esta ley que lleva el número 9.739, Uruguay fue uno de los primeros países de América del Sur en proteger los derechos de autor. Cuatro años antes, en 1933, lo había hecho Argentina, sancionando su ley de propiedad intelectual que sirvió de inspiración para la norma que Haedo remitió al Parlamento.

El mensaje del proyecto, enviado por el Poder Ejecutivo en mayo de aquel año, decía: "La sanción de una ley que proteja al trabajo intelectual, es en estos momentos una necesidad impuesta por la dignidad y decoro nacional"... Más adelante aseveraba: "Nuestro derecho ha permanecido sordo a las sugestiones y exigencias de la labor creadora", para enfatizar luego que (...) "la protección del trabajo intelectual, es imperativo constitucional. El artículo 32 (hoy 33) de la Constitución de la República impone que "el derecho del autor, del inventor y del artista sean reconocidos y protegidos por la ley".

Hasta entonces, los creadores uruguayos malvendían su trabajo y estaban, en el mejor de los casos, a merced de intermediarios, editores inescrupulosos o compañías discográficas voraces. Y eran muchos los que no percibían ni un peso por su trabajo.

Barranca abajo.

Las cartas que Florencio Sánchez le escribió a su amigo y mecenas Pablo Minelli desde Italia en 1909, ilustran muy bien cuál era su situación económica. El reconocido dramaturgo uruguayo había sido enviado a Italia por el gobierno del presidente Claudio Williman para que informara acerca de la conveniencia de que Uruguay participara en una exposición artística a celebrarse en Roma. En realidad, Williman, que sabía de las penurias materiales que atravesaba Sánchez, quiso ayudarlo para que tuviera un ingreso e intentara que sus obras se tradujeran y se representaran en Italia.

Desde Milán, el dramaturgo le escribía a Minelli:

"Compañero: Estoy en la getta (sic). Debíamos haber firmado el contrato con Marazzi ayer, pero se le ha enfermado al hombre un hijito y ha tenido que partir. La cosa tendrá una dilación de no sé cuánto y estoy otra vez sin medios. Mándeme doscientos por telegrama que lleguen antes del sábado que aguardo la cuenta del hotel...".

Un mes después, en diciembre de 1909, Sánchez estaba en medio de tratativas para vender sus derechos de la obra Los muertos. Y volvía a escribirle a Minelli:

"(...) De dinero no muy bien. Tengo algunos francos pero no estaría demás que me enviara en un sobre 200 francos y me los mandara por recomendada para evitarme las molestias de retirar un giro postal...".

A poco de llegar a Europa, Sánchez enfermó de tuberculosis y un año y dos meses después de su partida de Montevideo, el 7 de noviembre de 1910, murió en el Hospital de la Caridad de Milán. En Montevideo y en el más absoluto desamparo económico quedó su mujer Catalina Raventos.

El espíritu de la ley.

Haedo y los legisladores de aquella época entendieron que la producción intelectual debía ser considerada como lo que verdaderamente es, un trabajo, y por lo tanto tenía no solo que ser remunerada, sino protegida.

La intención de los legisladores de entonces quedó claramente establecida en el primer artículo de la ley 9.739 denominada de "propiedad literaria y artística".

"Esta ley protege el derecho moral del autor de toda creación literaria, científica o artística y le reconoce derecho de dominio sobre las producciones de su pensamiento, ciencia o arte, con sujeción a lo que establece el derecho común y los artículos siguientes...".

La muerte de Sánchez agravó la ya precaria situación económica de su viuda. En 1937, Catalina Raventos tenía casi 60 años y carecía de recursos para llevar una vida digna, mientras que las obras de su marido se seguían representando y publicando libros con sus creaciones sin ningún tipo de control y sin pagar derechos de autor.

El 17 de diciembre de 1937, el Poder Ejecutivo promulgó la ley de propiedad literaria y artística, que dos días antes había sancionado la Cámara de Diputados. Una semana después, Haedo recibió en su casa un regalo. Era una caja en cuyo interior se encontraba el mate y la bombilla de Florencio Sánchez y que hoy pueden apreciarse en La Azotea de Haedo, la ex casa de verano del político blanco en Maldonado. La carta dice:

"Al obsequiarle a Usted que tanto ha hecho por los intelectuales de este país, poniendo toda su energía, todo su dinamismo a la sanción de una ley tan justa y tan noble, como la de Propiedad literaria, quiero que conserve este mate y bombilla de mi esposo como una reliquia. Catalina Raventos de Sánchez".

Ochenta años transcurrieron de esta historia. Hoy, se corre el riesgo de desandar el camino transitado a lo largo de todo este tiempo y volver a marginar y castigar a los creadores por su trabajo, desconociendo los derechos consagrados no solo en la ley de 1937, sino por mandato de la Constitución. La decisión está en manos de la Cámara de Representantes.

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