Intimidad

Historias de Piel: Eyecciones de poder y vida

El Psicólogo y sexólogo Ruben Campero nos invita a hacer una mirada simbólica sobre el valor erótico y masculino que se le atribuye a la eyaculación

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Uno de los actos viriles que nuestra cultura entrona sexualmente para asentar la masculinidad hegemónica es la eyaculación. Si bien en general coincide con el orgasmo, no es la misma cosa. Eyacular es el acto de emitir y expulsar semen, y orgasmear es la capacidad de experimentar placer y otras reacciones físicas, psicológicas y vinculares a través de un acto de descarga psicomotriz-muscular provocado por estímulos sexuales de cualquier tipo.

La culturalización masculinizante de la sexualidad, constatable en clave viril (es decir “virtuosa”) a través de productos valorados por su materialidad tangible y medible, colocaría a la eyaculación y al semen (además de la erección) en el lugar de esa actividad y sustancia que se elaboran para ser expulsadas al exterior como pruebas corporalizadas de la grandeza fálica de lo masculino. 

El semen, en tanto que metáfora de ese “polvo divino” con el cual habría sido creado el hombre (y no la mujer), se configuraría en el testimonio material de esa sexualidad productiva y “todo poderosa” que daría origen a la vida. Ese germen potente y seminal que prendería y actuaría sobre la pasiva y fértil tierra de otro cuerpo, el cual absorbería con placer la fuerza nutritiva de dicha sustancia. 

Un semen que simbolizaría ese elixir o “agua bendita” emanada del dios Falo, y que las películas porno escenifican hiperbólicamente a través de copiosas, externas y visibles eyaculaciones sobre nalgas y caras, las cuales aparentemente entrarían en “transe extático” al tomar contacto con aquella secreción que proviene del interior de un “cuerpo que importa”, parafraseando a la filósofa norteamericana Judith Butler. 

Pero este semen se convertiría en sustancia valiosa, en producto masculino terminado, siempre y cuando sea elaborado, eyectado y manejado por un hombre que “sabe lo que hace”, y que por tanto se mantiene en control al estar consciente de su preciado y paternalista rol de proveedor sexual

Por esta razón el mal llamado “eyaculador precoz”, ese hombre visualizado prejuiciosamente como pueril en la medida en que “se hace en la cama” al eyacular antes de lo deseado, y que expulsa su contenido con demasiada premura y fuera de control, no logra hacer que su semen sea valorado como producto material de hombre. En la medida en que su eyaculación es algo que no logra contener, dejándose llevar por impulsos y por miedos de diferente tipo, su semen ya no será ese elixir masculino generador de vida, sino que descenderá a la categoría de sustancia segregada por un hombre “agrietado” que “hace agua”, el cual vergonzosamente, y al igual que un niño, no ha podido contener sus esfínteres.

Este eyaculado masculino deberá también manifestarse en términos cuantitativos, dando cuenta de la apremiante necesidad de ser expulsado a causa del volumen de semen supuestamente acumulado. Con ello se haría honor a esa sexualidad “desbordada hormonalmente” que el despliegue del macho se encarga de confirmar como biológicamente real. Por esa razón, muchas veces no dudará en brindar su semen a todo aquel que lo solicite, ya sea a través de un coito o sexo oral furtivo, o donándolo, ya que según la tradición “tener muchos hijos desconocidos y desparramados por ahí” es signo de fuerza seminal que logra preñar cuerpos. No por casualidad una de las expresiones vulgares que un hombre puede usar para decirle a una mujer que la quiere penetrar enérgicamente expresa: “Te voy a llenar la panza de huesos”.

Esta verdadera megalomanía fálico-seminal utilizaría a su vez representaciones maternas para asentar su estatuto de sustancia propiciadora y gestante de vida. En ese sentido, se hará posible que el pene comparta el lugar lingüístico y simbólico del pecho y pezón materno, en la medida en que se lo “chupará” para “hacer un pete” (de “chupete”) o una “mamada”, esperando que de él surja ese líquido nutricio que coincidentemente se hará llamar “leche” en el lenguaje popular. Una leche que cuando por efecto de una vasectomía deja de contener las “semillas” que dan sentido a su principio activo-fecundante-alimenticio, se torna en mera secreción que pareciera ya no ser aquel producto masculino acabado que otorgaba estatuto fálico a ese acto viril de hombre.

Extracto del libro “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” de Ruben Campero. Montevideo, 2014. Editorial Fin de Siglo.

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Ruben Campero
Ruben Campero
Psicólogo, Sexólogo y Psicoterapeuta. Docente y autor de los libros: “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes”, “A lo Macho. Sexo, deseo y masculinidad” y “Eróticas Marginales. Género y silencios de lo (a)normal” (Editorial Fin de Siglo).

Fue co-conductor de Historias de Piel (1997-2004, Del Plata FM y 2015 - 2018,
Metrópolis FM). Podés seguirlo en las redes sociales de Historias de Piel: Facebook, Instagram y y en su canal de YouTube.

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