Reasentamiento

No todo es color de rosa para los sirios

A tres meses de instaladas en Uruguay, algunas de las cinco familias de refugiados sirios presentan problemas de adaptación.

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Una de las refugiadas intentó quitarse la vida luego de recibir imágenes sangrientas de su familia.

Los mecanismos dispuestos por el Gobierno no alcanzan para que estas personas compatibilicen sus costumbres y superen los traumas que muchas veces los siguen a pesar del tiempo y la distancia.

La iniciativa del presidente, José Mujica, de refugiar a familias sirias que escapan de la guerra fue aplaudida por varios países y organismos internacionales e incluso fue utilizada como bandera por el MPP durante la pasada campaña, pero estuvo plagada de cierta improvisación desde el principio. Primero se habló de traer a "niños sirios", se evaluó alojarlos en la Estancia Anchorena e incluso se llegaron a barajar varias fechas de arribo. La misma improvisación se notó cuando surgieron los problemas. Diferencias entre clanes, traumas y conflictos familiares hicieron que la adaptación no fuera tan natural y pacífica como se esperaba.

Y uno de estos conflictos casi se transforma en tragedia. Una refugiada siria, de 45 años, intentó suicidarse días atrás luego de recibir truculentas imágenes desde Siria. Paciente bipolar, esta madre de ocho hijos fue obligada a casarse con trece años, cuando fue vendida a su propio primo. Luego de enviudar, conoció al amor de su vida, con quien seguía en contacto a pesar de que el hombre permanecía en Siria. Su familia, firmemente opuesta a esta relación, le habría enviado por celular imágenes de la decapitación de su pareja, lo que desató la crisis nerviosa.

La mujer fue internada dos veces en el Hospital Pasteur: una por intento de suicidio y otra por una crisis nerviosa que la llevó a romper todo el mobiliario de su hogar. En la segunda internación se la intentó derivar al Sanatorio Villa Carmen, el que no la habría aceptado, y luego se la internó en el Sanatorio Bernardo Etchepare, de donde se intentó fugar. Finalmente, la mujer terminó en el Hospital Vilardebó.

Fuentes que compartieron varios días con la paciente comentaron que la mujer tenía raptos de violencia —llegó a reducir con su velo al guardia de seguridad en dos oportunidades—, se negaba a tomar la medicación y "chateaba" todo el día con personas en Siria. Se le permitió tener el celular con ella durante el día, conservar su cinturón y su espejo, cosas que no pueden hacer otros pacientes. Además, rechazaba la comida del Hospital y pidió hamburguesas, ensalada rusa y un refresco, lo que le fue concedido.

Con excepción de los psiquiatras, el personal médico que la atendió —como las asistentes sociales— no pertenecen al centro de salud y estuvo acompañada todo el tiempo por un traductor personal. Según dijo la fuente a El País, sin embargo, tanto la mujer como su familia entendían "muy bien" español y también "algo" de inglés.

Tras recibir la aprobación médica la mujer esperaba ayer que alguien la recogiera en el Hospital Vilardebó y la llevara a su casa, donde deberá estar acompañada las 24 horas del día por personal asignado por el Gobierno.

Tanto la Secretaría de Derechos Humanos de Presidencia —donde se dijo a El País que los funcionarios encargados de los sirios estaban de licencia— como en Cancillería —donde la encargada está de viaje— afirmaron no estar al tanto de la situación de la viuda, que seguía esperando en el Vilardebó.

Se evaluó la posibilidad de trasladar el tema al Ministerio de Desarrollo Social (Mides), pero se encontraron con las mismas trabas que en los otros dos organismos estatales.

Desde hace meses, por desconocimiento o voluntariamente, la información sobre los refugiados sirios emana a cuentagotas desde los distintos organismos oficiales encargados del tema.

Y respecto a los responsables del reasentamiento, también hubo cambios sobre la marcha.

En principio, el encargado principal del realojo era Javier Miranda, de Presidencia. Sin embargo, Cancillería se hizo cargo del tema tras suscitarse problemas de diversa índole que desbordaron a la Secretaría de Presidencia.

Problemas internos.

Fuentes consultadas indicaron que en Los Maristas —hogar que compartieron las cinco familias sirias las primeras semanas— la convivencia se había deteriorado porque las familias, por razones culturales, no se llevaban entre sí, aspecto que no fue previsto a la hora de las entrevistas preliminares que se realizaron previamente en Líbano para seleccionar candidatos.

Eso derivó en que un hombre, a las pocas semanas de haber llegado, resolvió pedir que se lo enviara nuevamente a su país junto a su familia. La información fue confirmada a El País por fuentes de la Cancillería, aunque no especificaron cuándo recibieron el planteo y si abarcaba a todos los integrantes de la familia.

Mediante la intervención de Cancillería, se tomó la decisión de separar a las familias para evitar los problemas. Fue así que se designaron referentes para cada grupo, uno de ellos fue llevado a Juan Lacaze (ver recuadro).

Por otro lado, el presidente Mujica llegó a hablar en su momento que los problemas de adaptación surgían, en parte, porque las familias "hacen lo que hacían nuestros abuelos", dando a entender que podría haber problemas de violencia hacia la mujer.

El trauma, la lejanía, el desconocimiento del idioma y las diferencias culturales hacen que estas familias sigan moviéndose en pequeños grupos.

Si bien todas vinieron por su propia voluntad y con la esperanza de construir una nueva vida, les está siendo difícil integrarse en la sociedad.

Por la suya.

Por su propia voluntad, y sin ayuda oficial, llegó también a Uruguay la familia de Jamil y Raja, una semana después que el grupo traído por el Gobierno. Hoy, 3 meses después, esta pareja con ocho hijos sigue viviendo en un garaje de Pocitos y durmiendo en colchones.

El garaje, con algunas tapias, maderas y arreglos precarios, llama la atención ante la prolijidad del resto de las casas. Qué Pasa se trasladó hasta allí para conocer cómo es la vida de esta familia, pero fue recibido por las hijas de la pareja, quienes luego de algunas palabras en árabe y —unas pocas en español— dieron a entender que lo mejor era contactar al Centro Islámico del Uruguay.

Ali Jalil Ahmad, el presidente del Centro Islámico, dijo que las condiciones del garaje han mejorado en estos meses. Luego de una nota realizada por El País en octubre recibieron donaciones de colchones, muebles y otros objetos fundamentales. Ahora la principal necesidad son alimentos.

La idea es poder mudar a la familia a una vivienda acorde, algo que está resultando difícil. Según Alí se ha intentado contactar al Mides, a la agencia de ONU para refugiados, e incluso a Presidencia para que esta familia sea incluida en los programas gubernamentales, pero no ha tenido éxito. Conseguir trabajo tampoco es fácil para Jamil. En Siria era chofer y se dedicaba a la limpieza de maquinaria. Pero es difícil que alguien contrate a un mecánico que no habla español. Por ahora trabaja en el lavadero de autos que funciona debajo del Centro Islámico.

Cuando Jamil y Raja llegaron al país, el Centro Islámico planeaba recibir a otra familia siria pero, a raíz de los inconveniente, decidieron concentrar los esfuerzos en esta familia.

Respecto a Uruguay como destino para refugiados, Ali dice que, si bien la ayuda es menor que en Europa, en Uruguay los programas de Gobierno son muy buenos. Por ahora Jamil y Raja no tienen la suerte de probarlos. Y los "refugiados oficiales" aún enfrentan problemas de adaptación. (Producción: Francisco Marques y Diego Píriz)

Niños se adaptan con facilidad a Uruguay


Los niños, como era de prever, son quienes se adaptan con más facilidad a las costumbres uruguayas. A pocos días de arribar al país, los menores de los refugiados sirios ya hablaban algunas palabras en español y jugaban con cualquier niño que los fuera a visitar a la Casa de Retiros de los Hermanos Maristas, en Villa García. Luego se incorporaron sin mayor problema a la Escuela Experimental de Malvín y hoy son la esperanza de sus padres, que miran con cautela a la idiosincracia uruguaya. Desde las entrevistas preliminares argumentaron que la principal razón para dejar de ser refugiados en Líbano era la necesidad de darle educación y la posibilidad de un futuro mejor a sus hijos en Uruguay. El presidente, José Mujica, planteó desde un primer momento que el 60% de los refugiados debían ser menores de edad.

En Juan Lacaze se adaptan y los vecinos los incorporan a la ciudad


En el momento exacto de arribar a Uruguay, el destino puso a prueba toda la red dispuesta por el Gobierno para atender a los refugiados. Uno de los niños sirios sufría dolor de muelas y le debieron realizar una extracción.

El Gobierno brindó a las familias sirias ayudas de diversa índole: atención de salud adaptada en la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE), vivienda, una cuenta bancaria, teléfonos celulares y líneas para ayudar a su adaptación. Y los niños fueron los primeros en aprovecharlo.

Merhi y Sanha, quienes viven junto a sus doce hijos en la granja "La Esperanza Sabalero" de Juan Lacaze, Colonia, hicieron buen provecho de estas ayudas. Sus dos hijos mayores y sus familias todavía están en Siria. Los refugiados llegaron el 13 de diciembre a la ciudad. Según el cura Juan Tejero de la parroquia Juan Lacaze, un profesor del Jesús María —en donde los sirios pasaron dos semanas de adaptación— notó un espíritu de fraternidad "muy lindo" en la ciudad y recomendó a Juan Lacaze al Instituto de Derechos Humanos.

Hoy la familia vive en esa granja destinada para niños discapacitados. Allí les fue cedida una hectárea de terreno para que la trabajen. El Movimiento para la Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural (Mevir) construyó la casa donde ahora viven. También se les instaló una huerta, y los niños reciben clases de español en la propia granja.

Según Tejero, los sirios se van amoldando con el resto de la ciudad. Por ejemplo, esta semana fueron invitados al Movimiento Anti Ocio, un programa de actividades del que participan más de trescientos chicos de la ciudad. Y se adaptaron bien.

Según Juan Bautista, uno de los fundadores de La Esperanza Sabalero, a los hijos más chicos, al haber recibido clases de español en la escuela Malvín en Montevideo, se les hace más fácil. A los más grandes, de 20, 18 y 16, les cuesta más. Pero se las ingenian. En algunos casos se dan a entender mediante el traductor del celular. Aunque el idioma es una barrera, ha habido ofrecimientos de trabajo para desempeñarse en un tambo o como sereno. Pero le toca a las autoridades definir cuál es la mejor ocupación.

(Producción Francisco Marques y Diego Píriz)

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