INNOVACIÓN

Un viaje fascinante

¿Por qué algunas ideas se transforman en inventos que cambian el mundo? La respuesta a ese interrogante la tiene Steven Johnson, un reconocido investigador y conductor de Arquitectos de la Innovación.

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Bajo la lupa. Johnson dedica cada capítulo del ciclo a un invento innovador: luz, frío, higiene, sonido, tiempo y vidrio. (Foto: Wobi)

Steven Johnson es un prolífico autor y carismático protagonista de la serie de TV Arquitectos de la Innovación. «Ningún capítulo está dedicado al smartphone, por ejemplo, aunque hablo de él. No tendríamos computadoras si antes no hubieran existido los relojes de gran precisión. Quise contar historias de las consecuencias inesperadas de objetos tan simples como un reloj», explica en entrevista con WOBI. Arquitectos de la Innovación consta de seis episodios que tratan sobre la luz, el frío, la higiene, el sonido, el tiempo y el vidrio. ¿Por qué estos seis elementos para contar la historia y el modo en que contribuyeron a crear el mundo moderno? Consideremos algunos ejemplos.

La era de hielo

En 1805 no era obvio que un ambiente podía refrigerarse, ni que el hielo podía mantenerse en estado sólido. Ese año, un joven llamado Frederick Tudor, de 21 años, pasaba unos días de vacaciones en el Estado de Carolina del Sur. Originario del norte del país, Tudor, que estaba acostumbrado a los crudos y helados inviernos de la zona en que vivía, donde las familias guardaban el hielo para conservar comida y refrescar bebidas, comenzó a preguntarse qué pasaría si se pudiera transportar hielo de los lagos congelados a lugares cálidos, sin que se derritiera. Su primer intento de llevarlo a una isla del Caribe fue un fracaso rotundo. Sin embargo, 10 años más tarde logró dar con la fórmula: el aserrín que descartaban de los aserraderos funcionaba como aislante para poder trasladar los cubos. Y con el fin de conservarlos una vez llegados a su destino, construyó habitaciones reforzadas, con doble pared aislante, donde un gran cubo de hielo podía mantenerse entre cuatro y seis meses.

La iniciativa de Tudor permitió el nacimiento de una nueva industria: comida refrigerada. Pronto, trenes repletos de hielo empezaron a transportar cosechas y productos perecederos a diferentes puntos del país, con el consiguiente beneficio para la población, que desde entonces se alimentó mejor y de manera más saludable. Los pueblos fueron creciendo y el hielo se convirtió en el segundo producto más exportado de EE.UU., después del algodón.

Una vez lograda la solución a la demanda global de hielo, lo que sobrevino fue una plataforma de ideas alrededor del frío, que hoy en día se genera artificialmente. Sin embargo, como ocurre con casi todos los inventos, el frío artificial se originó en medio de un panorama preocupante. En 1841, en Florida, el calor y los mosquitos desataron una epidemia de fiebre amarilla que desbordó los hospitales de pacientes con temperaturas altísimas. Al doctor John Gorrie se le ocurrió la idea de refrigerarlos para bajar la fiebre y evitar que se siguieran contagiando. Con la ayuda de ingenieros creó una corriente de aire que, al pasar por grandes cubos de hielo, refrigeraron el ambiente. Más tarde, Gorrie ideó una máquina que producía hielo artificial. Había nacido el refrigerador.

Arena milagrosa

En su Historia Natural, Plinio el Viejo (siglo I) cuenta que unos mercaderes que se dirigían a Egipto con el propósito de vender carbonato de sodio, se detuvieron para comer a orillas del río Belus, en Fenicia. Como no había piedras para colocar sus ollas, decidieron utilizar algunos trozos de carbonato de sodio. Calentaron sus alimentos, comieron y se dispusieron a dormir. A la mañana siguiente vieron con asombro que las piedras se habían fundido y, al reaccionar con la arena, produjeron un material duro y brillante, el vidrio.

Lo cierto es que el vidrio se encuentra en la naturaleza: es un material inorgánico compuesto de silicio y oxígeno. Pero se estima que el hombre aprendió a fabricarlo alrededor de 3.500 años antes de Cristo. Y es uno de esos inventos silenciosos que forman parte de nuestro quehacer cotidiano. Además, ha sido fundamental en las grandes revoluciones de la ciencia. Ha ayudado a comprender el universo, a producir alimentos, a combatir enfermedades y a fortalecer la comunicación global.

Al año se producen cerca de 50 millones de toneladas de vidrio. Se usa para construir casas, edificios, notebooks, teléfonos celulares, autos, anteojos... Nuestra vida depende enormemente de este maravilloso material. Y se produce con uno de los recursos más comunes del planeta: la arena.

En el siglo XIII, una generación de fabricantes de vidrio se instaló en Venecia, huyendo de Turquía durante la época de las Cruzadas. Venecia era una ciudad sobrepoblada y la mayoría de las casas estaban hechas de madera.

Debido a ello, trabajar con altas temperaturas significaba grandes riesgos de incendio, y las autoridades obligaron a los fabricantes de vidrio a mudarse a la isla de Murano, que pronto se convirtió en un gran centro de innovación. Allí fue donde Angelo Barovier, otro de los héroes desconocidos, creó el vidrio más transparente de la historia y permitió, entre otras cosas, la fabricación de frascos y tubos de ensayo. Productos que colaboraron con la química y dieron lugar a la revolución científica.

No se sabe con precisión cuándo, pero en algún momento los fabricantes de vidrio comenzaron a jugar con la creación de formas distintas. Así, de dos fragmentos de vidrio curvo en un marco nacieron los primeros anteojos. Y fue el primer paso para la creación del microscopio, que permitió ver aquellas cosas que hasta el momento resultaban invisibles y no se conocía su existencia.

Y se hizo la luz

El invento más revolucionario de todos fue la luz, que puso en marcha una increíble tormenta de ideas que afectaron la vida humana. Desde la industrialización, hasta la arquitectura. Desde artículos del hogar, hasta el entretenimiento.

Pero antes del invento de la bombilla de luz hubo otro muy interesante: el polvo de la luz del flash, un desarrollo alemán que no tardó en llegar a las calles de Nueva York. De hecho, les dio luz a fotógrafos interesados en retratar lo mal que vivía la gente en los barrios pobres de la ciudad.

Y aunque ese flash cegador podía mantener un cuarto iluminado por unos segundos, las personas todavía dependían de las velas para iluminar sus hogares. Entonces, Thomas A. Edison descubrió que se podía generar una iluminación continua y brillante con solo encender un interruptor. Era el momento de la bombilla eléctrica. En 1879, la primera bombilla incandescente de larga duración iluminó Nueva York. Y un año después comenzó a fabricarse en forma masiva, lo que hizo posible que la luz artificial llegara a una enorme cantidad de gente.

Gracias a ese invento, la productividad mundial aumentó considerablemente. Pero los cambios fueron aún más profundos y sociológicos. Por ejemplo, con la llegada de electrodomésticos —lavarropas, aspiradoras y batidoras, entre otros— se redujeron notablemente los tiempos de trabajo en el hogar, y las mujeres lograron más independencia para sumarse a la fuerza laboral.

A su vez, la evolución de la tecnología dio lugar a nuevos inventos, como la luz láser, que transformó la comunicación global. Todas las llamadas telefónicas, el correo electrónico y la conexión a Internet se realizan con pulsos de luz láser a través de un sistema de fibra óptica.

En pocos siglos, los grandes inventos como el frío, el vidrio y la luz han conducido a la modernidad. Habrá que ver adónde nos llevan sus derivados.

Pasiones encontradas

Nacido en 1968 en Washington D.C., Steven Johnson estudió semiótica en la Universidad Brown, y luego literatura inglesa en Columbia. Es el autor de nueve libros que versan sobre la intersección de la ciencia y la tecnología. También ha creado tres sitios web muy influyentes: la pionera revista online Feed, la comunidad Webby y Plastic.com. «Quise ser escritor desde muy temprano, cuando tenía 13 o 14 años, pero siempre dudaba de qué tema tratar», le confesó a WOBI en un pasillo del Milano Congressi, durante el último World Business Forum realizado en la ciudad de Milán. «Me atraía la literatura del siglo XIX y nada lo relacionado con la tecnología. De hecho, en los ’80, si a uno gustaba la cultura, era muy poco probable que le interesaran las computadoras. Considerábamos que eran para los nerds. Sin embargo, esa noción empezó a cambiar en los ’90, gracias a publicaciones como Wired, que hablaban de la tecnología como una fuerza cultural. Fue entonces cuando me propuse escribir sobre el impacto histórico de la ciencia, y se volvió el tema recurrente de mi trabajo».

En la actualidad, Johnson colabora regularmente con The New York Times, The Wall Street Journal y The Financial Times, y es asesor de varias compañías relacionadas con Internet.

También fue el co-creador y anfitrión del programa televisivo Arquitectos de la Innovación, basado en su libro How We Got To Now, que WOBI transmite en su canal para América Latina. (WOBI)

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