OPINIÓN

Canción de libertad...

No hay niños, niñas, adolescentes y jóvenes libres si su educación y oportunidades dependen del pago donde nacieron.

Banderas del Partido Nacional. Foto: Archivo El País
Banderas del Partido Nacional. Foto: Archivo El País

El Partido Nacional ha evolucionado en el tiempo. Desde la concepción Oribista de Estado-Nación que marcó el camino, el audaz y transformador Berro, la defensa de las Libertades y la soberanía nacional en hombros de Gómez primero y los Saravia después, la intelectualidad de Herrera, hasta la estatura y vanguardia de Wilson, se escribieron las páginas más brillantes, heroicas y menospreciadas de nuestra historia. Nuestra colectividad pasó por los más duros momentos y siempre ha sabido reinventarse.

Los distintos sectores nacen, se transforman, crecen o se achican, desaparecen. Generalmente detrás de una figura descollante se ven crecimientos exponenciales que llevaron a la histórica colectividad a las mayores victorias, como a algunas de las más dudosas y amargas derrotas. Así, transitamos casi dos siglos con pocos triunfos electorales, pero muchas victorias significativas para el destino del país, llegando hoy al liberalismo solidario del Presidente Luis Lacalle Pou.

Por distintos motivos, a lo largo de las últimas décadas los Blancos hemos perdido contacto con algunos sectores de la sociedad, lo que nos condujo a una cierta pérdida de representatividad. Especialmente con aquellos urbanos, de la sociedad civil organizada y con los movimientos estudiantiles y gremiales. Esto implicó dejar a muchos compañeros por el camino, especialmente a una parte importante de las nuevas generaciones, quienes seguramente de conocer lo que realmente representa nuestro partido, se sentirían parte del mismo.

A su vez, errores propios y aciertos discursivos ajenos, ayudaron a construir ese falso concepto ya instalado en el inconsciente colectivo, de que el impulso de la libertad, esa magnífica empresa humana de elevación de la dignidad del individuo, es sencillamente un movimiento individualista y egoísta. Usualmente reducido a aquello de: “el Estado no debe intervenir” dejando a cualquier oriental librado a su propia suerte.

No estamos dispuestos a dar la discusión en estos términos, la lectura final no puede minimizarse a números que no tienen alma.

Desde luego eso no es Libertad. Al menos no la que perseguimos y por la que luchamos los Blancos en 184 años de historia.

No hay libertad colectiva posible sin personas libres.

No hay niños, niñas, adolescentes y jóvenes libres si su educación y oportunidades dependen del pago donde nacieron.

Las personas libres no amanecen entre barro y basura.

No hay mujeres libres si no podemos como sociedad garantizar equidad y seguridad.

No hay personas libres si su género u orientación sexual es una condicionante para ejercer sus Derechos.

No hay productores, comerciantes, emprendedores ni trabajadores libres si el Estado es una carga burocrática e impositiva, y no un socio.

La libertad es social, económica, de expresión y toda índole, o no es. Es colectiva o no estará jamás conquistada.

Para eso el Estado debe ser escudo y sostén de los más perjudicados, pero generando oportunidades, vehículos de independencia, no vínculos de necesidad. Debemos entonces trabajar por un país descentralizado, que corrija las inequidades propias de otros tiempos y miedos. Un país donde no falte nadie y no se permitan más discursos de odio y división.

El Partido Nacional tiene en estos cinco años un doble deber: entregarle al gobierno sus mejores hombres y mujeres para conducir al país, y ampliar su ventana de ingreso.

Para que esto suceda, es clave generar espacios que funcionen como puerta de entrada pero también como contención de muchos Blancos que, en contadas ocasiones, no se sienten plenamente representados por nuestra dirigencia.

La diversidad, la pluralidad y las discrepancias nos enriquecen. Nunca fuimos ni estamos dispuestos a ser el partido de las decisiones y los votos unánimes.

Se dice que las nuevas generaciones no están politizadas, no es así.

Los movimientos y las causas sociales, hoy son el espacio de encuentro. Los partidos políticos muchas veces no representan, entre otras cosas, por la brecha generacional entre la dirigencia y los jóvenes.

Trabajamos para que el Partido que queremos sea voz de todos nosotros, entendiendo que hay una forma de hacer política, todavía vigente, que no va más.

Por convicciones y raíces profundamente blancas, por creer y querer a la herramienta, estamos convencidos de que debemos re-generar una corriente nacional, urbana y rural, cercana a las organizaciones de la sociedad civil, presente en sindicatos y movimientos estudiantiles. Que sea también una caja de resonancia de jóvenes comprometidos.

A fin de cuentas, es necesario recoger distintas pequeñas verdades a lo largo y ancho del país. No con el simple designio de triunfar electoralmente, sino para recoger distintas pequeñas esperanzas, que juntas harán una gran esperanza colectiva.

Debemos materializar un compromiso con nuestra comunidad espiritual, la oriental, que tarde o temprano, llevará a la comunión entre el pueblo y el gobierno.

Uruguay está esperando.

El compromiso es por un país más libre y más justo.

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