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Apunte de cata: La epifanía de Bianca

Nuestro especialista en vinos, Eduardo Lanza, comparte con nosotros la historia de la estadounidense Bianca Bosker y el vino.

Bianca
Bianca

En Nueva York, Bianca Bosker era la editora de tecnología de The Huffington Post, colaboraba con otros medios neoyorquinos como The New Yorker y The Wall Street Journal y había sido premiada por varias de sus publicaciones. Un día se enteró que existía un concurso muy curioso y diferente para ella: el Best World Sommelier.

Siendo tan atrevida como es, decidió investigar más. Vio muchos videos, se maravilló con lo que descubría de ese mundo tan especial y decidió cambiar de vida. Renunció a su puesto y durante 18 meses, siguió a los fanáticos del vino y profesionales de renombre, con la esperanza de comprender esa obsesión tan particular que los dominaba. También y para ello, hizo el curso, lo aprobó y se convirtió en una somellière certificada.

Para no saturar su olfato tuvo que dejar de perfumarse y nunca lavarse los dientes antes de ir a una degustación. “Después que pasas un tiempo en el mundo del vino verás que casi todos, han tenido su epifanía al probar un vino excepcional. A mí me pasó frente a la pantalla de mi computadora”.

¿Un deporte servir vino?

Un día su esposo le pidió que lo acompañara a cenar con Dave, un cliente conocedor y coleccionista de vinos. Ya sentados en un exclusivo y caro restaurante frente a Central Park, el sommelier se acercó a la mesa saludando a Dave con familiaridad. Entre ambos comenzó un prolijo análisis de la carta de vinos y una vez definida y descorchada la botella elegida, lo probaron intercambiando elogios y usando términos que a ella la desconcertaban, al mencionar aromas tales como polvo de grafito, ruibarbo y especias variadas. Ella no entendía, no le interesaba y estaba distraída hasta que el sommelier expresa que se está entrenando para participar en el certamen: Mejor Sommelier del Mundo.

Bianca reacciona de golpe y pregunta: “Disculpa? No entendí lo de ese concurso, me puedes explicar de qué se trata?”, y siguió:”Al principio la idea me pareció ridícula. ¿Cómo era posible que servir vino fuera un deporte competitivo? Ante tanta curiosidad, el profesional me lo explicó, remarcando que la parte más difícil es la cata a ciegas, en la cual el participante debe identificar el pedigree completo de 6 vinos, detallando la región productora, la variedad de uva, el año de cosecha y con qué aconsejaba maridarlo, justificando su recomendación ante el jurado. Quedé asombrada y como adoro las competencias – cuanto menos atléticas y más golosas mejor – al volver a casa comencé la investigación online. Me obsesioné, perdí tardes enteras mirando videos de sommeliers oliendo y escupiendo unos vinos de tal categoría, que no deberían desperdiciarse de esa manera. Algunos contaban que habían tomado clases de baile para perfeccionar su manera de caminar, otros contrataron un profesor para aprender a modular su voz. Contuve el aliento al ver en un video a Veronique Rivest, que competía en el famoso concurso Master Sommelier y en 180 segundos debía identificar a ciegas y lo hizo, para dar todas las coordenadas del Chenin Blanc que tenía en su copa. Un día sentada frente a la pantalla de mi computadora decidí descubrir en qué consistía ese mundo tan insólito y original”.

El camino se hace al andar

Con una extensa trayectoria como periodista, sabía que debía investigar a fondo esta nueva área que había comenzado a apasionarla. No sólo leyendo todo lo que cayera en sus manos o apareciera en pantalla; la práctica se le hacía indispensable.

Se unió a un grupo de catadores y la primera noche terminó mal, porque no sabía escupir y los tintos mancharon su blusa blanca. Además, algunos vinos la impactaron por su calidad y en consecuencia no descartó todo lo que debía, por tanto volvió a su casa tambaleándose.

Conoció a sommeliers de los mejores restaurantes de Nueva York y trabajó en algunos como aprendiz o pasante.

Había dedicado muchos años al tema tecnológico en un sitio online: “escribiendo notas virtuales sobre cosas virtuales en un universo virtual, que no podían ser probadas, palpadas u olidas”. 

Cork Dork

El Vino (su título en español) es el relato ágil y divertido, del año y medio en que Bianca pasó entre “fanáticos del olfato y el sabor” y los mejores sommeliers de Nueva York.

Lo tituló Cork Dork (Corcho Tonto en español) que es como se llaman a sí mismos, estos apasionados del vino. No es una guía que recomienda vinos, ni un manual que explica cómo se elaboran, ni una reseña de las más importantes regiones productoras del mundo.

Consiste en la narración de la aventura que ella protagonizó, en un mundo tan diferente al que conocía y que la transportó de uno virtual a otro, en el que el uso intensivo de los sentidos es clave. Lo que descubrió, la atrapó y la entusiasmó, dio como para que todos estos sentimientos se reflejen en El Vino y a decir verdad, los supo transmitir de forma excelente.

Dedica muchas páginas a alabar al gusto y al olfato, al punto de afirmar muy suelta de cuerpo que: “Nos han convencido que los humanos hemos evolucionado para ser los peores oledores del reino animal, cuando cualquiera de nosotros puede si quiere, entrenarlos y agudizarlos”. Sus andanzas por este mundo tan particular le demostraron, que hay poca correlación entre la calidad y el costo cuando la botella supera los 60 dólares. Deduce que la marca, la reputación y la escasez, inciden de forma decisiva en el precio final.

Editado por editorial Océano de México, tiene tapas blandas y 365 páginas. Se vende en librería del Mercado a $ 750, con entrega a domicilio.

Conocé a nuestro columnista
Eduardo Lanza EME
Eduardo Lanza
Es Ingeniero químico y experto en vinos. Su pasión lo ha llevado a visitar terruños, descubrir cepas y probar las más variadas etiquetas.

Es Fundador de la Sociedad de Catadores. Escribe y enseña con el mismo placer que degusta un vino desde hace más de 20 años.

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