Pepe preguntón

Yo soy Carlos

Carlos Barrios tenía 55 años. Aunque era todavía joven, ya había comenzado a tramitar su jubilación como policía, tarea a la que había dedicado su vida.

La semana pasada, Carlos decidió reemplazar a su hijo, que se encontraba de vacaciones, en el reparto de pollos con el que el joven se ganaba la vida.

Carlos repartía mercadería junto a otro trabajador en el Cerro cuando dos menores de edad a bordo de una moto le cerraron el paso, le amenazaron con armas y le intimaron a detener el transporte. Como el tránsito de la zona no le permitió parar de inmediato, los delincuentes comenzaron a disparar.

Carlos recibió un disparo en el pecho y otro en la cabeza. Murió en el acto. Sobre su cuerpo pasaron los delincuentes que, tras herir a su compañero en las dos piernas, robaron la magra recaudación de apenas dos horas de trabajo.

Carlos salió esa mañana a trabajar para llevar un peso más a su casa. Jamás volvió. Jamás volverá.

Una semana antes, cuando había comenzado a reemplazar a su hijo en el reparto, ya le habían asaltado. La segunda vez fue la vencida.

El pasado 10 de enero, Javier Soria fue asesinado en la zona de Colón mientras repartía chacinados. Estaba trabajando. Y perdió la vida haciéndolo.

Un informe de Subrayado reveló que al menos un repartidor es asalto diariamente en la periferia de Montevideo. Algunas empresas ya no ingresan en determinadas zonas. Los que no tienen más remedio que hacerlo, porque así mantienen a sus familias, y no disponen de recursos para financiar una custodia privada, son asaltados y, en ocasiones heridos o asesinados.

En estos días, en que es común ver a uruguayos que —legítima y comprensiblemente— se manifiestan en la calle o en las redes sociales con un "Je suis Charlie Hebdo" o un "Yo soy Nisman", sería interesante preguntarse por qué no parece indignarnos de igual modo una tragedia que, aunque ciertamente menos glamorosa, se produce cada día a nuestro alrededor.

¿Por qué la muerte de un trabajador nos indigna tan poco? ¿Por qué el episodio reiterado, de un hombre bien abatido mientras lleva mercadería a una zona donde la mayoría es gente de trabajo, no nos moviliza? ¿Por qué?

¿Qué nos pasa? ¿Nos hemos resignado? ¿Estamos acostumbrados a que estas cosas sucedan y se sucedan?

¿Dónde está el PIT-CNT? ¿Acaso no le importa que la vida de trabajadores esté en juego? ¿Por qué? ¿Porque los Carlos Barrios o los Javier Soria no son afiliados? ¿O porque no quieren hacer demasiado ruido para no perturbar al ministro Eduardo Bonomi y a su partido?

¿Hay trabajadores de primera y trabajadores de segunda? ¿Hay vidas de primera y otras por las que nadie hace un paro de cinco minutos?

¿A nadie le interesa que haya trabajadores de la periferia que hoy ven como repartidores y emergencias médicas ya no quieren entrar a sus barrios por miedo a ser asaltados y asesinados? ¿Y los derechos de esas personas? ¿Y el derecho a la vida de los trabajadores muertos?

Demasiadas preguntas que, al parecer, nadie quiere hacerse.

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