Intimidad

Historias de piel: Se la pasó un pueblo

El psicólogo y sexólogo Ruben Campero trae una columna que reflexiona sobre cómo nos referimos a las mujeres que viven su sexualidad libremente,. 

Foto: HIstorias de piel
Foto: HIstorias de piel

Pese a la distancia social establecida en lo público a partir de la pandemia, pude escuchar un fragmento de la conversación entre dos hombres jóvenes de aparente clase media que pasaban por mi lado caminando. Dicho fragmento expresaba lo siguiente: “…yo vi que la mina me empezó a tirar onda, entonces le pregunté a Carlos. Che Carlos. ¿qué onda con esta minita? ¿todo bien? Y Carlos me dice: sí!, dale firme, avanzá nomás, si ya se la pasó un pueblo (risas)…”

Ante esto uno podría simplemente seguir con su caminata como si nada hubiera escuchado, y así continuar naturalizando imaginarios y valores como los que se expresaban en la conversación de esos dos hombres. Sin embargo, también podría preguntarse, sobre todo a la luz de la creencia generalizada de “superación” histórica de lo machista y patriarcal, cuál sigue siendo la vigencia del lugar tradicional de lo femenino y de la mujer en la visión de cada uno de estos hombres en particular, así como también en la que se genera a partir del vínculo e interacción entre ellos, en tanto que expresión de un imaginario social y sexual más amplio que sigue sosteniendo una doble moral para hombres y mujeres.

Si bien se escuchó un fragmento descontextuado de conversación, tomando en cuenta modos consagrados de leer lo social parecería ser que para lo masculino hegemónico el deseo erótico no suele ser lo que más motiva la “toma de acciones” sexuales, sino que el hecho de que alguien “le tire onda”, es decir que le comunique que querría tener una interacción erótica de algún tipo, es suficiente para compelerlo a “avanzar” cuan soldado en territorio de guerra pasible de ser “conquistado”, o como ese ser valeroso que jamás “recula” y que siempre “echa pa 'delante” ante los desafíos.

Por otra parte la interacción entre el protagonista del relato y Carlos, se parece más a la “seria” negociación entre propietarios de bienes materiales que acuerdan los modos de ponderar las mercancías que intercambian, que a la interacción de dos amigos que conversan con emotiva picardía sobre cuestiones erótico-amorosas ante alguien que “tiró onda”. Aquí la camaradería masculina corporativista que parece evidenciarse en la conversación, nos podría estar hablando, nuevamente, del importante valor que tiene otro hombre en comparación con una mujer que recibe la nominación de “mina”, con la cual se estaría consignando la condición de “objeto” de tal posición femenina, y peor aún cuando se usa el diminutivo-calificativo de “minita”.

Es tal vez esa “minita” el signo lingüístico que codifica misóginamente la condición asignada a una mujer de “objeto usado”, el que como tal pierde valor de mercado frente al intercambio de aquellas mercancías disponibles para “estrenar” en clave de marcaje de propiedad exclusiva. Al constituirse desde el relato en una mujer que ya ha sido “pasada” por muchos, ello estaría indicando su condición de “manoseada” por las distintas manos que la “macularon” al tocarla, y que si bien tal expresión permitiría vislumbrar algunas líneas de naturalización del abuso hacia lo femenino, estaría también marcando la aparente “pérdida de brillo” que se registraría en una mujer que circula sexualmente en lo público en tanto se transforma en juguete manoseable de “un pueblo”

Expresar que a esa mujer “ya se la pasó un pueblo”, es decir que tuvo múltiples contacto sexuales consentidos con pares adultos hombres que forman parte de un mismo (o de otro) círculo social, la colocaría por su calidad de mujer en el lugar de la transgresión y hasta cristianamente en la posición de “perdida” (tal y como se designaba a las mujeres “de mal vivir”), en tanto “ya” fue “mansillada” en su honra femenina, la cual en realidad no es más que la honra masculina de su “propietario”.

La mujer manoseada por un pueblo, la “puta” que ya ha sido “pasada” o “frotada” por el cuerpo de muchos hombres, se constituye así en la antípoda de la virgen. Ese ser erotizable en tanto también fetiche y objeto cosificado, el cual concentra el valor narcisista del honor masculino que llega para “deflorarla” o “poseerla” como su (único) “dueño”. Garantizándose de esa manera la ausencia de competidores que pudieran venir a “manosear” el objeto “nuevo” que ha sido adquirido. Es por eso que con la que “ya se la pasó un pueblo” se puede tener una actitud relajada, en el sentido de que se estaría con alguien que no requiere cuidar la propia honra masculina, en tanto ese cuerpo “público” ya no “le pertenece” a nadie y por tanto “le pertenece” a todos por igual. Tal vez esta sea una de las razones por las cuales se llegan a “justificar” de modo perverso la violación en grupo a una mujer.

Es ante la virgen, en cambio, que el hombre masculino hegemónico (y la cultura toda) proyecta su propia vulnerabilidad y feminidad negadas por la presión cultura de “tener que ser un macho”, razón por la cual deberá custodiarlas con recelo en clave de proveedor, ante la inmaculada pasividad de ese cuerpo que representaría la trastienda o parte “trasera” y vulnerable de la masculinidad hegemónica, que por otra parte se logra sostener como “lo importante” cuando encuentra una “minita” a la que puede considerar como propiedad “pública” a ser “pasada” por “un pueblo”.

Conocé a nuestro columnista
Ruben Campero
Ruben Campero
Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo).

Fue co-conductor de Historias de Piel (1997-2004, Del Plata FM y 2015 - 2018,
Metrópolis FM). Podés seguirlo en las redes sociales de Historias de Piel: Facebook, Instagram y y en su canal de YouTube.

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