Intimidad

Historias de piel: No aclares que enfurece

El psicólogo y sexólogo, Ruben Campero, nos trae una columna que reflexiona sobre las diferentes formas de discriminación en la sociedad. 

mujer enojada
Foto: Pexels

Hace tiempo que asistimos a una regulación social de aquellas expresiones que se emiten en público y que puedan representar una ofensa, incitación al odio o cualquier forma de violencia, probablemente en consonancia con lo que especifica tanto el artículo 149 bis del Código Penal (modificado por la ley 16.677 de 2003) como la ley 17.817 “Contra el racismo, la xenofobia y toda otra forma de discriminación” promulgada en Uruguay en 2004.

Tal regulación social cobra a veces en el ágora un particular perfil de vigilancia normativa en torno a lo políticamente correcto, que al confrontarse con posturas tradicionalmente conservadoras quejosas de verse condicionadas en su acostumbrada forma de expresión por agendas a las que etiquetan de ideológica y económicamente dirigidas, tiende a generarse un escenario pasional de confrontación identitaria que no siempre permite identificar y analizar cabalmente las complejidades que se suceden a nivel de las vulneraciones a los derechos de personas y colectivos, las cuales se siguen perpetrando tanto de modo implícito como explícito.

Si bien lo que se cataloga de violencia van cambiado con las épocas, no siempre las figuras con especial responsabilidad pública respecto a lo que hacen y comunican en los medios y sus ámbitos de trabajo, están sensibilizadas o adecuadamente asesoradas respecto a dichos cambios, manejándose con cosmovisiones y valoraciones personales que ideológicamente tal vez entienden aplicables a “todo el mundo”. Actuando de un modo parecido a como operó la Medicina en el Uruguay del 900, según la investigación del historiador uruguayo José Pedro Barrán, al formar parte de un proyecto civilizatorio y moralmente disciplinador, mediante la normalización de cuerpos y comportamientos en nombre de criterios sanitaristas y patologizantes supuestamente universales.

De acuerdo a los parámetro biométricos que el higienismo del S. XX implantó con intenciones eugenésicas, el coeficiente intelectual (C.I), entre otros, ofició como marcador clasificatorio de distinción que dotaba de naturaleza “elevada” a la clase dominante, y “zoologizaba” de modo especista a aquellos sapiens con “bajo C.I”, en tanto les acercaba a lo salvaje (y dominable o ”exterminable”) y les alejaba de lo civilizado, constituyéndolos en “raros” por su marginalidad respecto de quienes sí se adaptaban al ideal de normalización impuesto.

De esta manera el negro que aspirase a “mejorar” (aunque por su “naturaleza” nunca llegaría a lograrlo realmente) debía parecerse al blanco, como el indígena al colono, la mujer al hombre, el animal no humano al humano, etc. De la misma manera que el gay o lesbiana que “no parecían”, debían sentirse satisfechos de que su “rareza” fuera disimulada por una mimesis con la normalidad heteronormada, o a lo sumo “destacar” por alguna cualidad particular, entre ellas la inteligencia, que les pudiera “rescatar” a modo de compensación de su “penosa condición”.

El “gay inteligente” invisibilizado como tal (y escasas y misóginas veces “la lesbiana”), sería por tanto la excepción que confirmaba la norma hetero-cis-patriarcal, que como un “buen criado” (o esclavo, o esposa o mascota) podía gozar de la buena mirada de aquel patrón que lo incorporaba, como gesto de condescendencia, a su círculo de valiosas amistades.

La mala prensa que hoy la violencia homo-lesbo-transfóbica tiene, no sólo generó demagogias insospechadas, sino también discursos que se hacen pasar por democráticos pero que siguen siendo expresión de tensión entre tradiciones que naturalizan la violencia, y maquillajes del habla que en realidad carecen de intención hospitalaria para recibir al otro como otro real con toda su diferencia, salvo que como fotocopia del “original” que si bien “rara” (en tanto que “fallada”) puede sin embargo ser invitada a la mesa de los legítimos adultos hacedores de la cultura.

Cuando se dice que el gay es raro “pero” inteligente, imponiéndosele con ello la creencia en ciertos parámetros biométricos de normalidad para ser considerado (por el aparente “dueño” del discurso) un interlocutor válido, se seguirían actualizando formas neo-coloniales que intentan refundar ejes tradicionales de un pensamiento civilizatorio, “fundamental” e higienistamente eugenésico, el cual ha intentado imponer como universal un modo particular de ver digna y “vivibile” una vida.

Los discursos de la rareza patologizante del proyecto civilizatorio, junto a intenciones demagógicas o incluso sinceras de intentar argumentar “a favor” de los que de antemano se cataloga de “diferentes” sin especificar respecto de quien, generan hoy argumentaciones públicas que seguirían evidenciando escasa complejidad en el análisis de las relaciones humanas inherentes a las formas de ejercicio del poder en interseccionalidad con la sexualidad y el género, y que por más que tengan buenas o malas intenciones, sus ambiguas posiciones ideológico-valorativas se constituyen en aclaraciones que no sólo oscurecen un tema históricamente teñido por el dolor y la violencia sino que más bien tienden a enfurecer.

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