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La mujer del nombre fantástico

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Curie Linfa haciendo lo que más le gustaba, bailar. Foto: gentileza familia Linfa

CORONAVIRUS EN URUGUAY

Curie Linfa falleció a los 84 años. Fue enfermera durante tres décadas y además bailarina de salsa.

A Curie Linfa le hubiera enfurecido saber que un virus la convirtió en un número. Ella, la del “nombre único”, pasó a ser “la decimoséptima muerte del coronavirus”. Nació en 1936 en Montevideo, dos años después de que en Francia falleciera la gran científica Marie Curie. Su padre, un veterinario de origen galo, auguró un futuro de grandeza para su hija a la que nombró Curie como muestra de admiración a la investigadora. El apellido también tiene su cuota de magia: “L-I-N-F-A”, deletrea el viudo, Alberto Mariño, y aclara: “Linfa como el líquido que sale de la sangre”.

Primero Curie quiso ser bailarina, pero la muerte temprana de su padre, cuando era una niña, no le permitió abocarse a una disciplina que no la iba a ayudar a pagar las cuentas. En cambio siguió las señales de su nombre —ese indiscreto anhelo paterno— y se convirtió en enfermera del Banco de Seguros del Estado. Ingresó con 24 años y egresó con 61. Durante tres décadas se dedicó a cuidar de los otros, especialmente asistiendo a los oculistas del plantel.

Su marido dice que fue una mujer dedicada al trabajo. Se conocieron en ese sanatorio: a él lo habían internado tras sufrir un accidente laboral. Ella —la enfermera— era una mujer enérgica, con una mirada un tanto intimidante; de complexión fornida y rulos rubios bien definidos. No la olvidó.

Un tiempo después, se volvieron a cruzar en una pista de baile. Él tocaba el bongó en una orquesta de salsa; ella era una apasionada del género. Era 1981 y desde entonces no se separaron jamás.

Juntos fundaron la escuela Salsasur, la primera en enseñar los pasos de esta danza caribeña. “Tenía una particularidad: no cobrábamos nada, lo hacíamos por placer”, cuenta Alberto.

Curie, que no tuvo hijos, siempre fue una mujer a la que le gustaba sentirse querida por su entorno. Tenía grandes amigos y era reconocida como “la consejera” de sus círculos íntimos. Hacia el final de su carrera le propusieron un ascenso; en ese puesto debería controlar a sus compañeros de trabajo e incluso sancionarlos. “No pudo imaginarse teniendo problema con sus amistades”, cuenta Alberto; por eso rechazó la oferta y se jubiló.

Un año después, a los 62 años, Curie se cruzó con la muerte y le cerró la puerta en la cara. Sufrió un infarto mientras bailaba en una discoteca. Dos bailarines la socorrieron y tras una hora y media de reanimación y 12 descargas eléctricas, reaccionó.

No se dejó asustar y siguió bailando. Dice Alberto: “No es por nada, pero a nosotros, teniendo más de 60 años, nos aplaudían en la pista”. Tanto así que fueron seleccionados para interpretar a unos bailarines de salsa en la película Miami Vice. Viendo ese film, por fin, Alberto no se quedó dormido: tanta soñolencia a la hora de ver cine solía hacía rabiar a Curie. Eso y que su marido la llamara por su apodo de juventud: “Beba”.

Más allá de la danza, a Curie le gustaba leer novelas bien largas, de esas que de tan largas las páginas se doblan en las esquinas. También tejía y hacía manualidades con cerámica fría, sobre todo animales, porque era una fanática de las mascotas.

La vida transcurrió así, feliz y festiva, hasta hace cinco años. Entonces ella, la enfermera de la memoria de hierro a la que los médicos recurrían para evitar volver a leer las historias clínicas de los pacientes, empezó a olvidar. Cada vez más.

En el residencial donde vivió los últimos cinco años de su vida —hasta cumplir los 84— se hizo llamar Beba. Allí, como siempre, hizo amistades. Pero el declive era inevitable: dejó de reconocer al marido y a los amigos que la visitaban; contrajo una infección y no caminó más.

Alberto la visitó por última vez el 7 de marzo pasado. Le contó que había un virus dando vueltas. Ella, en un segundo de lucidez, tal vez recordando a la enfermera que fue, le advirtió: “Parece peligroso ese virus, tienen que cuidarse”.

Él le dio un beso en la frente, ella se lo devolvió besándole una mejilla.
Desde entonces, dice Alberto: “Todo es recuerdo”.

Primero vino la fiebre; se confirmó el contagio; la internaron en el Casmu; empeoró; falleció. Curie Linfa pasó a ser un número. Alberto no lo soportó y llamó a varios medios, lleno de indignación: ¿Cómo podían hacerle eso a la mujer que vivió orgullosa de tener un nombre fantástico?

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