MORADA CON HISTORIA: LA INTENDENCIA GESTIONARÁ LA AZOTEA

La Azotea de Haedo vuelve tras el legado de su mentor

El desafío de recuperar el valor patrimonial y cultural de una casa emblemática para Maldonado.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La azotea. Comenzó como un sueño y se hizo realidad en un amplio terreno en el que agonizaba una ruinosa pulpería de Maldonado. Foto: Ricardo Figueredo.

El lunes pasado, La Azotea de Haedo fue entregada en comodato por el Banco República (BROU) a la Intendencia de Maldonado. En contrapartida, el BROU recibió, en similares condiciones, un local en la avenida Acuña de Figueroa, para ampliar una de sus agencias en Maldonado, según confirmó a El País el intendente Enrique Antía.

Recuperar el valor patrimonial y cultural de una casa emblemática para Maldonado y todo el país, es el desafío que Antía se ha propuesto. Comentó que se está elaborando una agenda de actividades para la temporada que comienza.

"Queremos que La Azotea vuelva a ser el faro cultural que fue", subrayó Antía. Con ese fin, se llevarán adelante obras de restauración en la casona, para las cuales el BROU aportará la suma de US$ 150 mil en dos años, con la correspondiente contrapartida por parte del gobierno departamental.

Una casa con historia.

La Azotea de Haedo no es un enclave más de Punta del Este. La moderna historia uruguaya se ha infliltrado en sus paredes.

"Allí entre esas dunas, vamos a construir la casa de veraneo", le dijo Eduardo Víctor Haedo a su señora Rosita Garramón y su hija Beatriz, una tarde de enero de 1944 cuando el tren en el que viajaban se acercaba a Punta del Este. Madre e hija se sonrieron e intercambiaron miradas cómplices. Estaban acostumbradas a las aventuras de aquel hombre audaz. Un año después, el sueño comenzó a hacerse realidad en un amplio terreno en el que agonizaba una pulpería de Maldonado en ruinas.

Haedo encargó al arquitecto argentino Alberto Ugalde la construcción de la casa principal: una suerte de casco de estancia con mirador y alero al estilo de los que abundaban en el Río de la Plata en el siglo XIX. A aquellos establecimientos se los denominaba azotea, seguido del apellido del dueño. Así nació La Azotea de Haedo.

El político blanco sostenía que era un estanciero frustrado, y que como nunca iba a tener un campo propio se conformaba con ser el dueño de una azotea. Sus paredes exteriores se pintaron de rosa viejo, en sus ventanas se colocaron rejas de estilo español y en el parque se plantaron pinos, eucaliptus, glicinas y jazmines del país y del cabo, al tiempo que se colocó una fuente. Surgía el centro cultural y político más importante con que contó Maldonado y en el que, durante tres décadas, se escribió buena parte de la historia política del Río de la Plata y hasta se libró una de las batallas diplomáticas más importantes para América Latina, durante la Guerra Fría.

En poco tiempo, a la casa principal se le fueron agregando otras construcciones. Los ranchos, el quincho de los almuerzos y el taller de las artes plásticas son obras de Elías Ciurich; mientras que la capilla, que emula una carreta, y el anfiteatro fueron pergeñados por el arquitecto boliviano Xavier Querejatzu.

El interior de estas construcciones y su parque, atesoran cuadros y obras de arte de los plásticos y escultores más renombrados del Uruguay.

Almuerzos.

La Azotea estuvo siempre marcada por la impronta de su dueño. Haedo ocupó su primera banca en la Cámara de Diputados a los 25 años y durante casi cuatro décadas consecutivas se mantuvo en el Parlamento. Fue Ministro de Instrucción Pública al promediar la década de 1930, desde donde impulsó la ley de Derechos de autor que, en 1937, puso a Uruguay y Argentina a la vanguardia en este tema en América. Ocupó todos los cargos políticos al que un hombre puede aspirar. Solía decir: "he sido de todo en la vida, menos Cardenal".

Alumno dilecto de Luis Alberto de Herrera, aunque también estuvieron enfrentados durante algún tiempo, Haedo solía instalarse en sus vacaciones en la playa Brava, a la altura de la Parada 1. Salía a caminar y a todo aquel que se le cruzaba lo invitaba a almorzar a su casa. Su mujer y la cocinera nunca sabían cuántos comensales habría a la hora del almuerzo. Fue así que un día determinó que el menú sería siempre el mismo: tallarines y pasteles de dulce de membrillo de postre. Hubo mediodías con más de 50 invitados. Las sobremesas terminaban, a veces, al atardecer. Su lema era: "en mi mesa siempre hay lugar para cualquier persona, no importa su condición social, su divisa, ni su credo; interesa que tenga sí una conversación agradable".

Fue así que en 1956, meses después de la Revolución Libertadora que derrocó a Juan Domingo Perón, logró reunir en un almuerzo en La Azotea al padre Hernán Benítez confesor de Eva Duarte; al sindicalista y peronista John William Kook, y a los antiperonistas furibundos Álvaro Alzogaray y su mujer Dita. Algo que era inimaginable en la Argentina de aquellos años. Cuentan que el encuentro, que comenzó con un clima muy tenso, se extendió hasta bien entrada la tarde y que los invitados se despidieron con un saludo respetuoso.

La Azotea fue además un reducto en el que se dio cita una generación de artistas plásticos que luego se consagrarían. Jorge Damiani, Manolo Lima, Vicente Martín y los hermanos Jorge y Carlos Páez Vilaró, entonces jóvenes que hacían su primera incursión en las artes plásticas, se reunían a pintar junto al dueño de casa que tenía ínfulas de pintor.

Toda figura importante del mundo del arte y de la política que pasaba por Punta del Este, era recibida en La Azotea. Su libro de visitas da fe del pasaje de personalidades tales como Rafael Alberti, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Pablo Neruda, Manuel Mujica Lainez, por citar algunos. Tampoco faltaron poetas y escritores uruguayos, entre ellos Juana de Ibarbourou, Osiris Rodríguez Castillo y Clara Silva.

Guevara.

En agosto de 1961, la Azotea fue el epicentro de la Conferencia de la CIES, que reunió a los ministros de Economía y Relaciones Exteriores de toda América y en la que Estados Unidos, gobernado por John F. Kennedy, lanzó la Alianza para el Progreso.

Haedo ocupaba entonces la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno. Fue en esa ocasión que recibió como huésped al legendario guerrillero argentino Ernesto "Che" Guevara. De ese encuentro, queda una foto que muestra al político blanco junto al "Che" tomando mate, y a sus pies a Poncho, el perro cocker del dueño de casa. Esa es una de las tantas historias que atesora La Azotea, un espacio que mantiene la magia de un tiempo en que la cultura y la política comulgaban juntas.

El padre y la hija, dos ciudadanos ilustres.

Eduardo Víctor Haedo y su hija, Beatriz, quien fue durante 40 años la continuadora de la obra iniciada por el político en "La Azotea" del barrio Cantegril. La emblemática casa fue vendida en diciembre de 2011 al BROU. Beatriz Haedo de Llambí entregó el inmueble a fines de febrero de 2012 y, por lo que ha representado para el balneario, el entonces alcalde de Punta del Este Martín Laventure la distinguió como "ciudadana ilustre".

Un instante para la eternidad.

Hay fotografías que están predestinadas a perpetuarse en la Historia. Esas imágenes que logran perdurar a lo largo del tiempo tienen su propia historia. Henri Cartier-Bresson sostenía que "captan el instante y su eternidad".

Muchos uruguayos tienen grabada en su retina una fotografía tomada en Punta del Este en 1961 y que muestra al entonces presidente del Consejo Nacional de Gobierno, Eduardo Víctor Haedo, compartiendo un mate con el guerrillero argentino Ernesto Guevara de la Serna, el "Che". A sus pies, el perro Poncho.

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