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El camino que llevó a la guerra

La defensa de Paysandú por Leandro Gómez y sus hombres fue la reafirmación de la soberanía nacional.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Catedral de Paysandú bombardeada por la Armada Brasileña Foto: Archivo El País

El 19 de abril de 1863 el general Venancio Flores invadió territorio oriental desde la Argentina por el Rincón de Haedo. Flores reivindicaba las libertades para su partido (que nunca habían sido cuestionadas) y ponía como pretexto para la empresa dos grandes hechos: la prohibición, por parte del gobierno del presidente Bernardo Berro, de un acto de conmemoración de los mártires de Quinteros, y los conflictos con la Iglesia, de la cual el caudillo colorado se presentaba como defensor (…).

El movimiento obedecía, sin embargo, a causas mucho más complejas que la situación interna del Uruguay. En la Argentina la separación de Buenos Aires del tronco nacional había finalizado cuando el general unitario Bartolomé Mitre derrotó al caudillo federal Justo José de Urquiza en la batalla de Pavón. (…) Venancio Flores, que se había vinculado a Mitre por razones políticas y de negocios, participó de manera destacada en esa batalla y utilizó ese prestigio para lograr el apoyo del gobierno argentino a su proyecto.

Al mismo tiempo, tanto la Argentina como Brasil tenían crecientes problemas con el gobierno del Paraguay, presidido entonces por el mariscal Francisco Solano López. Éste, que estaba conformando el ejército más poderoso de la región, exigía ventajas geopolíticas, fundamentalmente la salida al mar que requería su expansión económica (…) López había mantenido excelentes relaciones con el gobierno uruguayo en tiempos de Berro, y por ello tanto Mitre como el Imperio del Brasil veían con buenos ojos la caída de este y su sustitución por alguien que garantizara el apoyo a la guerra que ya estaba en el horizonte. (…)

El gobierno oriental tuvo información certera de que en la Argentina se estaba preparando un movimiento subversivo y que al frente estaba Flores, pero recibió reiteradas garantías del presidente Mitre de que su gobierno no respaldaría ningún acto de agresión al Uruguay. A partir de la invasión del 19 de abril, la complicidad unitaria fue evidente y ya no se pudo ocultar.

Flores desembarcó con muy poca gente y se juntó de inmediato con el caudillo Gregorio Suárez (apodado “Goyo Jeta” y célebre por su intransigencia y su crueldad) y el coronel Fausto Aguilar. El movimiento, hasta entonces, tenía las características de improvisación y quijotismo de todos su similares (…). Durante dos años el caudillo dio vueltas por la campaña, evitando combates frontales, ganando y perdiendo escaramuzas, pero sin tener ocasión de poner en riesgo la estabilidad del gobierno. (…) Pero cuando finalizó el gobierno de Berro y asumió Atanasio Aguirre como presidente interino, se produjo la intervención directa del Brasil y el conflicto se internacionalizó. (…).

El 6 de mayo de 1864 llegó a Montevideo el diplomático brasileño José Antonio Saraiva, responsable de una misión de la mayor importancia. (…) Saraiva se reunió el 12 con el presidente Aguirre. En tono amable le aseguró la amistad del emperador y le dijo que portaba un pliego de reclamos en los cuales el presidente interino no debía apreciar intento alguno de coacción. Pero, cuando el 18 entregó dicho pliego al entonces ministro de Relaciones Exteriores, Juan José de Herrera, quedó claro que la realidad era bastante más ruda (…). Saraiva no pretendía, en realidad, conseguir concesiones del gobierno oriental sino, por el contrario, tener en su negativa el pretexto para la intervención armada (…). Los 63 reclamos presentados eran una agresión directa a la soberanía nacional.

El 4 de agosto (…) Juan José de Herrera recibió un ultimátum: seis días para dar satisfacción a todas las reclamaciones del Imperio. (…) La respuesta del ministro oriental es de una memorable dignidad: “Ni son aceptables los términos que se ha permitido Vuestra Excelencia al dirigirse al gobierno de la República, ni es aceptable la conminación. (…) Por eso es que he recibido orden de Su Excelencia el presidente de la República de devolver a V.E. por inaceptable la nota ultimátum que ha dirigido al gobierno. Ella no puede permanecer en los archivos orientales”.

Era la guerra. Y la guerra perdida de antemano. Las acciones bélicas de Brasil comenzaron inmediatamente. El Barón de Tamandaré, al frente de la escuadra (12 barcos de guerra) bloqueó el puerto de Montevideo y remontó el Uruguay para apoyar a Flores en su campaña en el litoral; en septiembre, José Mena Barreto invadió territorio oriental al frente de 7.000 hombres que luego llegarían a ser más de 10.000 y se apoderó de Melo. Mientras tanto, Flores sitió la ciudad de Florida. En la batalla murió su hijo Venancio, lo que enloqueció de dolor al caudillo. Cuando la guarnición al mando del mayor Jacinto Párraga se rindió, Flores dio la orden de que lo fusilaran junto a seis de sus oficiales. (…). Luego de un breve sitio a Montevideo, Flores marchó en dirección oeste, tomó Trinidad y Mercedes, y después avanzó hacia el norte. En noviembre ocupó la ciudad de Salto, sin resistencia, luego de lo cual avanzó sobre Paysandú.

Tomado del libro Orientales. Una historia política del Uruguay, Tomo I (Planeta, 2004) pp. 282-287.

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