La dueña expone carteles con comentarios irónicos de sus deudores

Almacén del pueblo El Eucalipto escracha a los malos pagadores

Ser deudor en el pueblo El Eucalipto es el peor estigma. El nombre queda expuesto en letreros bien visibles en la puerta y las estanterías del almacén. Es como estar en el clearing de informes, a la vista de todos, en un pueblo de 197 habitantes. Encima, el moroso se cruza con el acreedor todos los días y en los momentos menos esperados.

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Un poblado rural de 197 habitantes une los departamentos de Paysandú y Tacuarembó.

El Eucalipto, que oficialmente es designado como "caserío", está ubicado a 102 km de la ciudad de Paysandú sobre la ruta 26 y a poca distancia de la ruta 4. Es un pasaje obligado para aquellos que transitan entre Paysandú y Tacuarembó.

Antes de seguir con el relato sobre lo que ocurre con los deudores, es necesario dar algunas pinceladas sobre el lugar. De esa manera, se podrá comprender la idiosincrasia de sus habitantes, quienes desde el fondo de sus casas ven cómo el verde campo se extiende hasta el horizonte y sus días transcurren como si tuvieran 40 horas.

Peligro.

En 1920, cuando se creó este caserío, lo bautizaron con el nombre de "El Peligro" por la cantidad de forajidos y matreros que había en la zona. A cinco kilómetros de distancia se encontraba otro poblado llamado "Saca Chispas" (que no es el mismo Sacachispas de Soriano), en alusión a los chispazos que producían los choques de cuchillos.

Cualquier hombre de más de 20 años sabía que si quería tomar una caña en una pulpería de Saca Chispas tenía que ir preparado para pelear.

"Esta era una zona peligrosa", recuerda el comerciante Miguel Carballo, cuyo bisabuelo fue uno de los fundadores del poblado El Peligro.

Años más tarde, el nombre pasó a ser El Eucalipto, por un enorme árbol que había en una estancia cercana, y porque los pobladores honestos querían olvidar el pasado malhechor del lugar.

Hoy, El Eucalipto está dividido en dos por la ruta 26. En un lado residen unas 70 familias en dos complejos de casas construidas por el Movimiento de Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural (Mevir) inaugurados a fines de la década de los ochenta. Del otro lado hay casitas más disgregadas que pertenecen a familias cuyos abuelos se establecieron cuando se creó el poblado.

Los Carballo llevan el comercio almacenero en sus genes. Hace 100 años, el bisabuelo de Miguel tenía una suerte de pulpería en Saca Chispas. Atendía a sus clientes en una pequeña casilla de chapa forrada de madera.

Era un hombre que gustaba demasiado a las mujeres. Se separó de la abuela de Miguel y se estableció en El Peligro con un pequeño comercio.

Corría la década del 40 cuando el abuelo de Miguel construyó en El Peligro tres grandes ranchos de barro. En uno de ellos alojó a su ex mujer y cedió otro a sus dos hermanas. El tercero lo usó él.

Al tiempo, por un lío de polleras, el comerciante se enfrentó con otro hombre y lo mató de un disparo en la frente. Estuvo varios años en la cárcel. "Era él o yo", le contaba sin arrepentimiento a su nieto Miguel, quien entonces tenía seis años.

Casi un siglo después, la casilla de chapa y madera donde su bisabuelo atendía a la clientela en Saca Chispas se encuentra instalada en la propiedad de Miguel, en El Eucalipto. Miguel no quiere desarmarla. Es una especie de monumento que homenajea a sus antepasados comerciantes. Sabe que nadie seguirá la tradición: su hija es contadora.

Sin embargo, a unas pocas cuadras de la casa de Miguel, una de sus primas y comadre, Cristina Carballo, sí continúa con el dictado de sus genes. Tiene un pequeño almacén llamado "El Pastoreo". Quizás el nombre tenga una carga irónica en alusión a la necesidad que tiene Cristina de perseguir a sus múltiples deudores, quienes le compran mercadería "de "fiado" y luego no la pagan.

Escrachados.

Cansada de los "clavos", Cristina ideó un método para "escrachar" a los deudores utilizando como referencia a la Central de Riesgos del Banco Central.

Cristina colocó carteles con los nombres de los deudores contumaces. Algunos deben $ 4.000 desde hace seis años. "Esa suma era muy elevada entonces", explicó la pareja de Cristina, el comisario retirado Néstor López, uno de los referentes del pueblo.

Otros deben menos dinero. Pero muy pocos de los escrachados se acercaron a pagarle o pedir una prórroga.

"Julio G... es deudor de este almacén y después que no pagó, se borró… y vos lo ves!!", dice un cartel pegado en la entrada del comercio. Otro letrero acusa: "El Pica, hace rato que debe en este almacén y siempre con la promesa de pagar. ¿Cumplirá?".

Los carteles también hacen mención a los vicios de algunos parroquianos que caen por el almacén. "Jonhy P., otro deudor desde hace tiempo. Bebió, bebió, bebió y no pagó. Quizás se olvidó. Lo que es la bebida!!!".

Una vieja deudora del almacén regresó al pueblo El Eucalipto en las últimas semanas. Cristina le dedicó un cartel: "Oh!!! Volvió Dolores (la Lola) al pueblo. ¿Será que vino a pagar lo que quedó debiendo en este almacén? Uno nunca sabe".

La estrategia de Cristina le ha dado algún resultado. Dos clientas, al saber por familiares que sus nombres estaban en el "clearing" público, fueron a saldar sus deudas.

Los demás ni se inmutaron. Se cruzan todos los días con Cristina o con su pareja en la calle y los saludan como si nada.

El pueblo no tiene muchos lugares donde esconderse.

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