INTIMIDAD

Historias de piel: Invisibilidades encarnadas

La feminidad tradicional condiciona a las mujeres en relación con su sexualidad, así como con pareja, hijos, trabajos remunerados o distintas actividades.

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El mandato de “ser de otro” planteado dentro de la feminidad tradicional determina en muchas mujeres diferentes formas de consagración hacia las personas y situaciones desde estilos abnegados y sacrificiales que condicionan su relación con la sexualidad, así como con pareja, hijos, trabajos remunerados o distintas actividades. 

En todo ello el “pensar en el otro” se constituye ya no tanto en empatía, sino más bien en un verdadero “ruido” psíquico que no deja a la mujer escuchar lo que desea y necesita en cada momento, sin poder evitar que las expectativas de los demás la condicionen.

Tomar contacto con el deseo personal muchas veces está limitado por sentimientos de culpa, a raíz de la creencia más o menos inconsciente de no tener derecho a pensar en sí misma con independencia de otros, en la medida en que “egoístamente” no los estaría considerando o directamente los abandonaría.

Esto tornaría a la mujer en alguien afectable, moldeable y finalmente dominable por las opiniones que de ella tienen esos otros, a partir de quienes aprende a esperar ser definida, reafirmada y validada como sujeto en general y femenino en particular según la atención en apariencia altruista que les brinda, y a partir de la cual cree poder tener la distinción (y el poder) que implica detentar el amor que inspira con sus actos de entrega.

Con ello, si bien le es posible ordenar y encauzar ciertas lógicas de lo doméstico, también puede manipular a otros mediante extorsiones emocionales ejercidas desde el estereotipo de la buena madre y esposa (en calidad de imprescindible), a partir de la atención que dispensa y de lo que se le debe por haberse sacrificado por los demás.

Paralelamente, si bien lo sacrificial puede constituirse en una subrepticia manera de ejercer control y dominio sobre otros a través del amor incondicional que se les brinda, la impronta que habría dejado el modelo de Cenicienta (esa buena mujer que por su desventura, padecimiento y actitud agonista es recompensada con un reino) haría que muchas mujeres esperen inconscientemente que sus entregas casi de inmolación ante un dios perversamente paternalista las torne dignas de ser interpretadas en su sufrimiento y finalmente rescatadas.

Por eso la mujer que se instala en lo sacrificial, en tanto “decencia de género”, siente que no tiene que decir directamente lo que necesita (o tiene prohibido hacerlo) ya que la narrativa de su feminidad “no deseantemente afirmativa” como la de Cenicienta, le indica que lo amorosamente auténtico sería que el otro se diera cuanta de lo que ella necesita.

Debe esperar por tanto ser adivinada en la esencia de su reclamo a partir de quejas por asuntos que en realidad no son de su auténtico interés, de forma tal que el zapatito de cristal venga encajar en su distinguida alma-pie y pueda liberar su original (pero invisible) derecho a consumar sus deseos ser (a instancias de otros) finalmente feliz.

Aún así, cuando alguna de estas mujeres femeninas intenta reclamar con su propia voz por la injusticia con la que incluso ella misma ha colaborado para hacerla su morada de encarnación, muchas veces es descalificada al indicársele que en realidad “cararea”, es decir que sólo puede argumentar(se) desde una desautorizada descarga emocional sin forma (o una interminable verborragia de ”nerviosismo hormonal”), infantilizándola nuevamente como esa “gallina” que siempre necesitará de un “gallo” que le “ordene” el gallinero.

Este capital y poder emocional que en las relaciones de producción se ha asignado a las mujeres, determinaría subjetividades femeninas que parecerían estar demasiado pendientes de las señales sobre sí que les devuelve el afuera.

Las mismas señales ante las cuales no pueden evitar sentirse interpeladas (en tanto siempre tendrían algo importante para decir sobre ellas y la vida en general), y por las que quedan sus emotividades y energías mentales subsumidas en eso que le presentan e imponen los demás, de quienes obtendrán miradas de aprobación condicional sobre lo atractivas, adorables y eficientes que son en tanto mujeres. Sujetos que saben “acatar” la posición complementaria dentro de los modos consagrados y “biologizados” de construir la diferencia sexual.

Texto extraído del libro “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” de Ruben Campero. 2018, Editorial Fin de Siglo.

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Ruben Campero
Ruben Campero
Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo).

Fue co-conductor de Historias de Piel (1997-2004, Del Plata FM y 2015 - 2018,
Metrópolis FM). Podés seguirlo en las redes sociales de Historias de Piel: Facebook, Instagram y Twitter y en su canal de YouTube.

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