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La casa más loca de Carrasco

Comenzó a construirla un italiano en la década de 1970; había llegado al país en 1949.

La cara del laberinto: fachada y portón de ingreso a la casa. Foto: F. Ponzetto
La cara del laberinto: fachada y portón de ingreso a la casa. Foto: F. Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto
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Foto: Fernando Ponzetto
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Foto: Fernando Ponzetto
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Foto: Fernando Ponzetto

Desde Montevideo en dirección a Canelones, transitando por Camino Carrasco, a poco de atravesar el puente que enlaza a los dos departamentos, unas cuadras hacia el norte, en la calle Vaz Ferreira, sorprende la fachada de una vivienda que más bien parece la escenografía para un film de ciencia ficción.

Tiene algo de estación espacial futurista, de observatorio astronómico marciano, y algo de construcción del paleolítico que rinde tributo a Los Picapiedras Pedro y Pablo.

Su proyectista, dueño, y morador junto a familiares y quien es su esposa desde hace 62 años, se llama Carmelo Vergalito. A él no le importa estar a salvo del olvido. Vive cada día sin pretensiones de artista, pero hasta hoy no para de trabajar como un artesano en la fantasía que construyó por etapas, desde la década de 1970, hasta entretejer 25 habitaciones.

Don Carmelo cumplirá los 90 de edad el 16 de julio del próximo año. Llegó a Uruguay el 13 de mayo de 1949, procedente de Abruzzi. Vivió en diversos barrios, en República y Hocquart o en la calle Arrayán hasta que en 1957 consiguió un terrenito en la Avenida San Martín. "Ya en el 63 vivía de rentas, mire qué napolitano, hay que tener el que te dije, ¿eh?", recuerda entre risas.

"El artista nace, no se hace, es mentira. Yo no sé si soy artista o qué. Estuve en Asia, América del Norte, en Canadá, Buenos Aires, España y bueno, varias veces en Italia después que me vine. Y esto que usted ve no existe. Es un cero al lado de otras obras, pero este cero no lo ve en ningún lado. No existe", sentencia Don Carmelo.

Por 1952 no le fue bien como quintero medianero. Lo que debía pagar al dueño de un campo en Malvín Norte casi no le dejaba para sobrevivir. Fracasado el emprendimiento en el cual lo acompañaron un hermano y un cuñado, y también su intento de ser feriante, Carmelo se fue a rasquetear y pintar paredes con un amigo calabrés que tenía 40 años cuando él 27 y hacía 5 que estaba en Uruguay.

Esta labor le permitió aprender a construir, solo mirando.

En 1957 Carmelo ya había despegado, como le gusta decir. Realizaba trabajos por su cuenta. "Yo aprendí de tipos que saboreaban el trabajo", confiesa.

La idea de insertar en las paredes y pisos trozos de cerámica de distintas formas, colores y tamaños, o restos de mármol, surgió cuando vio la casa "pituca" que se estaba haciendo un amigo sastre, en el barrio Unión, en la calle Joanicó y Pan de Azúcar.

En una pared aparecía calado el mapa de Uruguay y entre los ornamentos había una golondrina grande con sus alas abiertas como si fuera un águila. "Yo veía que ponía chirimbolos en la estufa a leña, con baldositas escalonadas. Yo me defendía con la pintura pero no era por esa época albañil. Y bueno, un día empecé a sacarle el jugo a las piedras. Lo que usted tira yo lo uso, le veo algo a cualquier recorte que va a parar a una volqueta", dice Carmelo.

El mismo humor jorobón que demuestra para pedirle al cronista que no olvide que su apellido termina en "lito", Carmelo lo expuso en la inclusión de artefactos y chatarra en su vivienda, por ejemplo las mitades enlazadas de dos autos que los dejan avanzando hacia puntos opuestos, la ventanilla de otro coche que se abre desde el interior de la casa con la manija original que sirve para bajar y subir el cristal, los caños que simulan telescopios o la escultura amorfa de un humanoide que posa en el jardín y al cual Carmelo presenta entre risas como su otro yo, una obra que hizo hace 7 años.

Desechos.

En piezas de su casa laberíntica, "en donde no moleste", él va acumulando materiales de desecho, desde maderas chamuscadas que se sacó de encima una barraca hasta trozos de rejas. "Ahora estoy haciendo apartamentos con esta porquería; ya hice tres y van tres más", cuenta Carmelo.

En la casa de la Avenida San Martín que terminó arrendando, un día llegó a instalar sobre la azotea lo que denominó "El sillón del Papa". Allí, con 2.000 botellas también levantó algunos muros. "Ya ni sé que habrán hecho los inquilinos ahora", sostiene sin parecer demasiado preocupado.

"Yo era un tipo que no perdía oportunidad, no se necesita ser muy inteligente, hay que tener voluntad. No es verdurita. Pero lo que hice del 2007 para acá no lo hice cuando tenía treinta años", comparte Carmelo en un castellano que conserva el acento tano.

Manos a la obra.

"Si usted me da cal, arena, agua y piedras, le hago una casa", se compromete.

Pero hay que conseguir un buen predio, que permita ir a tres metros bajo tierra y armar los cimientos para lo que serán paredes de tres cuartas de ancho, unos 60 centímetros. A lo largo de los extremos de la "zanja" se coloca la lasca o laja, fragmentos delgados de piedra, que si proceden de Minas, mejor, inigualables, sentencia Carmelo Vergalito, mientras gesticula con el espíritu grecolatino de un histrión.

Entre esas lascas van cascotes, piedras macizas, y la argamasa de cal, arena y agua. Mucho antes de la aparición del cemento, ese conocimiento llegó a Italia desde Grecia.

En una recorrida para observar más detalles de su casa desde el exterior y explicar en qué consiste esta y aquella otra pieza adosada, el constructor y este cronista caminan entre las veredas pastosas sobre las que no falta la arena, tan a flor de tierra en la zona.

Por la cercanía con el aeropuerto de Carrasco, de pronto un avión sobrevuela el lugar, pero a intervalos más estrechos interrumpe la calma un helicóptero de vigilancia.

En una ocasión, Carmelo mira al cielo despejado, en una jornada de sol que se extrañaba desde hace meses. No oculta los ojos brillantes y brillosos de un gato perturbado por el vuelo de aleteo de una paloma.

—¡Cuántas partes de ese helicóptero le caerían a medida a su casa!— da la impresión que sueña Carmelo, antes de quejarse un poco de la humedad que en el Plata entumece los huesos.

Extraña de Italia aun los fríos invernales, porque el clima es seco. Más allá de eso dice que por lo que conoció en muchos viajes, Uruguay "es el mejor país del mundo".

En busca de aire.

Carmelo salta de un tema a otro, en ocasiones se va por las ramas, pero lo que cuenta termina vinculado al motivo de la entrevista.

Recuerda que su padre zafó de alistarse como soldado para estar al servicio durante la Primera Guerra Mundial debido al consejo de un pariente mayor. Se tomó un mejunge amarguísimo cuyo principal ingrediente era un toscano cortado en pedacitos.

El brebaje resultó efectivo para el fin perseguido, pero además de altísima fiebre le terminó afectando un pulmón. Dos por tres, aquel joven que años después sería su padre debía abrir una ventana para respirar aire puro.

Tal vez por eso la casa de Carmelo tiene tantas ventanas.

Algo más que un arte fantástico e inverosímil.

Al igual que el arquitecto estadounidense Michael Reynolds, apodado el "guerrero de la basura", Carmelo Vergalito aprovecha materiales desechados, pero como creador espontáneo no se ajusta ni a la bioconstrucción ni a los modelos de casas autosustentables.

Su vivienda es un hogar singular, rodeado y cubierto de piezas que conforman un conjunto espectacular para unos, inverosímil para otros.

Refiriéndose a Carmelo y más creadores que es difícil encasillar, el investigador Pablo Thiago Rocca afirma en su libro Otro Arte en Uruguay, que si ellos acumulan "lo hacen por un sentido de riqueza que no es nada ´económico´. Es la riqueza de lo diferente, de lo caleidoscópico y de lo imposible hecho realidad".

En su casa excéntrica, Carmelo aprovechó todo y de cada objeto recobró "una nueva vida, que trasciende los usos decretados por la arquitectura convencional".

La rareza de la casa "no radica en algún tipo de extravagancia o de absurdo", sino que es "ex-céntrica" por hallarse "fuera de los parámetros de producción irradiados desde las metrópolis y sus filiales, que ordenan la construcción masiva, uniforme e iterativa de nuestras viviendas, todas parecidas entre sí", evalúa Rocca.

Viviendas raras que nacen del esnobismo.

La aplicación de trozos de cerámicas desechadas, de diversos colores, sobre paredes y pisos, es un recurso que aparece en una vivienda de San Pablo, Brasil, también laberíntica y no construida tampoco con planos, ni supervisada por un arquitecto, sino erigida por el jardinero de oficio Estevao Silva da Conceicao.

Sus espacios interiores son más intrincados que los de la casa de Carmelo Vergalito, se asemejan a una cueva con columnas que simulan árboles, a lo Gaudí, representante del modernismo catalán. Y en lo decorativo incluye, por ejemplo, piezas enteras, platos de loza o tazas. Pero el espíritu del reciclaje puede compararse.

Navegando por internet hay múltiples listas de viviendas extravagantes. Sin embargo, la mayoría no pasa de plasmar una ocurrencia y ser pura novelería.

Por ejemplo, una casa con forma de barril, otra con forma de zapato, o de pelota de fútbol, de canasta de picnic, de tetera, o de nave espacial más parecida a una escenografía de Carnaval que a una obra habitable.

Rastreando un poco más, puede hallarse una vivienda que aprovecha el fuselaje de un avión, montado sobre columnas de piedras. Pero en cada caso, puro esnobismo.

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