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La batalla de los jóvenes chefs de la Ciudad Vieja

Cambiaron la “City” pero los multan por pintar sus fachadas y tienen que andar corriendo a “acosadores”.

En Estrecho limpiaron la fachada y aplicar un color que la Comisión de Patrimonio no acepta y los multaron. Foto: Ariel Colmegna
En Estrecho limpiaron la fachada y aplicar un color que la Comisión de Patrimonio no acepta y los multaron. Foto: Ariel Colmegna
Pegado a Lucca, un cartel político en predio de UTE. Foto: A. Colmegna
Pegado a Lucca, un cartel político en predio de UTE. Foto: A. Colmegna
Diemarch: pagará una multa por pintar la fachada de su negocio. Foto: A. Colmegna
Diemarch: pagará una multa por pintar la fachada de su negocio. Foto: A. Colmegna

Por su valor patrimonial, en la Ciudad Vieja pintar un comercio con colores estridentes es una acción pasible de multa. En cambio, un muro pintado con consignas políticas, a la vista de los turistas, no genera problemas. Una pared grafiteada no conlleva sanción, un cartel pintado a mano sobre un vidrio puede significar una observación por parte de las autoridades de la Comisión de Patrimonio.

Un grupo de jóvenes chefs emprendedores ha generado un "polo gastronómico" en la peatonal Sarandí entre Ituzaingó y Alzáibar. Trabajan para los habitués de la "City" montevideana y los turistas extranjeros.

"Se terminaron las minutas, ahora la gente viene a la Ciudad Vieja a vivir una experiencia gastronómica", aseguró Ignacio Gamio, del restaurante Lucca Bistró, en Sarandí casi Alzáibar.

Los nuevos restaurantes han incrementado la oferta al tiempo que algunos bares tradicionales han cerrado. En algunos casos incide el incremento en los precios de los alquileres; en otros, las necesidades de un mercado cada vez más exigente, según explicaron a El País comerciantes de la zona.

Establecerse en un lugar histórico tiene sus dificultades. Juan Carlos Diemarch tiene 35 años. Su restaurante se llama Estrecho y está ubicado en Sarandí casi Misiones. El local lleva un nombre muy preciso: mide apenas 77 metros cuadrados. Tiene un ventanal junto a la puerta y una pequeña pared de menos de un metro donde cuelga una pizarra.

Un día el comerciante pensó que la pared exterior lucía muy mal. Unos graffitis superpuestos sobre un fondo celeste le daban un aspecto desagradable al negocio. Resolvió taparlos con un color "turquesa, verde marino", según definió.

"Limpié y le puse el color que identifica a nuestro local. No les gustó. No me llegó una intimación ni nada. Apareció una multa de 22,5 Unidades Reajustables", contó el chef.

"Quieren que todo el edificio sea pintado de un color uniforme, triste. El restaurante es un lugar donde la gente va a comer. Yo no lo voy a pintar con un color mugre, como les gusta", indicó el comerciante.

Al lado del restaurante hay un comercio que vende textiles. También lo multaron. En este caso, por estar pintado de negro, según dijo Diemarch.

Sebastián Martin es socio de Gamio en Lucca Bistró. Tuvieron un poco más de suerte. Días atrás recibieron una notificación para que regularicen el letrero que identifica a su comercio. Se trata de un trazo pintado a mano sobre un vidrio que cruza de lado a lado la entrada del local.

Junto a Lucca Bistró hay un predio que pertenece a UTE. Se encuentra cerrado y tiene unas altas paredes que dan hacia Sarandí. En ese espacio se pintan consignas políticas. En algunos casos los ocasionales pintores enchastran las paredes del restaurante. "Para ellos no hay multa", según aseguró Martin.

Al sol.

Poner sillas y mesas en la peatonal Sarandí cuesta media Unidad Reajustable por metro cuadrado y por mes. Si llueve la IMM no devuelve el dinero.

A los comerciantes también les preocupa la inseguridad y el asedio. "Tenemos las cámaras que ayudan pero los turistas son asediados. Les piden plata, cigarros. Roban comida de los platos y se van corriendo. Hay muchas cámaras pero poca presencia policial", dijo Gamio.

Los tres chefs coinciden en que hay un grupo de 10 o 15 personas que "siempre andan en la vuelta". "Hacen lo que quieren", se quejó Martin. Algunas de esas personas tienen trastornos mentales. Una vez entró una persona a Estrecho, el local de Diemarch, y dijo que mataría a todos. El dueño se encargó de la situación. No había policías en su cuadra.

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