URUGUAY 35 AÑOS DESPUÉS

De pedir permiso a militar contra la discriminación

Ser homosexual 35 años después: cadenas, confesiones y libertades en la voz de dos generaciones.

Homsexuales
Ruben y Mario vivieron durante años casi en secreto; fueron la primera pareja homoparental de América y tienen un hijo de 22 años.

Se animó y creó un seudónimo: “Permiso”. Permiso porque por primera vez se iba a permitir tener una cita a ciegas, permiso porque lo sentía  prohibido, permiso porque no estaba seguro de que fuera permitido.
Era la década de 1980 y escribió a la publicación “Los susurros de Galindo”, para conocer gente. Obtuvo 78 respuestas, eligió dos y concretó los encuentros. El primero fue fugaz, un apretón de manos, nunca se volvieron a ver. El segundo fue una promesa: “Permiso” se encontró con “Yo”.

“Yo” vivía en Montevideo, su nombre real era Mario; “Permiso” estaba en Mercedes, y en verdad era Ruben. Ruben tenía casi 30 años cuando conoció a Mario en el Mercado del Puerto. Hoy tiene 61 y, ese día, por primera vez, tuvo el “coraje” de ser libre. 

Durante 18 años, Ruben se dedicó solo al trabajo: tenía dos casas de remate, era martillero público, gerente de un supermercado y docente. No quería pasar tiempo libre, dejar espacio a la vida personal ni vincularse con mujeres como “máscaras ante la sociedad”.

Rompió “las cadenas” porque se enamoró y no quería “pedir permiso para ser feliz”. Estaba cansado de “ese doble discurso hipócrita de darle a la sociedad lo que quiere”. Primero se negó a sí mismo, estaba “esperando el milagro”. Luego se acercó a la religión porque quería sacarse el sentimiento de culpa, de lo pecaminoso, pero no encontró respuestas y decidió hacer terapia. Si la homosexualidad era una enfermedad, como decían, debía encontrarle cura. Pero lo único que hizo en sus consultas fue mirarse al espejo, enfrentarse a sí mismo.

Con los años encontró la fuerza para amar y para convertirse, junto con Mario, en la primera pareja homoparental de América en adoptar un niño. Llevaban 4 años viviendo juntos cuando Camilo llegó a sus vidas por el sistema de adopción simple. Ruben lo adoptó cuando era un bebé, hoy tiene 22 años y está en la Armada uruguaya.

Años después, en 2008 cuando se aprobó la ley 18.246 de unión concubinaria, que permitía al cónyuge de un tutor adoptar el hijo de su concubino, iniciaron el proceso: era la única forma de que ambos fueran padres reconocidos de Camilo, porque la ley de matrimonio igualitario se aprobó en Uruguay en el 2013. En el 2011, la sentencia fue a su favor y los rumores comenzaron a circular: ¿Qué podía ser de un chico criado por dos hombres?

“Había mucha carga de prejuicios”, dice Ruben, la pareja se preocupó, llevó al niño a los mejores especialistas y jamás se dieron ni la más mínima demostración de afecto frente a él hasta que tuvo novia, cumplió los 16 y llegó a su madurez.

Tampoco se tomaban de la mano por la calle. Se acostumbraron a ser distantes. La primera vez que lo hicieron fue en Nueva York hace 23 años. Caminaban por la Quinta Avenida en una marcha de la diversidad, la más multitudinaria que habían visto. Se sintieron abrazados, acompañados, no estaban solos, no se soltaron las manos.

Ruben se preguntaba por qué, cuál era el motivo de tener que vivir así para ser feliz. Al comienzo pensó que su misión en la vida era criar a Camilo, que hoy tiene 22 años e ingresó en la Armada Nacional, algo “impensable para muchos”. Pero con el tiempo descubrió que su verdadero propósito era “ser una especie de contención para muchísimas personas”. La pareja ha dado charlas y conferencias en distintas partes del mundo, desde Panamá hasta Suiza, para contar su experiencia, para compartir su historia. Reciben en el salón de su casa a jóvenes y adultos mayores que necesitan un consejo, un respaldo para dejar de pedir permiso. Para ir “por la vida dejando huellas y no cicatrices”.

Uruguay: la realidad en números

Según el informe Demografía de las parejas del mismo sexo, elaborado en diciembre de 2018 por investigadores la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar, el 0,7% de las parejas en Uruguay son personas del mismo sexo, en su mayoría, hombres menores de 30 años. El 62% de estas parejas son hombres y el 38% mujeres. Tres de cada cuatro conviven en Montevideo. El 41% de las personas homosexuales cuentan con enseñanza terciaria y, en lo que refiere a su situación económica, solo el 3,4% está desocupado; mientras que en las parejas heterosexuales la cifra alcanza el 4,7%, siguiendo los datos del censo nacional de población 2011.

De huellas y cicatrices: los jóvenes de hoy

Decidió romper las reglas. Se bajó una app de citas y concretó un encuentro con un desconocido. Se sentía “como en una bolsa de sensaciones, emociones y colores”. Tenía nervios: era consciente de que se estaba conociendo, que no sabía cómo iba a reaccionar. El desconocido era un poco mayor, actuaba relajado, como si lo que estaba sucediendo fuera normal. Así que decidió que tenía que estar a su altura y demostrar lo mismo. Era la primera vez que estaba con un chico. Prestaba atención a cada detalle, cada reacción que su cuerpo pudiese tener. Quería sentir esa conexión con una persona, ya fuera hombre o mujer.

Santiago tiene 22 años y a los 18 fue la primera vez que se relacionó sexualmente con un hombre. Algo que vio como un aprendizaje, una experiencia para descubrirse y abrirse a otras personas, a traspasar estereotipos, a cruzar el límite de lo que muchas veces sintió que esperaban de él.

Cuando era chico, siempre se expresó como quiso. Nunca fue un problema que jugara con muñecas de su madre o labiales de su abuela: "Para mí era un momento divertido y mágico, no lo veía con esa connotación sexual que le dan". Jamás sintió que su familia le pusiera frenos o barreras para ser quien es hoy. Sin embargo, su comportamiento cambiaba al asistir a un colegio católico. Según él, “los parámetros eran otros, al igual que las expectativas sociales que te ponen a tan temprana edad". Por eso, recién en la adolescencia comenzó a preguntarse qué eran “esas cosas” que sentía por dentro. Como en su familia de estos temas no se hablaba, decidió informarse solo: leyó en internet, habló con distintas personas.

En sus amigos del liceo encontró una segunda familia, un espacio donde sentirse cómodo y en confianza para hablar de lo que le pasaba, algo que no había experimentado con nadie más. Se dio cuenta de que no estaba solo: “Todos en algún punto de sus vidas, más temprano o más tarde, alguna vez se replantean qué es lo que quieren, cómo se sienten sexualmente y si es real o es lo que les obligan a sentir”.

Santiago
Santiago vive su homosexualidad sin tapujos y milita en contra de la discriminación.

Un día, como cualquier chico joven, salió a festejar. Era la madrugada de un sábado, las calles estaban vacías, con excepción de la zona de Cordón Sur, donde se concentran boliches, bares y otros centros de entretenimiento para disfrutar la vida nocturna. Los fines de semana suelen ser un ritual de diversión: se juntan a charlar, tomar algo y salir a bailar. Pero esa noche decidieron ir a un lugar nuevo.

-Vos no podés ingresar.
-Pero ¿por qué? - le preguntó Santiago al guardia del boliche.
-Por cómo estás vestido. No va con lo que queremos.

Esa noche Santiago vestía un pantalón ajustado negro, botas haciendo juego y una chaqueta de charol con brillos. "Mucha luz para tanta oscuridad", pensó y se fue. Era la primera vez que le tocaba pasar algo así. Le habían comentado que estas cosas sucedían, pero nunca permitió sentirse juzgado ni tener miedo al qué dirán o harán.

Las redes sociales jugaron un papel fundamental, fueron una herramienta donde encontró el apoyo restante que le faltaba, sobre todo en Instagram, que la usa para difundir todo el conocimiento que adquirió por sí solo: “El hecho de tener más información te hace sentir empatía por quienes reciben maltrato o discriminación por su orientación sexual, y entender lo fuertes que son esas personas. Por eso tomé la posición de militar y estar al tanto de esta comunidad”.

Santiago es una persona muy extrovertida. Si siente que algo lo reprime, lo expresa. Confía en que si hace todo de corazón, va a recibir lo mismo a cambio. Por esto, ve tan normal tener una orientación “fuera de lo que esperaban”. Porque busca la esencia de las personas, porque “cuando uno es, logra obtener un punto de claridad y consciencia de uno mismo; ahí es cuando podemos reconocer quiénes somos y qué es lo que queremos, tanto en nuestra vida como en la sexualidad”.

La voz de un experto

Según el psicoterapeuta y sexólogo Ruben Campero, la teoría de que “si uno es homosexual o heterosexual lo sabe desde muy atrás” en el tiempo, no corresponde con la realidad. Afirma que no hay un patrón único. “Puede existir una etapa de negación en general, pero depende de cada uno, de las vivencias, del entorno y los sentimientos que pueden aparecer desde la infancia, después de la adolescencia o en cualquier etapa de la vida”, explica. 
Por otro lado, Campero afirma que si bien los factores de influencia en el proceso pueden ser internos, el contexto también lo condiciona: “El período histórico me educa de manera tal que yo aprendo a pensarme a mí mismo de determinada forma”. En lo que refiere al Uruguay de los 80, dentro de los juicios de valor no solo se encontraba el período dictadura y postdictadura, sino que también el estigma social del VIH/Sida y el poco acceso a posibilidades de comunicación y conocimiento.
De todas formas, en la actualidad, “aún siguen siendo muy pocos los insumos para que una persona, incluso desde su infancia, pueda ir construyendo en su cabeza una posibilidad sana y positiva de que el futuro de su vida va a ser bueno siendo gay”. Esto es debido a que, en los medios de comunicación y en la sociedad en general, el modelo difundido y aceptado continúa siendo el de relacionamiento con personas del sexo opuesto, concluye el psicoterapeuta y sexólogo.




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