Intimidad

Historias de piel: Macho, mito y negación

El psicólogo y sexólogo, Ruben Campero, nos trae una columna en la que reflexiona sobre la construcción de las masculinidades. 

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“No llores… no seas maricón! Parecés una nenita! Eso queda muy feo en un hombrecito… Que vergüenza! Cuando tu compañerito te vuelva a insultar ya ni le digas nada más a la maestra, andá y pegale una piña. Aprendé a actuar como un hombre… ¿está claro?”

Estas expresiones son (o al menos eran) muy comunes de escuchar en casas de familia, cada vez que explícitamente se instruía a un varoncito en la masculinidad hegemónica, desde una educación sexual plagada de ideología de género binaria que jamás era (y sigue sin serlo) identificada como “educación” y como “educación sexual”. La misma que ejercen los medios de comunicación, la escuela y la pornografía clásica, entre otros dispositivos, para socializar sexualmente a los sujetos también en clave de género.

Una tal educación que a través del disciplinamiento que las distintas instituciones ejercen sobre los cuerpos y las subjetividades, coloca a la familia (en particular a la nuclear-tradicional) como ese aparato de normalización que se encarga aún hoy de fabricar hombres y mujeres “normales” y “de bien”. Esos que deberán continuar probando(se) ad aeternum su membresía de normalidad, mientras la negación y repudio de otras potencialidades no aceptadas para su género, alimentarán formas de alienación, odio y guerra hacia las disidencias sexo-genéricas a causa de la interpelación que estas ejercen sobre la siempre tambaleante normalidad de los normales.

Así como las feminidades también son formateadas desde el constreñimiento de deseos, cuerpos y vínculos, provocando sufrimiento y distintos modos de morir, ejercer violencia o vivir en clave “zombie”, la masculinidad hegemónica produce cuerpos considerados “de hombre”, que si bien facilitan la expresividad desalineada a través de una cierta estética de autonomía y libertad, también generan modos de dañar(se), morir y aniquilar(se) al impedírseles el contacto con las emociones e imponer la obligación a “actuar”, como condición para ser un “hombre de acción” al que se le incita a la descarga de impulsos.

Al no haber una habilitación desde la infancia para contactar con lo que se siente, reprimiendo el llanto por temor a no llegar a ser un “verdadero” varón, las emociones serán vistas como “debilidades feminizantes”. A partir de ello se estimulará defensivamente la acción, el pasaje al acto, el “hacer algo” (las más de las veces desde el enojo y la competencia) para exorcizar el vacío que provoca sentir, como modo de huida y negación de lo emocional. Sentimientos que no serán experimentados como tales, sino más bien “puestos en escena” a través de acciones que involucran a los demás y conllevan consecuencias materiales directas.

En tanto que el ser cuidadoso y prudente con las reglas es visto desde la masculinidad hegemónica como signo de sumisión, se incita desde pequeño a que el niño masculino ostente una autonomía que muchas veces roza o se transforma en transgresión violenta, en tanto que acción impulsiva y compulsiva que se sostiene sobre la negación de las emociones y la consecuente dificultad de empatizar consigo mismo y los demás.

Tales mecanismos psíquicos, sociales y vinculares masculinzantes son también sostenidos por feminidades y “otras” masculinidades desde subjetividades subalternas, que cumplen el rol de complemento “débil”, de modo tal que el macho “fuerte” (y la cultura toda) crea en esa mitología masculina. Ello produce sujetos con privilegios a la vez que alienados y oprimidos por esas mismas relaciones de poder que los jerarquizan. Un poder que produce cuerpos “máquinas” negadores de emociones y de todo signo de vulnerabilidad, los cuales serán “usables” como soldados de guerra que aceptan morir por lealtad a una identidad nacional-masculina, u obreros que experimentan como honor masculino el “deslomarse” en actividades “cruentas” que condicionan la cantidad y calidad de vida, y determinan muertes precoces.

Sería a través de privilegios (matizados por las interseccionalidades), esos que el Patriarcado otorga desde el mito del macho inmortal y todopoderoso, que muchos hombres son capturados subjetiva y corporalmente para que “acepten” cuan eternos proveedores que se les extraiga la potencia, transformando su vitalidad en iracunda omnipotencia analfabeta de límites.

Dedicados a producir para estar a la altura del ideal de género, alienados desde pequeños a no reconocer lo que sienten, y compelidos a expresarse de modo expansivo, los pasajes a la acción en forma de violencia auto y hetero dirigida, imprudencias temerarias al conducir, abuso de alcohol y otras drogas, sexo compulsivo, automatizado y consumista sin mayor decisión deseante, desestimación del cuidado de la propia salud, suicidios, etc., vendrían a evidenciar el “éxito” de un sistema que aliena y violenta la vida de muchos hombres. Una violencia (invisibilizada como “en género”) que les impone como condición masculina únicamente el acceso a lo racional y a la acción, aunque ello conduzca a una muerte inmediata o a mediano plazo.

Negar la sensibilidad y la dependencia induce a colocar en otros tales condiciones humanas y evitar que las mismas interpelen la certeza ruda y activa de lo masculino. Ello condiciona el acceso a la violencia como un pasaje al acto mortífero que afecta tanto al sujeto como a quienes le rodean, generando que los asesinatos, accidentes, adicciones y suicidios se presenten con significativa incidencia estadística entre hombres cis género.

La guerra contra sí y los demás a la que una educación sexual que adoctrina en clave de género binario produce, así como la demonización que desde ciertos sectores radicales se le viene aplicando “al hombre”, lo condena a un moldeamiento ideológico masculino desde una biologización omnipotente que se pretende mera testosterona. Dicha naturalización soberbia de una masculinidad “insensible”, lo colocaría a la altura de un dios que exagera racionalmente su separación de lo sintiente (poniéndola en acto), y que pretende trascender masculinamente la carencia inherente a la propia existencia como humano.

Si como dice el “Martín Fierro” de José Hernández “todo bicho que camina va a parar al asador”, y si para ser un “hombre de verdad” hay que salir a demostrarlo a través de acciones sin calibrar demasiado las consecuencias, es posible que el sistema patriarcal reinstale a cada paso un programa perverso. Uno que naturaliza para un hombre que masculinamente “se precie de tal”, el alienantemente honorífico mandato de tener que matar, sufrir y morir en acción.

Conocé a Nuestro COlumnista
Ruben Campero
Ruben Campero
Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo).

Fue co-conductor de Historias de Piel (1997-2004, Del Plata FM y 2015 - 2018,
Metrópolis FM). Podés seguirlo en las redes sociales de Historias de Piel: Facebook, Instagram y y en su canal de YouTube.

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