Educación

¿Las escuelas matan la creatividad? ¿Qué podemos hacer para fomentarla?

La educación puede hacer que nuestros hijos florezcan y se desarrollen, pero también desde el hogar se puede estimular a los más pequeños para que no pierdan la espontaneidad y las ganas de aprender

Niñas estudiando en la escuela. Foto: Pixabay
(Foto: Pixabay)

Picasso dijo una vez “todos los niños nacen artistas… el problema es seguirlo siendo cuando crecemos”. En las últimas décadas, cada vez son más los padres y docentes que denuncian que el sistema educativo actual, lejos de ser el abono que permita florecer la creatividad en los niños, es el principal responsable de matarla. Se señala que estandariza contenidos y sistemas de evaluación para todos los niños por igual —e irrespetando las individualidades y tiempos particulares de desarrollo— en lugar de ser un campo de cultivo en el que se busque despertar los talentos e intereses propios. Como respuesta, día a día vemos brotar decenas de métodos pedagógicos alternativos que prometen educar en la libertad, seguir al niño y respetarle su individualidad, buscando dar respuesta a esta preocupación de los padres de hoy.

Uno de los voceros más destacados de esta lucha ha sido sin lugar a dudas Sir Ken Robinson, quien en su charla de TED de 2006, “Las escuelas matan la creatividad”, denunciaba que “hemos estandarizado la educación como lo hemos hecho con la comida en las cadenas de fast food, y esto está empobreciendo nuestros espíritus y agotando nuestras energías” atentando así contra la creatividad justo cuando hoy día ésta es más importante que nunca antes en la historia ya que es la única forma de preparar verdaderamente a nuestros hijos para un futuro que nos es completamente impredecible.

¿Por qué? Básicamente porque el sistema educativo ha sido desarrollado siglos atrás, para dar respuesta a las necesidades de la industrialización, razón por la cual las materias más “útiles”, matemática y lengua, se consideran las más importantes, luego las humanidades y por debajo de todas, las artísticas como lengua, música, teatro o danza, aún cuando se sabe que el aprendizaje de música por ejemplo, es de enorme ayuda para otras disciplinas como las matemáticas mismas, por ejemplo, o que la educación física, predispone químicamente al cerebro para el aprendizaje por lo que debería enseñarse al inicio de la jornada y no al final como se hace habitualmente. “A medida que los niños crecen —dice Robinson— comenzamos a educarlos progresivamente de la cintura para arriba, hasta focalizarnos por completo en sus cabezas”.

“¡Dígame Licenciado!”, diría Chespirito…

Otra razón es que el sistema está pensado pura y exclusivamente para prepararnos para la entrada a la universidad, pero no para perseguir otras profesiones o intereses. Por esto deja afuera a mucha gente con otros intereses, impidiéndoles incluso descubrir siquiera su verdadera vocación y convenciendo a mucha gente que es creativa y valiosa de que no lo son, simplemente porque no fue lo suficientemente buena en un puñado de asignaturas “clave”.

Pero la creatividad también se mata cuando se pretende que todos empiecen a leer al mismo tiempo, cuando se estandarizan las calificaciones sin tener en cuenta las circunstancias particulares de cada individuo o cuando lisa y llanamente se castiga permanentemente el error, cuando en realidad, quien no está preparado para equivocarse, es incapaz de ensayar soluciones verdaderamente creativas a viejos o nuevos problemas.

¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a desarrollar nuestra creatividad entonces desde su más tierna infancia?

— No corregirlos cuando sus creaciones difieren de nuestras convenciones y expectativas, no darles demasiadas instrucciones para sus expresiones artísticas u ofrecerles insistentemente modelos para copiar o contornos que seguir pidiéndoles que se mantengan dentro de una “normalidad” determinada.

— Desdramatizar el error y verlo no como sinónimo de fracaso sino de simple preparación y acostumbrarlos a valorar más ese proceso que los resultados, es el primer paso para impulsarlos a probar una y otra vez soluciones nuevas y diferentes.

— Proponerles actividades que naturalmente fomentan la creatividad como la pintura y el dibujo libre, así como la expresión artística, sin reglas ni consignas disponiendo de elementos y de un lugar en casa para poder expresarse libremente es una excelente idea.

— Fomentar la lectura desde la más tierna infancia es un recurso excelente para el desarrollo de la creatividad, la imaginación y el desarrollo del lenguaje.

Juegos como las sombras chinas, son también increíbles disparadores de ideas que estimulan el armado de historias propias cada vez más complejas, sobre todo cuando nos salimos del “libreto”. Cuando mi hija tenía 2 años pasamos por una etapa de enamoramiento con las sombras chinas y durante un año, luego de leer cuentos, todas las noches armábamos una historia. Y lo mejor de todo, aprendí que más se divertía aun cuando mezclábamos sin criterio los personajes de los distintos cuentos y Caperucita Roja se subía a un dragón, aterrizaba en Saturno y allí encontraba a un elefante.

— Enseñémosles que hacer buenas preguntas es mucho más valioso que dar buenas respuestas. Evitemos reírnos de sus preguntas alocadas. Ejercitemos la paciencia cuando intentan resolver algo por sí solos y en el camino lo rompen; la creatividad es hija de la autonomía y ésta, es imposible de desarrollar si no se nos da espacio.

— Fomentémosles el amor por juegos simples y brindémosles juguetes que hagan poco por ellos, donde ellos sean los protagonistas activos y no meros receptores pasivos de estímulos, recordando siempre que cuanto menos haga un juguete por el niño, más hará el niño con él.

—Alentémoslos a actividades que desarrollen la observación así sea de insectos bajo la lupa o de reacciones químicas con experimentos seguros acordes a su edad y por sobre todo, tomémonos el tiempo para generarles un ambiente seguro en el cual puedan explorar, practicar, desarmar, construir y ensuciar lo necesario para que den rienda suelta a su curiosidad e imaginación.

Pero sobre todo, quizá lo más importante sea que debemos, no solo respetarles, sino hasta enseñarles incluso, a que pueden estar en desacuerdo con nosotros. Una cosa es que como padres impongamos límites a su accionar por su propio bien y otra muy distinta es que pretendamos que ellos acuerden 100% con nuestro modo de hacer las cosas.

Hagamos el esfuerzo de separar lo que es la obediencia de la sumisión porque sólo aquel que en algún momento rompe alguna regla y hace algo diferente de lo que es percibido como lógico, esperado o correcto, puede darse el lujo luego de descubrir algo distinto. ¿O acaso la historia no está llena de inventos que fueron resultado de pruebas alocadas o incluso de crasos errores?

Si entendemos ser creativos como encontrar soluciones nuevas, originales, verdaderamente nuestras, a nuevos problemas y desafíos, entonces fomentar la creatividad no es otra cosa que pavimentar el camino al éxito, al verdadero éxito, al de la realización personal. No sólo necesitamos, como dice Robinson, “crear un nuevo sistema de educación en el que la gente encuentre sus propias soluciones con ayuda externa pero basados en un curriculum personal”, sino también, necesitamos cambiar nuestra propia idea de la educación como un proceso de llenado de contenidos de un recipiente vacío, para pasar a entenderla como un proceso de mejora constante de las condiciones en las que florecerán nuestros hijos, con toda su unicidad a cuestas, personalizando la educación en función de sus necesidades, sus inquietudes y fundamentalmente de sus tiempos.

Conocé a nuestra columnista
Claudia Guimaré
Claudia Guimaré
La socióloga uruguaya y especialista en marketing y comunicación es la fundadora de Mamá estimula. En el grupo que administra desde Argentina, comparte materiales educativos y soluciones para padres.

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