INFORME

Tres empresas de alto impacto para el mundo son uruguayas

3Vectores, BioTerra y Kivoy son «empresas B» certificadas; forman parte de un sistema que redefine el sentido del lucro y transforma a la responsabilidad social en una misión más integral.

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Empresas B. Su objetivo atiende tres dimensiones: económica, social y ambiental. Foto: Google Images.

Son solo tres en Uruguay, pero en el mundo ya hay 1.300, que facturan US$ 16.000 millones anuales. Las «empresas B» son una fuerte corriente a nivel global que plantea una revisión holística del modelo de negocio y de la responsabilidad social. Son compañías que tienen un propósito colectivo más allá del económico. Por eso, redefinen el sentido del lucro, que ya no es un fin, sino un medio para lograr un bien social y/o ambiental. Pero, a diferencia de las organizaciones no gubernalmentales, estas empresas trabajan con la fuerza del mercado.

El movimiento desembarcó en Uruguay a mediados de 2014, de la mano de Sistema B. La diseñadora gráfica Giselle Della Mea es la actual presidenta del directorio y una de las principales impulsoras.

El Empresario entrevistó a los responsables de las tres empresas B uruguayas, las únicas que (por ahora) aprobaron con éxito el exhaustivo proceso de certificación de la organización B Lab, con base en EE.UU. Se trata de 3Vectores, BioTerra y Kivoy.

Diseño de triple impacto

El estudio 3Vectores tiene 12 años de historia y es la primera empresa B en Uruguay. Su directora es Della Mea, quien también es magíster en diseño de modelos de negocios.

Si bien crear productos de consumo era lo que más dinero le generaba, era lo que menos motivaba a Della Mea. Entonces, fue complementando el eje económico con el eje social y ambiental (buscando un «triple impacto»: people, planet, profit). Por ejemplo, creó la «marca-ciudad» de Gualeguaychú, previo al conflicto binacional por la planta de celulosa UPM (exBotnia) en Fray Bentos. «Formé una comunidad de 80 ciudadanos para quienes diseñamos la marca con un proceso abierto de cocreación, con talleres. Recogía el sueño de cada uno para llegar a una representación gráfica común», recordó.

El resultado de ese trabajo fue una marca que sobrevivió a tres gobiernos distintos, ya que estaba «sostenida por la ciudadanía». Su metodología está alineada con lo que hoy se conoce como design thinking.

Della Mea regresó a Uruguay en 2013 y la facturación de 3Vectores superó los US$ 115.000 anuales entre sus filiales uruguaya y argentina.

La empresa ya ha desarrollado más de 50 marcas y 50 webs para organizaciones no gubernamentales y microempren- dimientos. En paralelo, en los últimos cuatro años donó más de 1.300 horas de trabajo a proyectos de impacto social o ambiental.

Este año fue incluida en el listado de «Mejores empresas B para el mundo», distinguidas por B Lab especialmente por crear el mayor impacto positivo hacia trabajadores, comunidades y ambiente.

Del residuo al compost

BioTerra fue fundada hace cinco años por tres ingenieros que buscaban contribuir a la agricultura sustentable. Ubicada en Juanicó, la compañía se dedica a la conversión de residuos orgánicos en compost de alta calidad, así como otros productos 100% naturales para el crecimiento de cultivos y parques.

«Surge para ofrecer un camino sustentable a la agricultura, que no destruya el medioambiente. Somos conscientes del problema de los agroquímicos para el crecimiento de las plantas y los alimentos, de los daños que producen al ecosistema», dijo su director, Martín Henderson, quien antes se desempeñaba como inspector en una certificadora de alimentos orgánicos.

Los primeros cuatro años fueron de inversión y mucho esfuerzo para lograr el equilibrio financiero, que se alcanzó en 2014 con una facturación cercana a los US$ 500.000. «Ahora, movilizadas por lo que ocurrió en el Río Santa Lucía y los controles de la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama), nos están llamando empresas que no ven soluciones para sus residuos orgánicos», indicó Henderson.

Pero no siempre fue así. «Varias veces hemos tenido que comprar residuos e ir a buscarlos porque las empresas si no los tiraban en lugares donde no debían. También nos pasaba que nos querían vender estiércol como insumo para nuestro proceso a un precio parecido al que vendíamos el compost. La ecuación no cerraba por ningún lado», recordó Henderson.

Ahora, sus productos llegan a casi todo el país con entrega propia. «Somos número uno en ventas en el mercado de viveros e insumos para jardines», dijo Henderson.

Para la agricultura extensiva, BioTerra también ofrece bolsones de 800 kilos, aunque en este caso se enfrentaron mayores barreras, por la falta de información y porque muchos productores se aferraban a sus costumbres. «Todavía la gente utiliza estiércol crudo, que está prohibido por la Dinama. Lo compran en galpones de pollos o feedlot, no saben que contamina las aguas», señaló Henderson.

Además, muchos productores prefieren la aplicación de químicos debido a que es más sencilla en su logística. Y aún está pendiente la norma que permitirá realizar el registro de fertilizantes orgánicos. Aun así, BioTerra logró concretar su primera exportación hace 15 días, con destino a Senegal y bajo la marca Uruguay Natural.

Riego sustentable

Radicada en Cardona (Soriano), Kivoy se propuso contribuir al cambio social, cultural y productivo de la matriz energética. Para cumplir con ese objetivo, brinda soluciones sustentables con productos de última generación y tecnología en energías renovables.

Su producto estrella son las bombas solares Lorentz, de origen alemán, dándoles un uso innovador para el riego. La empresa creció en popularidad y credibilidad el año pasado, al ganar el Premio a la Innovación en Tecnología Agrícola en la Expoactiva. «Hasta entonces se pensaba que la tecnología solar era un juguete, se la ninguneaba. Demostramos que no solo se podía regar sino también mover el pivot (equipo de riego) con energía solar», explicó el director Alejandro Wells.

Este argentino creó la firma junto a dos amplios conocedores del tema, Fernando y Alberto Fernández. Los hermanos eran instaladores de bombas tradicionales y muy concientes de la importancia del agua para los procesos productivos, ya que desde pequeños trabajaban en la chacra de sus padres. «La energía para riesgo es muy cara, entonces hicimos un sistema muy competitivo, que ayuda a bajar costos porque el cliente puede congelar su factura de UTE o deja de consumir petróleo para regar. Aparte, es un proceso amigable con el medio ambiente», explicó Fernando Fernández.

La empresa asegura que las bombas tienen más de 30 años de vida útil y que la inversión inicial se amortiza en un año y medio o dos. Otra de las ventajas es que estas bombas no se queman, a diferencia de las bombas tradicionales que funcionan con motores a bobinado.

Kivoy ya puso en funcionamiento 100 bombas solares en Uruguay y, luego de tres años de esta apuesta, la empresa está llegando al equilibrio financiero. A sabiendas de que hacer un impacto en la sociedad «estaba en su ADN», Kivoy realizó el año pasado su proceso de certificación como empresa B. «Te da un pequeño plus y visibilidad, pero también te permite intentar convencer a otra gente. Viene alguien y te pregunta qué es ese certificado, si es lo mismo que la norma ISO 9001, entonces le explicás que no tiene nada que ver. Eso es estándar de calidad, esto es estándar de compromiso social», remarcó Wells.

Los beneficios de pertenecer a esta comunidad

Algunas de las razones para adoptar esta nueva «genética empresarial»:

-Movimiento global. Estas firmas son líderes de las nuevas fuerzas económicas. La brasileña de cosméticos Natura es la mayor empresa B (factura US$ 3.600 millones anuales) y Unilever anunció su intención de convertirse en una.

-Protección de misión. Su propósito perdura en el tiempo, al protegerse legalmente (está incorporado en sus estatutos).

-Atraen talentos. Captan profesionales que buscan trabajar en empresas con un propósito.

-Mejora continua. La certificación es una herramienta que les permite elevar su impacto positivo de forma permanente.

-Acceso a capital. Son tremendamente atractivas para los inversionistas de impacto. Se estima que en el mundo hay US$ 3.000 millones de inversores dispuestos a poner dinero en compañías con este perfil.

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