Intimidad

Historias de piel: Sexo, derechos y disputas

El sexólogo Ruben Campero nos trae una columna en la que reflexiona sobre la construcción del género y las desigualdades.

Foto: Archivo EME
Foto: Archivo EME

Sexualidad y el género admiten diversas miradas, evidenciando con ello la disputa por el sentido que el abordaje de cualquier tópico representa. Sobre todo si consideramos que “la verdad” universal no sería más que una ilusión de certezas instalada por una Modernidad hoy agonizante, tal y como muchos historiadores plantean y que tan claramente lo han delineado filósofos de la línea de Nietzsche y Foucault, entre otros.

Una ilusión sostenida por las culturas urbanas y sus “domos” de protección estatal que hoy apenas resisten el embate de las posverdades, así como la irrupción de opiniones en masa inducidas a expresarse reactivamente a través del anonimato de las redes virtuales, creando contenidos inconexos a partir de retazaos de infinitos datos improcesables por el frenesí de la inmediatez.

Reacciones que ven desdibujada su posible potencia crítica hacia las elites dirigentes, a causa de una incitación a la descarga emocional con urgencia diferenciadora de “buenos” y “malos”, que se enajena en el olvido de su original pulsión por “guillotinar al rey” al empantanarse en una mera descarga de odio hacia “el enemigo” inmediato, haciéndole perder potencia vital y políticamente organizada.

La captura neoliberal e individualista de perspectivas crítico-libertarias, asimiladas a lógicas estatales desde dispositivos normativo-jurídico-moralizantes, ayudaría a entender la aparición reactiva de discursos que no interpelan sino que más bien atacan el paradigma de derechos, acusándolo de imponer un sistema de privilegios para los discriminados mediante un “vale todo” ideologizado que desustancializa los valores de instituciones “históricas”. Con ello se justificaría el olvido de los daños provocados por esas mismas instituciones hegemonías, instalando sutilmente y a través de giros retóricos particulares la necesidad del retorno de un pretendido orden “natural”

Muchos de estos discursos son generados en “Think tanks” desde una intelectualidad instantánea que se pretende alejada de lo ideológico y que mercantilmente se propone como alternativa a la producción académico-universitaria, en intento de refundar “verdades” con sentencias de estética democrática que son difundidas por repentinos y aparentes portavoces intelectuales de estética carismática y provocadora. Sentencias que cuajan en la opinión pública como reacción reaseguradora ante ese incierto terremoto de enunciados en el que tensionan distintos sentidos sobre las cosas, y que hacen a la agonía de las certezas modernas.

Un problema con tanta disputa polarizada (y partidizada) y cálculos políticos dentro de la economía de derechos sexuales, de género, étnico-raciales, de clase, ambientalistas, indigenistas, animalistas, etc., podría estar en que el análisis crítico de las relaciones de poder tienda a perder cautela y complejidad, viéndose simplificada por la producción y difusión masiva de eslóganes concebidos desde la inmediatez y la exaltación emocional, que al estilo de los spots publicitarios actuales se presenta como la voz de la sabiduría que aconseja sobre el “retorno” a la “esencia” de la vida.

Esa voz que ahora advierte como a niños soberbios faltos de tutela, que abandonar “la verdad” contenida en los criterios de “normalidad” totalizante, habría llevado a un relativismo moral que hoy permearía el paradigma de derechos bajo la “excusa” de la igualdad, con el fin de “premiar” sólo a quienes logran presentarse como “víctimas” de la exclusión, imponiendo así una “dictadura” de lo políticamente correcto.

Con ello se ocultaría la incomodidad de sectores con ventajas y privilegiados, que intentarían revalorizan la meritocracia individualista como el único modo de probar las capacidades y hasta los derechos, restando importancia a los procesos histórico-políticos e imaginarios simbólicos desigualadores que producen subjetividad y “hacen carne” en la inequidad. Colocar al individuo como el emergente de una autonomía psicológica solipsista lo convierte en el principal responsable de fenómenos que son más bien sociales, y que quedan así despolitizados a la hora del análisis de las relaciones de poder.

Si bien muchos de los movimientos que asumen el poder (como los cerdos en “Rebelión en la granja” de Orwell) comienzan a tener síntomas de impunidad y olvido del dolor que les movió políticamente hacia la revuelta, ello no implica necesariamente que el cambio se encuentre en meros “retornos” ideológicos, por medio de una guerra contra un enemigo identificado como la sede de todos los males respecto de los cuales hay que diferenciarse, y que para lograrlo se justifica reciclar solapadamente los odios misóginos, racistas, homofóbicos, etc.

Aunque sectores contraculturales críticos del patriarcado, el racismo, la homolesbotransfobia, la neo-colonización, el especismo, etc. se asimilen al mainstream vía financiadoras e instituciones estatales, sigue siendo cierto que la violencia no tiene (pero tiene) “raza” cuando la relación origen étnico-racial y pobreza es más que significativa. Que violencia no tiene (pero tiene) “clase” cuando la explotación cobra sentidos impensados desde lógicas tanto industriales como financieras.

Sigue siendo cierto que la violencia no tiene (pero tiene) “especie” cuando nos interpela un sujeto en situación de calle y ni siquiera reparamos en el perro que lleva años atado a la intemperie alimentándose de sobras podridas, o en lo que eufemísticamente llamamos “carne” para negar la tortura y muerte que acude día a día a nuestro plato. Que la violencia no tiene (pero tiene) “genero” y “orientación sexual” cuando se pretende suficiente una igualdad formal (sin tomar en cuenta los efectos corporales y políticos de un imaginario simbólico patriarcal y heteronormativo), la cual no deja de construirse a la luz de un modelo sexo-genérico hegemónico que aún no se ha interpelado realmente como “uno más” entre otros.

Si bien el victimismo no resulta políticamente convincente, y si bien el poder se ejerce de modos más complejos que una mera polaridad víctima-victimario, resulta vital ejercer la crítica cuando se intentan desdibujar los efectos que las violencias interseccionales provocan por medio de sistemas opresores que efectivamente generan víctimas. Abordar las disputas por el sentido ante el ocaso de certezas universales no implica resignar la defensa de valores que se consideran “sagrados”, aunque si requiere que se haga en estricta observancia de lo ético, lo interdisciplinario y la producción de conocimiento honesta y explícitamente situado.

La búsqueda de universales “vende” porque calma (por un rato) la incertidumbre, pero a la vez sostiene hegemonías y marginalidades. Tal vez la idea no sea buscar un mundo coherentemente cerrado sobre si mismo, sino más bien mundos (en plural) que puedan incorporar la disputa por los sentidos como parte de su propio funcionamiento, sin transformarla en guerra que induzca a “destrozar” al enemigo y polarizar el pensamiento. Si la intención es “ganar” e imponer “mi mundo” como el general entonces estaríamos ante un totalitarismo, pero si tomamos las diferencias como parte de la interacción, es posible que a través de la consideración de las particularidades podamos comunicarnos más dinámicamente desde éticas del cuidado.

Conocé a nuestro columnista
Ruben Campero
Ruben Campero
Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo).

Fue co-conductor de Historias de Piel (1997-2004, Del Plata FM y 2015 - 2018,
Metrópolis FM). Podés seguirlo en las redes sociales de Historias de Piel: Facebook, Instagram y y en su canal de YouTube.

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