UNA BODA COMPLETA

La boda más exótica del verano

La celebraciones del enlace entre la uruguaya Jessica Taylor y el keniata Hanif Mamdami duraron cinco días

Los recién casados se retiran luego de haber dado el "sí, quiero". Foto: Sofía Orellano
Invitados: entre los amigos que fueron a la boda estuvo el chef argentino Francis Mallmann. Foto: Sofía Orellano
Los recién casados cruzaron en barco la Laguna Garzón hacia La Caracola. Foto: Sofía Orellano
Caracola: el exclusivo parador de Garzón fue cerrado especialmente para los novios y sus invitados. Foto: Sofía Orellano

En medio de un bosque de difícil acceso en la zona de José Ignacio, decorado como un lugar encantado, con ramos de flores colgando de las copas de los árboles, ocho banquetas dispuestas en fila y una mesa de madera que oficiaba de altar, se llevó a cabo la exótica boda de la abogada uruguaya Jessica Taylor (38) y el asesor de inversiones keniata Hanif Mamdami (51), el pasado 7 de enero. El chef argentino Francis Mallmann actuó como maestro de ceremonia.

No solo fue original el marco donde se desarrolló la celebración, sino también la extensa duración de los festejos. Comenzaron el viernes 5 de enero, en vísperas de Reyes, y hasta el día de ayer, los cerca de 50 invitados internacionales disfrutaron de un itinerario repleto de actividades planeadas por los novios. El primer día hubo un tour de vinos y un almuerzo en la Bodega Garzón, y al atardecer un coctail de bienvenida en la Playa Vik. La jornada finalizó con una cena en el restorán "La Susana" bajo la luz de una gran fogata.

El Día de Reyes los novios y sus invitados, muchos de ellos provenientes de América y Europa, asistieron a una exhibición privada de polo en la Estancia Vik y luego participaron de una cena de 7 fuegos en los campos de Garzón, conducida por el amigo íntimo de la novia, Francis Mallmann.

En esta ocasión, no hubo discusión sobre la calidad de los vinos, que eran excelentes.

Cita a ciegas.

Pero antes de contar la ceremonia, hay que hablar un poco sobre los novios.

La pareja se conoció en 2016 en una cita a ciegas organizada por unos amigos. "Me habían estado hablando de Jessica durante varios meses pero ambos estábamos en una relación. Un año después las estrellas se alinearon y estábamos los dos solteros por lo que planeamos una cena", contó Hanif a El País.

La velada, según la describieron los novios, estuvo lejos de ser perfecta. Al poco rato de haber llegado al restaurante comenzaron a discutir. ¿La razón? Que él había elegido el vino sin preguntarle a ella. "¿Qué pasaba si a mí no me gustaba?", le preguntó Jessica a su reciente marido mientras charlaba con El País en una mesa del parador La Caracola. "Era un muy buen vino", se defendió él.

Hanif contó que después de la cita pensó que nunca más la volvería a ver porque al despedirse, se dieron un beso en la mejilla y ella apenas lo miró. "No hubo ni un hablamos luego o estamos en contacto. Pero esa noche ella me mandó un mensaje y la cosa cambió", dijo el keniata.

"Me había sentido mal porque fui muy mala con él", explicó Jessica con una sonrisa.

En marzo de 2017, un año después de esa primera salida, la pareja se comprometió en California. "Estábamos a punto de ir a jugar al tenis, pero no me podía perder la oportunidad de proponerle durante el atardecer. Era mi mejor estrategia: tomarla por sorpresa para que me dijera que sí", dijo Hanif.

El domingo 7 de enero, día de la boda, hubo un almuerzo en el parador La Huella, al que la novia prefirió no asistir porque "estaba muy nerviosa". Pero a las 6 de la tarde, puntualmente, se llevó a cabo el casamiento en el bosque. Luego todos los invitados se dirigieron a la Estancia Vik donde comieron y bailaron hasta la madrugada.

Al día siguiente, se realizó el último agasajo a los invitados en La Caracola, el exclusivo parador ubicado a orillas de la laguna Garzón y del Océano Atlántico al que se llega únicamente en barco. Allí los invitados y los recién casados pasaron un día de playa y comieron un gran asado en el restorán que fue cerrado especialmente para la ocasión.

Web nupcial.

La pareja creó una página web de la boda (www.joseignaciocelebration.com) donde especificaba todas las actividades que iba a haber a lo largo de los días, así como una lista de recomendaciones sobre lugares que debían conocer los invitados extranjeros que habían llegado unos días antes o que pensaban quedarse un tiempo más en José Ignacio. También figuraba, en la página, la lista de los más de 60 invitados y una breve biografía sobre cada uno incluidos los invitados que no iban a poder asistir y las razones que motivaban su ausencia. Estuvieron presentes diseñadores, artistas, cineastas, escritores, modelos, chefs, deportistas y otras reconocidas personalidades de Vancouver, Canadá, lugar donde residen los novios.

Famosos y bohemios.

Entre los más reconocidos estaban Harald y Sharlene Ludwig, padres de Alexander, protagonista de la serie Vikings, y la modelo francesa Anne Bezamat, que desfiló para marcas internacionales como Chanel. Actualmente tiene la Línea José Ignacio que comercializa protectores solares naturales a base de aloe vera. Gran parte del dinero recaudado es donado a refugios de animales.

También participó la familia Vik, propietaria de múltiples emprendimientos inmobiliarios en José Ignacio y en el mundo: Alex y Carrie y sus hijos Caroline, Camilla, Sebastian y Susana. Entre los asistentes locales estuvieron los surfistas Santiago y Lucas Madrid.

Los novios pagaron el alojamiento de sus invitados y en algunos casos, también los vuelos. No querían que nadie se perdiera su fiesta.

"Queríamos que el dinero no fuera un impedimento para participar en la boda y que todos pudieran estar en la celebración. Tengo amigos que son más bohemios, son artistas y tal vez no se podían poner en la situación de gastar en la estadía por lo que pensamos que si les pagábamos el alojamiento iban a poder asistir", explicó Jessica a El País.

Algunos se alojaron en la Posada del Faro, otros en la Estancia Vik y los restantes en una casa que fue alquilada especialmente para la ocasión.

En un principio Jessica y Hanif pensaron en casarse en Vancouver o California pero luego se dieron cuenta que los amigos de la novia que vivían en Uruguay no iban a poder asistir.

Decidieron entonces celebrar una boda “más pequeña” en José Ignacio e invitar a su grupo de amigos íntimos que estaban diseminados por distintas partes del mundo.

“Quería que vieran y conocieran el lugar donde había nacido y poder mostrarles algunos de nuestros lugares favoritos”, explicó la novia. “Siempre hablo del balneario y cada año es una cuenta regresiva para volver. Ellos también tenían curiosidad por conocer el lugar del que tanto les he contado”.

Su esposo, que maneja un legendario fondo de cobertura en Canadá y cuyo perfil ha sido reseñado en Bloomberg y en Barron’s, visitó José Ignacio por primera vez hace un año y quedó impresionado. “Es un lugar mágico y nos pareció perfecto para una boda íntima”, señaló.

Para que sus familiares no se sientan excluidos tienen planeado realizar una gran boda en Vancouver, aunque legalmente ya están casados..

El bosque.

La elección del lugar donde se llevó a cabo la ceremonia no fue al azar. Cada año, cuando Jessica regresaba a José Ignacio y se hospedaba en la Estancia Vik, se montaba en su caballo preferido y recorría los campos próximos. Y siempre pasaba por esa zona repleta de árboles. Hace dos años Caroline Vik se casó allí y cuando Jessica vio las fotos del enlace, supo que ese lugar sería perfecto para su boda.

Por tratarse de un espacio agreste, lleno de pasto alto y ramas caídas, en la invitación los novios recomendaban a sus invitados que asistieran con calzados chatos y no con tacos. A pesar de que se especificaba que la vestimenta era formal, la ceremonia fue sencilla.

Los invitados comenzaron a llegar cerca de las 17:30. Dos camionetas que partieron desde la Estancia Vik los llevó hasta el bosque. Mientras esperaban a los novios, en una barra improvisada entre los árboles, tres mozos ofrecían a los recién llegados una variedad de tragos y bebidas: agua saborizada con sandía, albahaca y canela; limonada; vino blanco; espumante extra brut; caipiroska y cervezas. Cerca del altar un cuarteto instrumental compuesto por dos chelos, un oboe y un violín musicalizaba el momento.

A las 17:55 los invitados tomaron asiento y Mallmann se paró frente al altar con un par de hojas en la mano; los novios estaban a punto de llegar.

Cinco minutos después, al final de un sendero flanqueado por altos árboles, comenzaron a caminar hacia el altar los padrinos, las damas de honor y Hanif. Atrás estaba Jessica que iba del brazo de John Singleton, amigo y jefe de Singleton Urquhart LLP, que se parecía más a un cantante de rock con su chaqueta rosada y pelo hasta los hombros, que a un abogado.

Ella llevaba un vestido de encaje con la espalda al descubierto, de la firma internacional Berta; tenía el pelo suelto arreglado hacia un costado y un largo velo que se quitó tras llegar al altar. Había sido maquillada por dos chicas oriundas de San Carlos. Hanif tenía un traje de Hugo Boss y lucía su “corbata de la suerte” que había usado únicamente para las ocasiones más importantes de su vida.

Mallmann habló sobre el amor, la tolerancia y el compañerismo. Era la primera vez que “casaba” a alguien y se lo notó seguro y confiado hablando en inglés. El momento más cómico de la tarde ocurrió cuando pronunció la típica frase de la unión: “Yo, Francis Mallmann, los declaro marido y mujer”.

El público prorrumpió en aplausos.

La ceremonia duró casi una hora. Tras el coctel, se dirigieron a la Estancia Vik donde se llevó a cabo la cena y la fiesta que duró hasta la madrugada.

Casamiento organizado en dos semanas

La fiesta fue organizada en dos semanas y estuvo a cargo de Fiona Pittaluga y Martín Cuinat, una pareja que vive en José Ignacio y tiene una empresa de organización de eventos. “No queríamos hacer una boda en la que estás un mes pensando en el tipo de flor para la decoración. Pensamos que si había buena compañía, buena comida y mucha bebida, el resto era secundario”, dijo Jessica.

Realizó un proyecto en el Barrio Kennedy

Por trabajo o por estudio, Jessica Taylor ha viajado por distintas partes del mundo y hace 10 años se instaló en Vancouver, donde trabaja en una firma de abogados. Todos los años vuelve al país donde nació y vivió hasta los siete años. En 2008 comenzó un proyecto en el asentamiento del Barrio Kennedy, en Punta del Este, con el objetivo de mantener ocupados a los niños en los meses de vacaciones “para evitar que se metieran en problemas”. Traía voluntarios de todo el mundo y se quedaba por 4 meses. Impartían cursos de fotografía, pintura, yoga y otros como nutrición, salud y defensa propia.

“Al principio había 20 niños y al final del programa casi 100”, dice. Cuando empezó a estudiar Derecho debió abandonar el proyecto ya que no podía quedarse tantos meses en Uruguay. Aún hoy sigue en contacto con algunas chicas y cuando viene al balneario se juntan a tomar un helado o a comer un chivito.

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