HISTORIAS DE PIEL

Infección coronada de potencia

La irrupción del Coronavirus nos instala en lo que puede ser llamado “acontecimiento”, aquello no previsto que irrumpe y se impone con la fuerza desestabilizante de lo novedoso.

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El universo generado por la irrupción del Coronavirus nos instala en lo que puede ser llamado “acontecimiento”, aquello no previsto que irrumpe y se impone con la fuerza desestabilizante de lo novedoso que desencadena una modificación sustancial, un antes y un después en las coordenadas de vida. Obligándonos a habitar una especie de “suspensión existencial expectante”, ante un extrañamiento y desorden de las certezas provocados también por la afectación de las rutinas, eso que nos hace creer en lo predecible.

El trastocamiento de la cotidianidad a raíz del aislamiento que impone la fácil propagación del virus (en quienes tienen casa y pueden quedarse en ella), es posible que sea vivido como algo del orden de lo onírico-siniestro, no sólo por su referencia a una potencial muerte materializada en un persecutorio fantasma omnipresente, sino también por un desdibujamiento de las certezas inherentes a la convivencia y al porvenir, que paradojalmente coexiste con un transitar por escenas y escenarios familiares, que de un momento a otro se ven atravesados por la extrañeza persecutoria que provoca la sospecha de infección en uno mismo y en los demás.

La amenaza difícil de localizar y materializar, y mucho menos de “capturar”, esa misma que a través del acechante contagio aéreo vulnera las barreras entre el tú y el yo, impide que lo rechazado de uno mismo sea definitiva y tranquilizadoramente proyectado en otro, de forma tal de identificar a ese “anormal” que como en tantos ejemplos de discriminación ha cargado con el estigma. Esa dificultad proyectiva abre la posibilidad a que el “ataque” pueda venir desde cualquier lado, dejando librado al sujeto a un miedo inespecífico que puede devenir en pánico ante la posibilidad de quedarse con escasas defensas que lo protejan de una vivencia de vulnerabilidad extrema.

Tal vulnerabilidad, exacerbada por sensaciones inquietantes respecto de una institucionalidad estatal que pudiera “parpadear” en su función de mantener la ficción de orden, nos remitiría a una desnudez originaria que actuaría de manera diferente en cada singularidad, en cada vínculo y en cada grupalidad, ya sea aumentando potencias creadoras de colaboración solidaria, o exacerbando egoísmos fundados en impulsos e ideologías de salvataje individual.

La desnudez-vulnerabilidad activa desde nuestros aspectos psíquicos más primarios la urgencia de auto preservación, a la vez que nos acerca a la comprensión e identificación corporal con “lo animal” tal y como culturalmente lo hemos construido. Ese “gran otro” deleuziano que, al ser cosificado por despojo especista de toda dignidad individual y valor sintiente, se encuentra condenado a transitar una “existencia suspendida”, denostada, anónima en clave de “manada”, y al borde de un precipicio cuya muerte “sacrificial” o “salvación” dependerán siempre de la acción o voluntad de los privilegios de especie de un tipo de humanidad hegemónica.

Ante la animalidad a la que nos reintegra la desnudez experimentada por la crisis y el asilamiento que se impone, la idea de un “yo” que desde la Modernidad organiza la identidad como algo unificado, coherente, constante y diferenciado del otro, se enfrentaría a una profunda interpelación mientras teme por el apagado de la “matrix” que sostiene tanto su existencia como la ficción diferenciadora entre lo civilizado y lo salvaje.

Desesperase por acumular para “colmar” un bunker, y así negar cualquier vivencia de “vacío” de significados, si bien puede ser un rasgo más atávico o de preservación psíquica, también evidencia la consternación de ese mismo yo que intenta sostenerse omnipotentemente en aislada soledad, sin aceptar su condición múltiple e interdependiente tanto hacia otros como hacia otras versiones de sí que sólo se activan ante la novedad de lo vincular y el acontecimiento, de forma tal de permitir que se tejan, o no, inéditas y esperanzadoras redes comunales que aumenten la potencia creativa a través de los medios que estén a disposición.

Cabe destacar además, que el rechazo a la sensación de vacío que provoca la irrupción de lo impensado ante la aparición del COVID-19, se expresa sobre un escenario subjetivo marcado por un individualismo neoliberal que muchas veces naturaliza la intención de ir contra aquellos “otros” que serán vistos como “inadaptados”, en salvaguarda del propio bienestar y seguridad, reforzando con ello la cultura de ataques impulsivos y prejuiciosamente “justicieros”, pos-verdades y guerra, que se ha venido instalando a partir de los modos de comunicación que construyen las redes sociales virtuales.

La búsqueda de una urgente respuesta que reestablezca “el orden”, por otra parte, podría incluso llevar a algunas personas a seguir fanaticamente a figuras que se ofertaran con la autoridad para decretar paternalistamente procedimientos de “salvación”, y hasta incluso de justificación de cierta “necesaria depuración”. Todo ello desde un imaginario cada vez más misántropo, que si bien visibiliza lo nefasto de la crueldad específicamente humana ejercida sobre el planeta, los sapiens y otros animales, también podría ser leído como una estrategia global para desarticularnos libidinal y políticamente e impedirnos actuar de forma conjunta, alimentando un sentimiento soberbiamente depresivo desde el que se entiende como única “justicia” el final ya no de un modo de vivir de lo humano sino de la especie misma.

Ante la incertidumbre e irrealidad que provoca eso impensado que llega sin aviso, nos vemos impulsados hacia vertiginosas cavilaciones trascendentes de tipo distópicas, utópicas o anunciantes de un nuevo orden, en intento de significar y dar forma a lo que circula a nivel global con capacidad de afectación planetaria. Una afectación que evidencia nuestra falta, nuestra carencia en clave de vulnerabilidad (y también de potenciación de sensiblidad y empatía), y que no nos da mucho margen para negarla o seguir sosteniendo mágicas creencias respecto a estar colmados e “inmunes” a la hora de necesitar de un otro, tal y como lo vende la dictadura de la felicidad individual, el éxito y la autonomía.

Esa misma carencia humana y humanizante que vemos ampliada en quienes están expuestos a situaciones de extrema vulnerabilidad, haría aumentar en personas con ciertos niveles de bienestar y escaso culto a la meritocracia, el sentimiento de culpa por sus privilegios ante el reparto de recursos, así como la angustia por sentirse hoy testigos menos indiferentes del desvalimiento de quienes ocupan la invisibilidad de los márgenes.

Ante la realidad de gente en situación de calle, animales no humanos abandonados y torturados por las múltiples violencias especistas, sujetos privados de libertad, infancias vulneradas, migrantes que viven la angustia lejos de los suyos, personas en situación de violencia doméstica, ancianidades recluidas y olvidadas, africanidades diezmadas por tantos virus que siguen silenciadas, vidas que se sostienen en soledad no elegida, etc., el incremento del dolor por su cruel situación parecería que sólo puede ser mitigado y elaborado a través de la acción colaborativa, es decir con el obrar en red solidaria para intentar contener, acompañar y/o mitigar la fragilidad e incertidumbre que a muchos hoy les toca vivir con exacerbada intensidad.

La separación “sujeto-objeto” de la racionalidad occidental y su influencia colonial occidentalizadora, nos ha separado y alejado de la interdependencia corporal, emocional y cognitiva que implica lo vivo en términos de una sacralización, que limita las clasificaciones jerárquicas entre los cuerpos. Si bien enfocar la atención en las pequeñas parcelas de nuestra influencia inmediata nos ha permitido generar bienestar en un porcentaje importante de personas, también nos ha distanciado de la perspectiva global intersubjetiva e interespecie, al imponerse un etnocentrismo omnipotente que le rinde un culto de fé nacionalista a las fronteras políticas que circunscriben los llamados “países”. Casi como si esas líneas divisorias siempre pudieran mantener a salvo del “enemigo” a quienes se encuentran dentro de su jurisdicción, y que por tanto el sometimiento al control social y subjetivo que todo ello implica sería un pago justo por la protección otorgada, haciendo estratégicamente “olvidar” que la resistencia y el cuestionamiento se puede tambén sostener “desde adentro pero en contra”, tal y como plantea al sociólogo decolonial Anibal Quijano.

Hemos aprendido a creer que podemos ser “separados”, y por tanto apropiarnos cuan cosas vacías y sin historia identitaria de aquello que “no somos”. Según esto parecería que el llamado “individuo” fuera una entidad coherente en sí misma e independiente de los vínculos desde los que en realidad afecta y es afectado, y que posee existencia autónoma de las rocas, la tierra, el agua, el aire, los otros animales e incluso los muertos, esos que en tanto ancestros (re)viven en la memoria para hacernos saber que tan solo somos parte de algo que no empieza ni termina en nosotros.

Ya lo decía Spinoza (filósofo holandés del S. XII), existe un todo que es la naturaleza o dios, una potencia de la cual somos expresiones múltiples y diversas. Se trata por tanto de hacer vínculos con quien y con lo que sea que aumenten esa potencia de vida a la que este filósofo llamaba “alegría”. Ante tanto abuso en la toma de la palabra tan sólo porque se multiplican las plataformas liberales para enunciarla, y ante la merma de sabiduría por escasez de silencio, lentitud y escucha empática, se deberá estar alerta a esa “tristeza” propia de la depresión de la potencia que atenta contra la capacidad de crear redes compositivas desde las cuales producir encuentros alegres de colaboración.

Al ser el Coronavirus una afectación que nos habilita a retomar una consciencia global y planetaria, nos permitiría poner entre paréntesis la desesperación panicosa que suele aparecer ante la intención de salvarse individualmente. Ello permitiría tomar la vulnerabilidad como algo que nos interconecta con la sensibilidad de los otros, haciendo que deje de ser vista estrictamente como carencia discapacitante y tome forma en clave de potencia, es decir como aquello que, al hacernos bajar las defensas, nos permite contactar con otros recursos que sólo en unión sensible con otros podrán surgir y propiciar un bien que sólo puede concebirse como común.
Atender al otro involucra la empatía, a la vez que ratifica la perspectiva y estrategia que encara esta realidad en clave de red conjunta y compositiva, por más que paradojalmente todo deba experimentarse en un escenario en el que los contactos sociales materiales están restringidos por el aislamiento. Una empatía que no busca traducir al otro a los propios términos (lo cual sería neutralizar la alteridad) ni asistirlo en clave de condescendencia o caridad, sino que apunta a estar disponible, en alerta calmada y calmante, y sobre todo en silencio para escuchar y facilitar que cada quien vuelva a confiar en sus recursos y en su capacidad de formular lo que necesita y lo que tiene, también, para dar.

Pararse ante este acontecimiento implica recibir hospitalariamente la extrañeza que traen tanto el virus como los vínculos “extrañados” por la distancia de sospecha, en intento de acomodarse a la nueva información. Algo que si bien nos angustia y enoja por la alteración que genera, tal vez habilite líneas de fuga para la reflexión y la acción política en pro de pensar otros mundos posibles.

Se trataría de recibir a este virus no porque necesariamente “no haya otra”, sino porque ello ayudaría a dimensionarlo y no negarlo como existente, y así otorgarnos tiempo para asimilar y ponderar su presencia como auténtica manera de responsabilizarnos. Evitando que el caos de pos-verdades que ahora pululan (exaltando persecuciones internas y externas), obstruya el ir encontrando un ritmo que poco a poco cobre un color más parecido al de la armonía. De esa manera se permitiría que ante ese otro extraño que irrumpe podamos reconfigurar lo amenazante de su extranjería, atemperando la compulsiva y no siempre estratégica producción y acumulación de escudos, que en realidad nos vulnera cuando se plantea en clave de desesperación.

Tal vez ese recibir las pequeñas y grandes alteraciones que todo esto genera, se parezca un poco a esa energía propia del perro, quien por su naturaleza animal no olvidada siempre es y está en simple y total presencia, desde la cual revela una sabiduría recreada por los humanos cuando intentamos acompañar en silencio, de forma tal que desde el amenzante vacío vayan surgiendo sonidos auténticos y finalmente útiles para encarar una crisis. Se trataría de “ser y estar con”, en tanto algo que nos afecta a todos, antes que volcarse en la inmediatez de dar (y a veces hasta imponer) una “solución”, sobre todo cuando no se trata de un salvataje vital.

Es desde esa presencia que acompaña con consejos y rescates, pero que por sobre todas las cosas facilita el encauce de procesos psíquicos, vinculares y comportamentales vividos como vacío y desborde, que tal vez la insistencia en retornar a la inmanencia a través de actos hipercotidianos que distraigan de la especulación, logre hacernos volver a poner “los pies sobre la tierra”, aunque esta vez con la novedad que lo extrarodiniario aporta para reforzar los lazos sociales en clave interdependiente, haciéndonos ver que no se trata de “salvarnos” sino de reconectarnos para transitar por los caminos sistémicos que se abren ante la novedad.

Sabemos que gran parte de esa matrix que sostiene un modo de producción biocida y ecocida tiene que apagarse. Trabajemos para que su reinicio no implique una mera “descompresión”, de forma tal que el todo no intente volver a lo que cree que inevitablemente tiene que seguir siendo. El silencio y el vacío plagado de incertidumbre al que todo esto nos arroja, casi como la expulsión de un aparente (aunque más bien perverso) paraíso, parece estar conformado no sólo de amenazas sino también de sabios y trascendentes sentidos que claramente nos coronan de esperanza y potencia.

Conocé a nuestro columnista
Ruben Campero
Ruben Campero
Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Es además docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo).Fue co conductor de Historias de Piel desde 1997 a 2004 por Del Plata FM y desde 2015 a 2018 por Metrópolis FM

Podés seguirlo por las redes sociales de Historias de Piel o por su canal de YouTube “Ruben Campero”, Facebook, Instagram y Twitter.

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